Veinte años después, sigue siendo el mismo

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Como tantas veces, ahora en Ecuador, la receta del Fondo provoca un incendio ¿Puede funcionar el capitalismo sin deuda?

“El Fondo Monetario Internacional es muy distinto al que conocimos hace veinte años”, aseveraba -allá por mayo de 2018- el por entonces ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, que había sido elegido por el organismo multilateral para implementar el Stand-by de más volumen que conoce la historia del Fondo.

Pero a menos de un año y medio las cosas parecen desmentirlo. Nadie sabe por dónde anda Dujovne y su mandante, Christine Lagarde, dejó la de ser directora gerente del FMI. “Argentina tocó a nuestra puerta”, dijo mientras le soltaba la mano al Gobierno Cambiemos.

Queda claro que con el Stand-by de 2018, el FMI y su principal accionista, EE.UU., apostaron fuerte a la continuidad de un gobierno comprometido con la agenda que ese tándem tiene para nuestra región (Ver El fondo del tarro).

Pero el ajuste se llevó puesta la posibilidad de que el Gobierno Cambiemos vaya por otro mandato y, con esto, se abrió un escenario donde es preciso barajar y dar de nuevo.

“Si el próximo gobierno quiere una refinanciación de los vencimientos tendrá que poner en marcha un programa de reformas a paso acelerado”, recalcó Trevor Alleyne.

Lo que dijo el representante del Fondo, desde las oficinas que el Gobierno le cedió en el edificio del Banco Central, es que espera que quien se instale en La Rosada el 10 de diciembre, haga lo que Mauricio Macri se quedó con las ganas de hacer; reformas regresivas en lo tributario, laboral y el sistema jubilatorio. Y esto, sólo para comenzar.

La frase de Alleyne es clara, pero por si hacía falta especificaciones, vale revisar el primer documento del FMI posterior a la salida de Lagarde, donde se plantea la misma retórica y, sobre todo, una agenda idéntica a que siempre caracterizó al organismo.

La etapa de Kristalina Georgieva, se inaugura con el informe de perspectivas de la economía mundial, que va a ser presentado en la Asamblea Anual del FMI que comenzará el lunes 14. Ahí se hace un llamado a la desregulación financiera, la flexibilización laboral, privatizaciones y apertura de la economía; así como reformas regresivas en el sistema previsional.

El FMI también vuelve a hacer hincapié en “recomendar” que se destruya la intervención del Estado en el sistema bancario y que se abstenga de participar en los sistemas de telecomunicaciones y energético.

El documento parece haber sido redactado en un fumadero de opio. Ahí se soslaya cualquier dato de los muchos que entrega la constatación empírica, sobre el impacto que tuvo (¡y tiene!) la aplicación de programas de estas características en cualquier parte del mundo.

Pero además, el Informe promete que las formaciones estatales donde se lleve adelante esta agenda, tendrán una expansión del producto por encima del siete por ciento durante un período de seis años.

Este particular manual de instrucciones no acaba ahí: sugiere que los gobiernos implementen estas transformaciones ni bien asumen. Sólo le falta decir “ajustá y después arreglátela solo, total, la tarea ya estará hecha”. O que “¡está vez sí, se puede!”.

 

¿Por qué fue al FMI?

 

¿Pero será prudente que cosas como la posibilidad de que millones de personas coman a diario, dependan sólo de un salto hacia la fe, algo que -por definición- es un fenómeno individual?

La constatación empírica permite establecer que donde se aplica el decálogo del Fondo las cosas terminan pésimo. Y no importa que sea Grecia, Argentina o Ecuador.

Con la dolarización, desde 2000, Ecuador padece una delegación de soberanía, un corsé que lo inhibe -entre otras cosas- de desarrollar política monetaria propia.

Pero la cosa empeoró con el camino que decidió transitar la presidencia de Lenín Moreno. Cuando asumió en 2017, la economía había crecido tres por ciento, pero este año terminará con un decrecimiento de medio punto, de acuerdo a datos suministrados por el propio FMI que también hace una previsión negativa para 2020.

Pero esto no es todo. Cuando Moreno decidió tocar la puerta del FMI, la relación entre deuda y PBI de Ecuador estaba dentro de un rango de 36 por ciento.

Para tener una idea de qué significa todo esto, vale citar que en el caso de España, ese ratio está en el orden del 98 por ciento y que, tras la megadevaluación de agosto, en Argentina orilla el 130 ¿Entonces por qué decidió ir al Fondo?

Uno de los mitos que subyacen en todo esto, es aquel que indica que el FMI “asiste”, para que formaciones estatales puedan llevar a cabo “reformas” que mejoren su situación de competitividad. Esto vuelve a ser explícito en el documento que suscribirá el organismo en su próxima asamblea.

Pero, paradojalmente, la constatación empírica señala que esas “reformas” no hacen otra cosa que destruir la estructura productiva de todos los países donde se implementan, por lo que –de esta forma- se cercena cualquier posibilidad de mejorar su competitividad, pero también de responder a las obligaciones derivadas de la toma de esa deuda pública tomada.

Esto, suele provocar terribles desequilibrios que propician fuga de divisas y afectan al sistema financiero, lo que pone en marcha otra ronda de “asistencia”, en este caso, para salvar al sistema financiero.

Así, el camino de renegociación que se abre es infinito y, en cada paso que se da, el sistema financiero transnacional se queda con una porción más de recursos y riqueza.

Y aquí es donde vale preguntarse si el capitalismo puede funcionar sin deuda. Desde una mirada reformista, dirán que es posible y que muestra de ello es la primavera keynesiana de posguerra.

Lo cierto es que la receta keynesiana -también- utiliza como combustible, aquello que extrae de la periferia de las formaciones estatales capitalistas centrales, por lo que jamás puede ser una respuesta global.

Pero asimismo, cuando el sistema se recompone va por más, lo que lleva a otro ciclo de la crisis con caída de la actividad económica y toma de deuda. De esto va cada uno de los momentos de la Segunda Crisis de Larga Duración Capitalista.

Entonces, esa deuda que siempre beneficia a privados, es pagada por todos. Y esto es así, porque una regla de oro del sistema capitalista es que privatiza los beneficios, al tiempo que socializa riesgos y deuda.

Es que, pese a quien le pese, además de un sistema económico, el capitalismo es un sistema ideológico que fue creado por y para beneficio de la burguesía, más precisamente de la clase capitalista.

Por eso, en Ecuador, Argentina o donde sea, cada ronda de endeudamiento viene de la mano de una feroz transferencia regresiva de riqueza: quitan o morigeran subsidios al universo del trabajo, pero incrementan “incentivos” al del capital.

Por eso lejos de que se cumpla la promesa de la llegada del “beneficio colateral o el derrame” por la que se pretende legitimar el capitalismo, lo que llega son las imágenes que, ahora mismo, vemos desde Ecuador.

Y esto es así porque el FMI nunca cambió, porque el capitalismo sigue siendo el mismo.