Una caricia significativa del capitaslismo

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Silicon Valley, Twitter, trolls, fake news, Big Data, bots, cuentas falsas, redes sociales...todo un universo de fetiches a la carta ¿Usted cree que ya le sacaron todo? No desespere, todavía tiene algo que el capitalismo codicia ¿Qué puede pasar si dejamos de morder el anzuelo?

La informática vivía su paleozoico cuando uno de sus padres, Alan Mathison Turing, planteó lo que sería de ahí en más, el gran desafío de esa ciencia. Lejos de postular que las computadoras llevaran a cabo operaciones muy complejas o que almacenaran gran cantidad de data –cosas hacen ahora-, el Test de Turing se propuso advertir si los ordenadores podían comunicarse de forma que se confundieran con un ser humano.

Pasaron siete décadas y ese dilema tiene vigencia, como nunca antes. Silicon Valley, Twitter, trolls, fake news, Big Data, bots, cuentas falsas, redes sociales, acceso no autorizado a datos personales, segmentación de esa data y su utilización para diversos fines particulares, son conceptos que forman parte del escenario cultural y sociopolítico global de los días que vivimos.

En este contexto, casi coincidente con el lanzamiento de la campaña de cara a las Presidenciales de octubre, la publicación -en La Nación- de un artículo del periodista Hugo Alconada Mon, le pone cara, nombre y apellido a protagonistas de esta historia, al tiempo que reflexiona sobre algunos de los mecanismos que utilizan esta herramienta.

El artículo titulado “El señor de los trolls” no tiene desperdicio. Ahí, al entrevistado, Gastón Douek, se le atribuye el manejo de “miles de cuentas falsas”, así como de haber estado detrás de “varias campañas sucias locales y en el extranjero”, de haber cobrado “dinero de los servicios de inteligencia de Ecuador y que flirteó con Cambridge Analytica”.

También de ofrecer un menú que incluye la realización de campañas en redes sociales -positivas y negativas- por medio de ataques de trolls y bots, como también difusión de fake news.

Alconada Mon define a Douek como un “‘experto’ que se mueve por la banquina de las campañas electorales argentinas y las redes sociales” ¿Pero será que todo esto es sólo un ejemplo de una actividad que se lleva a cabo sobre los márgenes del sistema?

 

Fetichización

 

En este punto es prudente hacer un esfuerzo, para intentar comprender qué lugar ocupan estas tecnologías en el contexto del capitalismo y, por lo tanto, en su marco histórico.

Aquí, puede advertirse que lo que desde el poder corporativo (sintetizado en el concepto de Sillicon Valley) pretende mostrarse como una panacea universal, está lejos de serlo y, en el mejor de los casos, sólo remite a un nuevo capítulo de mito del progreso infinito y la modernidad que está en la génesis del sistema capitalista.

Habrá que ser muy ingenuo para suponer que alguna forma de empoderamiento social y -más aún- de la clase trabajadora, pueda venir de mano de corporaciones como Facebook o Hewlett Packard.

¿Acaso el mercado sería capaz de empoderar? ¿O será que la fetichización del producto de la innovación tecnológica de fines del siglo 20, es una herramienta más para pretender obturar cualquier mirada crítica al nuevo momento de desarrollo capitalista, que esa innovación ayuda a construir?

¿Será, acaso, que la mercantilización de esta innovación es, a la etapa actual de desarrollo del capitalismo, lo que la revolución industrial fue en sus albores?

Vale recordar que, en este caso, el desarrollo científico-técnico del que deriva esta innovación, es producto de la simbiosis más perfecta entre el Estado Liberal Burgués y el poder corporativo.

El complejo militar-industrial-financiero galvanizado durante la Guerra Fría por EE.UU. fue medular en el desarrollo de estas innovaciones que, por lo tanto, fueron diseñadas para atender a las propias dinámicas del capitalismo: extraer plusvalía, lo que quiere decir, valor económico del ser humano.

Pero, inmerso en su Segunda Crisis de Larga Duración, el capitalismo se va encontrando con algunos de los límites que están estampados en su propio ADN.

Es que en su afán por maximizar -ad infinitum- tasa de rentabilidad, el sistema priorizó fabricar porquerías de obsolescencia programada o uso irrelevante y, sobre todo, pagar cada vez menos a los trabajadores que las confeccionan.

Eso le permite obtener más plusvalor, pero cercena el universo del consumo.

Para salir de esto, el sistema avanza de forma creciente en un esquema de extrema financierización, con lo que además deja de fabricar capital, para fabricar dinero sin respaldo, lo que es una verdadera paradoja para un sistema que se llama capitalista.

Entonces, hay un escenario en el que la riqueza se concentra –cada vez más- en poquísimas manos, mientras que cada vez más trabajadores tienen menos dinero para consumir.

Es que el capitalismo vive de fagocitar a su enemigo al que también destruye, esto es, el trabajo y los trabajadores a quienes extrae plusvalor.

Pese a esto, cuando se trata de extraer plusvalor, el capitalismo se las ingenia para encontrarle respuesta a todo.

