El paro del 25 fué contundente.

CONAT
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Algunos de los principales burócratas ni siquiera esperaron un día para pasar por la ventanilla del gobierno ¿Se soluciona todo con el 25 por ciento? Del proletariado al precariado, la verdadera cara del “cambio cultural”. Táctica, estrategia y final abierto.

Con el paro de ayer todavía fresco, el ejecutivo y un sector importante de la CGT se apresuraron a emitir señales conciliatorias. Avalados por el ministro Guillermo Dietrich, desde La Fraternidad y la UTA, hoy Omar Maturano y Roberto Fernández, picaron en punta y pidieron el enganche que permitiría elevar diez puntos la exigua recomposición salarial del quince por ciento que acordaron hace menos de tres meses.

Por su parte -también hoy, en la Cámara Argentina de la Construcción- el titular de la Uocra, Gerardo Martínez, respondió con una sonrisa y foto con Rogelio Frigerio, a la promesa del ministro del Interior, quien aseveró que el gobierno mantendrá el nivel de inversión en el sector.

Días atrás, pese a que el gobierno bonaerense reglamentó el sistema de licitación de Participación Pública Privada, el sólo anuncio del Stand-by con el Fondo hizo que la propia Uocra reconociera que espera para “los próximos días, una caída de alrededor de cuarenta mil puestos de trabajo en la construcción”.

Pero el relanzamiento de la “cara dialoguista” no esperó a que pasara el paro. Un poco antes la inauguró el flamante ministro de Producción, Dante Sica, cuando sentenció que la pauta del quince por ciento quedó desactualizada, lo que le puso luz verde a la posibilidad de que la cartera laboral habilite acuerdos del orden del 25 por ciento, algo que la semana pasada se anticipó con aquel al que arribó Camioneros.

Más allá de todo esto y de que a la luz de una inflación que va a estar cerca del cuarenta por ciento el 25 ya se quedó corto, queda claro que el paro fue contundente y tuvo un nivel de acatamiento casi total entre los que –todavía- tienen una relación laboral formal. A esto se le suma el persianazo convocado por Apyme y otras cámaras del sector pyme que, en la Ciudad y el Gran Buenos Aires, registró una adhesión superior al sesenta por ciento.

Pero también es evidente que se corre el riesgo cierto de que esta medida –que se hizo tarde y sólo porque la presión de las bases se la arrancó a la burocracia- quede atascada en un lodazal, si esas mismas bases no logran que prevalezca su propia dinámica de unidad en la acción por encima de la complicidad de gran parte de la dirigencia cegetista.

A favor de esto hay un dato interesante: desde posturas moderadas, pero que advierten el peligro que trae aparejado para el universo del trabajo el éxito del Modelo Cambiemos -tras la demostración de ayer- una porción que tiene relativo liderazgo en la CGT está en mejores condiciones para arrastrar a otros grupos más conciliadores, cuando se achica el tiempo que separa del congreso convocado para el 22 de agosto, donde se deberá elegir a la nueva conducción de esa central.

Por su parte, el aporte que hacen las CTA y los movimientos sociales, además de capacidad de movilización, suma un contrapeso que -incluso desde afuera de Azopardo 802- puede ayudar a desbalancear el fiel en favor de aquellos que adentro de la CGT exhiben posturas de confrontación con el gobierno.

De todos modos, en La Rosada pueden estar satisfechos de que la CGT haya avanzado en un paro general, recién después de dos años y medio y todo lo que pasó. Pero también porque saben que de cara a la aplicación del programa que acordaron con el FMI, en plan de mantener al gobierno sobre la línea de flotación cuentan con buenos socios entre la primera línea de esa central.

Hasta ahora, para el Gobierno Cambiemos fue fundamental mantener atomizado el conflicto, esto es, dividir la calle. Pero, sobre todo, garantizar que aunque su posibilidad de intervención directa en el conflicto social sea relativo, la CGT conserve capacidad catalizadora que medie y neutralice todo lo que pueda de ese conflicto social.

