Fondo, inflación...¿y después?

Economía
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El FMI ordena la hoja de ruta para antes y después de octubre ¿Un destino inexorable? Los mitos del capitalismo a la orden del día.

“Ahora que se ha realizado tanto trabajo duro sería una tontería, por parte de cualquier candidato, dar la espalda al trabajo en curso”. La frase dicha no hace mucho por la directora gerente del FMI, Christine Lagarde, además de señalar una particular mirada sobre lo que pasa en Argentina, se mete como un cuchillo en la manteca en la campaña que va a culminar con las presidenciales.

Sus dichos coincidieron con la demorada decisión de ese organismo, de abrir el chorro que permitirá que el Gobierno Cambiemos disponga -desde la semana que viene- de 10.800 millones de dólares para intentar -al menos- morigerar la escalada del precio de la moneda estadounidense.

Lagarde vuelve a insistir con que las políticas de La Rosada comienzan a dar frutos y anticipa que la recesión ya tocó fondo, aunque no le queda otra que reconocer que la contracción de la economía argentina durante 2018 superó las previsiones del Fondo.

Pero el propio informe que confeccionaron los técnicos del FMI, presididos por Roberto Cardarelli, es menos optimista. “Los resultados en términos de la inflación han decepcionado”, se recalca ahí y se advierte que volverá a caer la economía durante 2019, al tiempo que se coloca la expectativa inflacionaria en un treinta por ciento.

Pero cuando toma en cuenta el deflactor del PIB, es decir el índice que se utiliza para medir el crecimiento económico real de la economía, se puede advertir que la inflación va a rozar el cuarenta por ciento.

Y aquí es donde el Fondo vuelve con una receta conocida: recomienda bajar el gasto (queda claro a qué se refiere) y acordar salarios a la baja; al tiempo que reclama que se avance en las reformas laboral y jubilatoria, así como en una nueva ley antimonopolio.

Como se ve, el pliego de exigencias del FMI involucra al Gobierno Cambiemos, pero también a aquel que surja de las Presidenciales de octubre, ya que está claro que en el aquí y ahora, los únicos puntos que La Rosada puede garantizar son más ajuste y salarios a la baja.

¿Pero por qué será que el Fondo le echa la culpa de la inflación al salario?

 

¿Quienes ganan?

 

Para la mitología capitalista, la inflación responde -casi por excelencia- a circulación de dinero en exceso y, sobre todo, a la presión del salario sobre el coste empresarial. En esta línea de pensamiento, para enfrentar esas dos variables, a los dueños del capital no les quedaría otra que disparar precios.

Ante esto, la lógica de intervención propia del Estado Liberal Burgués, plantea como herramientas la suba del precio del dinero y el control salarial.

Para lo primero echa mano a la suba de la tasa de interés, algo que -al encarecer el precio del dinero- restringe el consumo e incentiva el ahorro. Así, con menos circulación monetaria -dicen ellos- deberían bajar los precios.

Y el otro punto: con el control a la baja de la recomposición salarial, el universo del capital se libraría de la presión sobre los costes de producción, lo que lo eximiría de trasladar  la recomposición salarial a precios.

Queda claro que, hasta aquí, todos los componentes de esta lógica benefician exclusivamente a la clase capitalista, porque con el control salarial a la baja, es el sector empresarial quien maximiza su tasa de ganancia, mientras que con la suba de la tasa, es el sector financiero el que se queda con la parte del león de la renta.

A esta altura usted puede pensar que, en nombre del esfuerzo que ahora el Gobierno Cambiemos pide “a todos los argentinos”, todo esto valdría la pena si -al menos- fuera una receta efectiva para bajar la inflación.

Por ahora esto está por verse. Es que, además en su angurria desmedida por quedarse con todo lo más rápidamente posible, el staff gobernante y sus socios están volcando la calesita.

Con la carta blanca extendida al sector financiero, los bancos convierten los depósitos en plazos fijos en Leliq, algo que es peligroso porque cualquier cimbronazo -local o exterior- haría que esos plazos fijos pudieran emigrar al dólar, lo que traería aparejado un problema de liquidez para los bancos.

¿Está en condiciones de responder a una situación así el Banco Central, tal y como está encorsetado por el FMI?

La respuesta enciende luces de alarma, ya que la autoridad monetaria debería sentarse a mirar hasta que el precio del dólar taladre el techo superior de la banda, esto es, los cincuenta pesos. Mientras tanto la devaluación terrible que se produciría, catapultaría la mayoría de los precios de la economía, especialmente aquellos de la canasta alimentaria básica.

De todos modos, la respuesta es que, tarde o temprano la inflación va a comenzar a amesetarse y que, cuando eso suceda, desde La Rosada van a decir que es un logro de gestión o algo así.

Pero ojo, el remedio puede ser peor que la enfermedad. Y esto es menos complicado de comprender cuando se analiza de qué va esto de la relación entre inflación y crecimiento.

En el mejor de los casos, tal como se desprende de un trabajo llevado a cabo por el Centro de Economía Política Argentina, el balance de la Presidencia Macri, va a dejar una caída de casi dos puntos del PBI, respecto a 2015.

Por otro lado, los tipos de interés altos encarecen el crédito y los costes financieros de las empresas, lo que le asesta un golpe letal al salario y el trabajo. Otro que recibe un gancho al hígado es el crédito al consumo, lo que reduce las ventas de bienes y servicios.

Entonces, aunque en algún momento el efecto deflacionario lleve a que algunos precios de la economía morigeren su alza e incluso bajen, nada de eso es capaz de lograr que se rompa la inercia del círculo vicioso en el que ya entró la economía.   

Y esto es así porque en su actual momento de desarrollo -y sobre todo para formaciones estatales de segundo orden como Argentina- el capitalismo no tiene muchas respuestas diferentes a las que está dando.

Es que los primeros beneficiados con la destrucción de la producción y la estructura económica a la que -mal que mal- estábamos acostumbrados en Argentina, son quienes forman parte de la clase capitalista, que obtienen tasas de ganancia extraordinarias a costillas de la menor actividad económica y la pérdida de puestos de trabajo.

Y esto no es todo. Es en este escenario en el que al universo del capital se le vuelve más fácil exigir condiciones.

Por eso es que en el pliego del reclamo del Fondo se advierten -con claridad- dos momentos: uno destinado a los meses que restan hasta las elecciones, donde la tarea del gobierno es garantizar más ajuste y que el salario le siga mirando la luneta a la inflación.

Y el otro momento es el que -desde su perspectiva- deberá garantizar quien entre a La Rosada el 10 de diciembre. Ahí, con la mesa servida -para ellos- la agenda que explícitamente enuncia el FMI destaca reformas laboral y jubilatoria, así como una nueva ley antimonopolio.

Por eso es que quizás sea prudente pensar en octubre y en la necesidad de que el Gobierno Cambiemos sea derrotado, pero asimismo en que es preciso aportar desde una mirada de clase, a cualquier formación política que sea capaz de encabezar esa tarea. Y, para ello, nada como comenzar a destruir algunos mitos.