¿Será verdad que no hay opción?

Política
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 ¿Se degradó el capitalismo? ¿Cuál será su verdadera dimensión? ¿Se viene el pacto policlasista? ¿Qué hacemos los comunistas?

“No hay opción al capitalismo, pero se degradó y llegó la hora de ponerlo en su verdadera dimensión”, recalcó ayer Alberto Fernández al participar de una videoconferencia, durante el cierre del encuentro anual de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa.
Ahí, el presidente sostuvo que la pregunta es “por qué la pandemia fue capaz de desmoronar imperios económicos” y aseveró que “una primera respuesta es que muchos de esos imperios olvidaron lo mejor del capitalismo y se aferraron a la lógica financiera, que es lo peor”.
Nadie debería sorprenderse por estos dichos, que van en la línea histórica de la fuerza política que representa Alberto Fernández y también su vice, quien durante sus dos períodos al frente del ejecutivo repitió hasta el hartazgo que lo de ella es ir por el “capitalismo bueno”.
Esta nueva reafirmación de fe en el sistema capitalista, tiene lugar cuando el gobierno cruza los dedos para que llegue a buen puerto la arquitectura de reestructuración de deuda que encabeza Martín Guzmán, en un camino en el que suma adhesiones que van desde el FMI hasta la CGT, pasando por la Asociación de Bancos Argentinos, la Unión Industrial y hasta el propio Luis Caputo.
Y no sólo esto. Desde otros rincones del universo del capital llueven los elogios. Ayer se conoció una declaración firmada por un más que amplio espectro empresario entre los que están el director de Celulosa Argentina, José Urtubey, su par de AdiRA, Alejandro Simón, Marcelo Figueiras que preside Laboratorios Richmond y Martín Cabrales, quien es vicepresidente de Cabrales S.A, entre otros.
Pero esto también tiene lugar, en un contexto en el que se presentan tensiones hacia adentro de uno de los actores del esquema de representación política que comenzó a delinearse tras el estallido de 2001.
Lo que pasa tranquera adentro del bloque que encarna Juntos por el Cambio (JxC), trasciende sus propias fronteras e interesa a un gobierno que de cara a su proyecto de construir un pacto social, le pone las fichas al fortalecimiento de aquel esquema.
Por eso es que la recurrente vocación por patear el tablero que exhibe, al menos, una parte de ese bloque, causa más preocupación que enojo en La Rosada.
La declaración de JxC a raíz del asesinato de Fabián Gutiérrez, aparece por afuera del límite que el esquema de representación puede tolerar, pero también es coherente con una fuerza que se galvanizó desde un movimiento de masas con capacidad de presión, respuesta y movilización, que creció exponencial e identitariamente desde los cacerolazos de la 125 y lo hizo –entre otras cosas- con el apoyo logístico y financiero de fondos buitre.
Así las cosas, vale preguntarse si las voces sutilmente disonantes que se alzaron desde lo que muchos denominan el “ala racional” de JxC, responden a una mirada que entiende que el camino es la construcción de acuerdos que establezcan una dinámica sana para el desarrollo de la democracia liberal burguesa.
Pero, por sobre todo, cabe interrogarse si en el contexto que atraviesa la crisis de larga duración del sistema capitalista, es realmente es posible que el sistema liberal burgués construya esos espacios de equilibrio en su esquema de representación política.
Porque la pandemia no desmoronó imperios económicos, lejos de eso, sólo permitió exhibir con su peor cara un capítulo de la crisis del sistema capitalista que había quedado abierto desde 2008.
De todos modos, desde una mirada honesta, el ejecutivo y las bancadas legislativas del Frente de Todos, avanzan en su proyecto de construir el pacto social, a partir del Consejo Económico Social, cuya puesta en marcha se vio ralentizada por las premuras que impone la pandemia.
Desde ese paradigma, espera que durante los próximos días se arribe a un acuerdo, por lo menos con la mayor parte de los tenedores de papeles de deuda pública regida bajo legislación extranjera y local.
Y, desde ahí, se plantea poder diseñar un presupuesto de contingencia que esté consensuado con la oposición parlamentaria y las centrales sindicales, pero por sobre todo con el universo de capital.
En esta dirección ya se estuvieron dando señales cuando se hicieron públicas reuniones que los diputados Sergio Masa y Máximo Kirchner, junto a los ministros Osvaldo De Pedro y Andrés Larroque, vienen manteniendo con representantes de lo más concentrado de la industria y la banca. Ahí estuvieron los banqueros Jorge y Pablo Brito, y los empresarios Marcos Bulgheroni, Marcelo Midlin y Miguel Acevedo.
Pero también van en esa dirección, algunas medidas concretas que se siguen sumando al paquete contracíclico que el ejecutivo implementa para paliar las consecuencias negativas que provoca la pandemia en la estructura económica y productiva.
Una señal en este sentido es la reciente ampliación de la moratoria 2020 para pymes, a empresas de diferente tamaño, monotributistas y autónomos de toda la actividad productiva.
El bloque de representación política que sintetiza del FdeT, tiene que lidiar con la peor parte de la lucha contra la pandemia, pero asimismo, sabe que debe trabajar ahora para el día después y lo hace desde su paradigma ideológico y cosmovisional.
Así, el gobierno sueña con poder sacar adelante -aún bajo los rigores que impone la pandemia- un acuerdo social policlasista que viabilice la reactivación del mercado interior, un plan de estímulo de la obra pública con la participación del capital privado y estatal, así como la reindustrialización desde una mirada federal.
Se supone que de esto va aquello de lo que habla el presidente cuando dice que, al capitalismo, hay que “ponerlo en su verdadera dimensión” ¿Pero será esa la verdadera dimensión del capitalismo?