De ahí el énfasis puesto en el intento de circunscribir el conflicto a la cuestión sindical reivindicativa y, a su vez, negar la relación que esa parte del problema tiene con el problema social y la vía de resolución política. Esta mirada horroriza al ejecutivo, pero también a la burocracia sindical.

Por eso el ímpetu que desde el staff gobernante ponen a la hora de fomentar la dispersión de los focos de resistencia y lucha que se multiplican hacia adentro del universo del trabajo, pero asimismo el que deposita en la utilización de la chequera y garrote que premia con prebendas a sindicalistas amigos, castiga a los díscolos y utiliza para disciplinar a algunos impresentables que La Rosada considera que, además, son impredecibles.

Unidad en la acción

Cuando al promediar la tarde de ayer ya se podía constatar la contundencia del paro, el Triunvirato cegetista habló de malestar social y reclamó que el ministro Jorge Triaca convoque a “reapertura general de paritarias”.

La mirada que tienen es clara: poner el problema casi exclusivamente en la reivindicación salarial, aún cuando a veces mencionan al FMI, invita a atomizar la lucha conceptual y prácticamente. En este escenario se fortalece la posición clásica de la CGT de ponerle límites a la reivindicación que deviene de la puja entre capital y trabajo, lo que en la práctica acota la posibilidad de que esa reivindicación se imbrique con el conflicto social y la lucha política.

Por eso el tándem de poder que ocupa La Rosada, puede estar tranquilo mientras quien esté del otro lado del mostrador, sea una CGT que siga administrando esa puja y, por ende, sostenga su capacidad de dosificar el conflicto social.

La historia reciente y sobre todo la de los últimos dos años y medio, es elocuente. En un escenario que por lo coyuntural y la proyección que tiene es horrible para los trabajadores y el pueblo, la CGT nunca abandonó su postura conciliadora: no se plantó cuando Mauricio Macri vetó las leyes Antidespidos y aquella que retrotraía el tarifazo a noviembre de 2017. Y los parlamentarios que le responden avalaron el acuerdo con los fondos buitre y el blanqueo, pero asimismo las reformas jubilatoria y tributaria.

En todos los casos -y en nombre de la gobernabilidad- la dirigencia cegetista obturó la posibilidad de avanzar en la construcción de un plan lucha y sólo se salió de su libreto cuando las bases la desbordaron.

Los resultados están a la vista. El acuerdo con el Fondo que delega soberanía política y económica, además, condiciona la gobernabilidad de próximas presidencias. Pero es apenas una parte de una construcción que, desde una mirada de clase, así como de factores geoestratégicos, geoeconómicos y geopolíticos que exceden al propio gobierno, ensombrece el presente y el futuro de los argentinos.

¿Pero opaca todo esto al paro de ayer? Para nada. Vale volver a reiterar que a este paro se lo arrancaron las bases a la CGT y que lo hicieron desde la consecuencia de lucha que atraviesa todo el país y tiene como protagonistas a gremios y comisiones internas de las CTA, seccionales de la CGT y movimientos sociales que actúan -muchas veces- en condiciones de desamparo y, casi siempre, desde la mirada táctica que impone la necesidad de resistir.

Así las cosas, entre sus mensajes, la jornada de ayer deja en claro que comienza a existir un escenario propicio para la construcción de unidad en la acción, pero también de mirada estratégica para comprender de qué va esto del Gobierno Cambiemos y, en tal caso, como salir al cruce de su intento de galvanizar el “cambio cultural” que –según anuncian- intentan imponer para la sociedad argentina.

A romper mitos

A esta altura está claro que, para el Gobierno Cambiemos, la relación entre trabajo y capital pasa por la profundización de la flexibilización de las relaciones laborales, algo que rompe con un mito fundante del discurso que impone el tándem de poder que confió en Macri para poner en marcha su plan.