¿Qué tienen en común –desde la mirada del capital- el gerente de un banco, un obrero industrial, un empleado administrativo o el trabajador que sobrevive con un plan y lo que saca deslomándose empujando el carrito con el que cartonea?

Información. Esa es la respuesta. Información a la que el Estado y las corporaciones pueden acceder, instantáneamente, cuando cualquiera de ellos utiliza el teléfono satelital de última generación o le carga veinte pesos al móvil para llamar a su esposa.

 

Vuelta de rosca

 

Es aquí cuando cobra sentido esta nueva vuelta de rosca, sobre el modelo rentista que se plantea a partir de la dinámica impuesta por los propietarios de la infraestructura de las comunicaciones.

Sillicon Valley resume conceptualmente la economía política de las información que es medular a la actual etapa de desarrollo del capital, que se explica por la imbricación de un sector corporativo altamente concentrado y el complejo militar-industrial-financiero de EE.UU.

Así las cosas, queda claro que lejos de aportar a cualquier paradigma emancipador, la democracia pierde contra el capital en este terreno.

Es que estas innovaciones facilitaron que el capital profundice todavía más su carácter criminógeno. Los que se benefician con la formidable fuga de divisas que en estos días se verifica en Argentina, deben agradecer a las tecnologías telemáticas que les permiten movilizar enormes cantidades de capital a cualquier parte sólo en segundos.

Pero también deben estar agradecidos los guardianes de esta Economía Casino: los sistemas de identificación facial del que se jacta Patricia Bullrich, que permite identificar a militantes políticos durante movilizaciones, también tributa a Sillicon Valley que, celosamente, guarda esa información y el algoritmo de acceso, como su fuera el Santo Grial.

De esto va aquello de la Big Data, esto es, conjuntos de información que por su tamaño, complejidad y velocidad de crecimiento y captura, sólo es posible analizar y comprender si se posee las herramientas y tecnologías necesarias.

Queda claro que quién las tiene son estas corporaciones que trafican con esa información, con la suya y la mía. Y lo hacen para ubicar productos financieros o establecer hábitos de consumo para quienes pueden disfrutar de un crucero por el Caribe o para aquellos que van a usar lo último que les queda para comprar un paquete de fideos.

Pero también a la hora de diseñar campañas políticas, fijar prioridades de agenda, imponer temas o construir candidatos, esto es, para construir sentido común.

Porque para el capitalismo toda persona es un objeto para extraer rentabilidad, incluso aquellas a las que el sistema empujo a la miseria. De esto va la construcción identitaria de la figura de usuario, tan extendida en la cultura propia de sectores medios.

Por eso, la cosa pasa por recopilar data que permita maximizar la utilidad de cada individuo, algo que también aporta a la construcción de un escenario laboral funcional a la imposición del precariado.

De acuerdo a este paradigma, el mercado laboral se sintetiza con un espacio virtual, donde cada quien debe rebuscárselas para intercambiar sus datos personales a modo de mercancía.

La información que dispone la Big Data da cuenta de la historia personal de cada persona que, por ejemplo, utiliza redes sociales. De ahí que conceptos como “capital humano”, “meritocracia” y precariado sean impensables sin el aporte que esta innovación realiza al actual momento de desarrollo de las relaciones de capital.

Para que quede más claro: el uso de esta información, permite que el capital maximice la tasa de productividad de cada trabajador y su propia tasa de rentabilidad. Y lo hace porque a priori sabe sus hábitos de consumo, fortalezas y debilidades, así como su capacidad de endeudamiento y habilidades.

Por eso, todo esto implica un cambio en el modelo de negocios pero, por sobre todo, en el modelo de extracción de valor.

Y esto es así, porque los datos personales, la información de cada trabajador, se convierten mercancía que se le saca incluso a aquellos a los que el proceso productivo expulsó, esto es, a quienes ya no puede extraer plusvalía.

Así las cosas, y  más allá de los laureles que cosechó, no está claro que el Señor de los Trolls o Silicon Valley puedan responder cabalmente al planteo hecho por el Test de Turing.

Y esto no es sólo por el sapo que el Troll Center hizo en la previa de las Paso con aquello de “¡Satisface a Mauricio, no te relajes!” o “Caricia significativa” y otras tantas sandeces.

Es que, en todo caso, a la hora de pensar en todo esto es prudente tener claro que información no es lo mismo que comunicación.

Y que los que queremos construir una sociedad no capitalista, tenemos la responsabilidad de evitar la seducción que propone la dinámica unilineal de la información, propia del actual momento de desarrollo capitalista.

Es cuestionable la pulsión narcisista que lleva a morder el anzuelo que proponen “las redes” y perder tiempo y energía peleando contra una máquina.

Pero todavía lo es más, la incapacidad para construir herramientas comunicacionales propias aptas para resignificar y emplear a estas tecnologías. Y que lo hagan como aporte a la sistematización –a escala posible- de procesos productivos autogestionarios y culturales propios, construidos desde una mirada de clase y comunista. Porque después de todo, eso es lo que somos y -en tal caso- este sigue siendo el gran desafío.