Postura

En este punto vale preguntarse si acaso el capitalismo es la única forma que tenemos las personas para relacionarnos. Y, al respecto, cabe resaltar que al hablar de capitalismo se alude a un momento que se distingue porque se produce por medio del trabajo asalariado y la extracción de plusvalía, algo que plantea también una particular manera de relacionarse socialmente.
Es interesante hacerse este tipo de preguntas que permiten –con poco esfuerzo- desmontar mitos, sobre todo cuando vuelven a aparecer propuestas de tipo keynesiano que resultan atractivas, pero están condenadas a tener un vuelo de perdiz dentro del contexto de la actual crisis sistémica del capitalismo.
¿Acaso esta vez podrá ser viable que se reediten experiencias keynesianas, neokeynesianas o protokeynesianas que en otros momentos tuvieron algo positivo para mostrar?
Aunque suene aguafiestas, hay que advertir que es poco factible que se pueda reeditar una salida de esas características para solucionar la crisis y como mecanismo de generación de otro ciclo de acumulación acelerado como el europeo de entreguerras o los de Argentina durante los 50 del siglo 20 o la primera década del 21.
Esto responde razones económicas, ecológicas, culturales y sociales. Y, para comprenderlo mejor, vale mirar los modelos -como el neoliberalismo- que devinieron de las crisis con que estallaron las experiencias keynesianas, que tienen un componente clave en la respuesta que las clases dominantes dan al acotado reparto del excedente social que se había producido.
Ahora, cuando desde el mismo corazón del sistema capitalista, dos bloques pugnan por dirimir cuál será el diseño del orden mundial, se profundiza con mayor voracidad la reapropiación de este excedente social.
Esta tensión se agudiza más cuando se advierte el impacto de la pandemia, sobre una situación de crisis que -desde 2008- el sistema capitalista sólo pudo emparchar.
El problema irresuelto es estructural y tiene mucho que ver con una relación que no cierra entre sobreproducción de bienes innecesarios, consumo y extracción de plusvalor.
La salida fue la extrema financierización del sistema ¿Pero hasta dónde podrá sobrevivir un sistema que se llama capitalismo, cuando en lugar de capital se dedica a fabricar dinero que cada vez tiene menos respaldo?
Pero además aparece el límite cultural y social, que determina la perspectiva reformista sobre los procesos económicos. Es que la diferenciación que desde esa mirada se hace entre un capitalismo productivo, bueno y nacional, respecto a un capitalismo financiero y especulativo, coloca en el lugar de contradicción principal a una que existe pero que sólo es una situación de pugna hacia adentro del capitalismo.
Esto queda claro sólo con recorrer los resúmenes de actividad de grandes transnacionales, que revelan la imbricación y pugna existente entre las dos facciones.
Será prudente entonces cuestionar la viabilidad de salida que hay por el lado del “capitalismo bueno”, que pretenda que el Estado Liberal Burgués ocupe un sitio de regulador de un proceso de acumulación y crecimiento sostenido que, encima, derrame.
Quizás entonces sea sensato pensar en que es mejor asumir la necesidad histórica de construir soluciones de otro tipo.
Y es aquí donde los comunistas tenemos una clara postura moral y ética, a la hora de sumar a un bloque de representación política desde donde se puede resistir a algunas de las expresiones más horribles del capitalismo.
Pero también debemos encarar la doble tarea que implica trabajar desde la coyuntura, sin perder la mirada táctica y estratégica.
Por eso es imprescindible romper el mito que supone la homologación de los conceptos capitalismo y democracia, a partir de un sistema que defiende la democracia política con la extensión del voto y diferentes concesiones inherentes a derechos civiles, pero lo hace para obturar cualquier posibilidad de democracia económica.
Es que la democracia económica está ligada a la autogestión, es decir, a la posibilidad de que los propios productores decidan qué, para qué y cómo se produce. Esto vuelve necesaria la participación de los productores/trabajadores en la generación de la riqueza social, su distribución y comercialización, al tiempo que rompe con los límites cosmovisionales de cualquier alternativa keynesiana.
Y, sobre todo, coloca a los trabajadores de la economía formal e informal ante la perspectiva de pensarse más allá de su relación con el Estado.
¿De qué va todo esto? Todo esto recalca que se vuelve fundamental desmercantilizar las relaciones económicas, sociales y -por ende- las humanas. Y que es posible comenzar a hacerlo ahora mismo, a escala y dentro de las reglas que impone el Estado Liberal Burgués, como tarea indispensable para avanzar hacia formas no capitalistas.
Por eso, es preciso volver a construir desde una perspectiva que priorice la articulación de los conceptos de democracia política y económica, algo clave para recorrer un proceso de transición hacia un diseño social diferente fundamentado en democracia amplia y profunda, esto es, un diseño no capitalista como única forma de evitar que siga la degradación de la propia especie humana.