Es que también queda en evidencia que, lejos de ponerse al margen del proceso económico, el ejecutivo interviene con toda la fuerza que posee el Estado, para regular en favor del desarrollo de un determinado modelo social.

Y que, para ello, echa mano a todas las herramientas que suministra el corpus de leyes propias del Estado Liberal Burgués, que se instrumentan –básicamente- por medio de un Código Penal y la fuerza policial, puestos al servicio de la defensa de la propiedad privada.

Es que después del breve interregno que sucedió a la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo ingresó en su Segunda Crisis de Larga Duración. Ahí, el fracaso -en las economías capitalistas desarrolladas- del modelo de trabajo fordista, señala el principio de un momento caracterizado por una acelerada carrera hacia adelante en la que los que tienen el capital concentrado necesitan avanzar en un proceso de concentración -todavía superior- de poder y maximización de tasa de ganancia. Pero esto no es todo: también buscan legitimación.

Con este telón de fondo el Gobierno Cambiemos avanza en su “cambio cultural”, que posee un capítulo central en la aniquilación de la conciencia de clase.

Y lo hace porque la conciencia de clase es un elemento medular de un desarrollo histórico cimentado en la solidaridad como herramienta organizativa y de resistencia contra las injusticias, así como práctica de apoyo mutuo y acción colectiva por parte de las clases subalternas ante el ataque de aquellas dominantes.

Esto no es otra cosa que una dinámica de acción colectiva que aportó a que las clases subalternas modificaran su percepción entre pares y respecto a otras clases antagónicas.

De ahí que los que ganan con las relaciones que establece el capital se empeñen en transformar al proletariado en precariado.

De esto va ese “cambio cultural” que pretende el Gobierno Macri cuando insiste en avanzar en la revisión de la relación entre capital y trabajo, tarea que lleva adelante con la modificación de leyes, pero también fácticamente cuando el ajuste provoca condiciones en la que desempleo mata convenio laboral. Asimismo cuando se naturaliza el desempleo, la flexibilización y la precariedad prolongada en el tiempo, acompañada de una baja en el nivel salarial y una terrible incertidumbre que ensombrece todo el universo del trabajo.

Es que en el ADN del Estado Liberal Burgués está garantizar la propiedad privada, algo que hace –e hizo- con gobiernos de derecha y con aquellos que pretenden propiciar “un capitalismo bueno”.

Pero en la etapa del desarrollo capitalista actual, inmerso a escala global en su Segunda Gran Crisis de Larga Duración, a quien administra el aparato del Estado Liberal Burgués sólo le queda la misión de asegurar que la renta estatal y la plusvalía se transforme en capital financiero para garantizar la prosecución de la ronda de concentración y apropiación de recursos naturales, intelectuales y simbólicos.

Por eso y a partir del carácter simbiótico que tiene con el poder corporativo, el Estado Liberal Burgués utiliza la legislación para regular y garantizar la maximización de ganancias, mientras que en la otra cara de la moneda, hace lo propio y avanza en normas que atentan contra la asociación de integrantes de las clases subalternas. Esto es: trabaja para que el proletariado se convierta en precariado.

Todo esto en un escenario global atravesado por la desindustrialización y la deslocalización, robotización y la imposición del modelo de empresas en red, pero también por la asociación corporativa que por medio de la terciarización favorece la flexibilización.

Así las cosas, se configura un panorama que plantea a los trabajadores incertidumbre y fragmentación.

Este es el escenario en el que se vuelve más relevante la necesidad de superar la mirada táctica, para poder avanzar en una construcción estratégica que apunte a unificar las luchas dispersas a partir de un centro que las coordine.

Para ello los comunistas podemos aportar una perspectiva de clase y un acerbo identitario importante para la tarea de sumar masa crítica a la hora de resistir y reconstruir un imaginario social de clase, algo que es posible sólo si antes desmitificamos lo que se presenta como atributo sacralizado del capitalismo. Y esto es posible sólo si se comprende que existe otra forma de relación humana y social y que, esa forma, es no capitalista.