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Política
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 “Libertad, libertad, libertad” ¿Pero para qué? Otra vez, fachos, tilingos, terraplanistas y conspiranoicos de diferente pelaje se lanzan a las calles. La derecha busca su casus belli. Una recomendación sabia que llega desde muy lejos.

Ayer, mientras morían 111 personas y 4.557 daban positivo al Covid-19, tuvo lugar otra movilización “contra la cuarentena”, en la que se expusieron posturas rocambolescas y conspiranoicas, junto a otras de sentido crítico más concreto a medidas adoptadas por el ejecutivo nacional.
Otra vez la mirada y actitud protofascista fue el factor común: volvió a haber agresiones a trabajadores de prensa e insultos que sonrojarían a un barrabrava de Almirante Brown. Todo bajo el grito de “Libertad, libertad, libertad”.
Así, las marcha de ayer se inscribe en la línea del pustch que ya tuvo capítulos en los cacerolazos convocados “contra los médicos cubanos que son espías”, porque “quieren largar a todos los presos”, “para que los políticos se bajen el sueldo”, porque “todos somos Vicentin”, “contra la reforma judicial”, porque “la tierra es plana”, “contra el plan de dominación global de Billy Gates” y contra “la vacunas”.
Mucho de lo que pasó en la movilización tiene que ver con frustraciones y perversiones de sus protagonistas, cuyas motivaciones debería ser objeto de análisis de la piscología profunda, algo que excede a estas páginas.
El factor formal del reclamo se focaliza en que -por pura maldad-, el gobierno pretendería que extender la “cuarentena más larga del mundo”. Pero la constatación empírica desmiente este postulado: en todo el país la actividad productiva está funcionando en un rango del noventa por ciento, algo que esta semana alcanzará la propia Ciudad de Buenos Aires que fue epicentro de la protesta.
Pero, pese a esto, desde la massmedia se pretende legitimar a los “anticuarentena” como una entidad política y, por lo tanto, como una mirada que merece ser tenida en cuenta.
Y, para eso, la massmedia hegemónica los dota de una épica libertaria, algo que demostró ser bastante eficaz para interpelar -sobre todo- a sectores urbanos de ingresos medios y medios altos, para los que el concepto “libertad” es homologable a salir a correr por los bosques de Palermo, y democracia es sinónimo de capitalismo y mercado.
Es que hay una razón de fondo, más allá de sociópatas convocantes y pregoneros de la mirada eugenésica nazi que militan contra medidas que tienden a morigerar, todo lo posible, la propagación de la pandemia.
Y aquí es preciso volver a recalcar que el capitalismo ya estaba en crisis antes de la irrupción de esta pandemia, que sólo la profundiza y visibiliza, al poner más en superficie mucho de lo criminógeno del propio sistema.
Pero también que en este contexto, al capitalismo se le presenta un problema más a la hora de correr hacia adelante en su intento por gambetear este capítulo de su propia crisis.
Como ya se explicó en reiteradas oportunidades desde estas páginas, Argentina y el planeta tienen recursos suficientes como para soportar un paréntesis en la rueda productiva derivado de las restricciones que impone la pandemia.
¿Pero entonces por qué tanta premura por poner en funcionamiento a pleno esa rueda, aun sabiendo que eso va a redundar en más trabajadores contagiados y muertos?
La necropolítica es una mirada que no sale de un repollo. Lejos de eso se corresponde con un momento concreto del desarrollo del sistema capitalista.
La pandemia obligó a que la mitad de la población mundial se aislara preventivamente para evitar contagiar y contagiarse.
¿Pero qué problema trae esto? Básicamente dificulta el proceso vital de reproducción del capitalismo, que en esta etapa de su desarrollo, se basa crecientemente en la producción de dinero por medio de renta financiera y sus derivados, así como por el consumismo de mercancías inútiles.
Por eso, si sólo se habilita la fabricación, circulación y venta de productos indispensables, se altera el proceso de producción, circulación y realización del capital en el mercado.
Esto es lo que aborrece el capitalismo, ya que altera la perspectiva de un sistema que precisa transformar todo en mercancía, lo que incluye a las relaciones humanas.
De ahí que, quizás en muchos casos sin saberlo, lo que reclaman quienes homologan “libertad” con salir a correr por Palermo o jetonear en un restaurante de Las Cañitas, no es otra cosa que convertirse en mercancía. Y todo, aunque en esto vaya la vida propia o la de terceros.
Porque uno de los efectos, tan sorprendente como momentáneo que trajo la pandemia, es que nos puso a las personas en un lugar de relativa desmercantilización.
Por eso tanta desesperación y agresividad desde las propaladoras de la industria massmediática que amplifican hasta el hartazgo arengas de economistas, periodistas y sus mentores en las que -en nombre de la “libertad”- exigen que todo el mundo vuelva a usar hasta el último de sus centavos para consumir porquerías, materiales y simbólicas. De esto y no de otra cosa, va la libertad que demandan.

Pero la crisis sigue

La Reforma Judicial propuesta por el ejecutivo y el proyecto que pretende devenir en una ley que grave –excepcionalmente- a las hiperfortunas que actúan en el país son, por ahora, el casus belli sobre el que se pretende montar la resistencia de los sectores más concentrados del universo del capital que actúan en Argentina.
Es a partir de ahí desde donde se pretende recomponer, disciplinar y alinear al bloque de representación política que, en 2015, llevó a Mauricio Macri a La Rosada.
Es una tarea para que saben que cuentan con una base importante, siempre dispuesta a reaccionar contra cualquier intento de repartir socialmente -aunque más no sea- un mínimo excedente, pero también a reaccionar con fanatismo contra cualquier proyecto social moderadamente inclusivo.
Y, ahora, como consecuencia de las restricciones que impone el Covid-19, su desprecio por la vida les brinda la posibilidad de quedarse con la calle.
Así las cosas, lo de ayer es parte de una saga que recrea la que tuvo lugar durante el proceso constitutivo del espacio de representación política que sintetiza JxC, con el que la derecha logró interpelar a un sujeto social que por su propio individualismo suele ser proclive a la dispersión. Y lo convirtió en un bloque identitario bastante homogéneo.
También consiguió construir mística, estética y cierto carácter epopéyico que vuelve a ponerse de relieve en puestas en escena como la de ayer. Algo que no debe subestimarse, pese a que se movilice a partir de consignas huecas ¿Acaso no lo fueron las que acabaron convirtiendo a un partido vecinal en ganador de las Presidenciales de 2015?
La capacidad de este bloque para mover masas es una carta que ahora vuelve a arrojarse sobre la mesa, a partir de una dinámica que parece vertebrarse por medio de un sujeto duro y galvanizado identitariamente, que impone condiciones a su propio liderazgo político partidario.
Así, parece haber quedado sepultado lo del alarde de “centro-derecha moderna”, que se declamó hasta el tramo final de la campaña 2015. Ahora, lo que prevalece son posiciones de derecha de rasgos cada vez más primitivos e irracionales, capaces de cuestionar a la ciencia desde un lugar pedestre.
¿Pero será esto un fenómeno excepcional de Argentina? La gestión de la pandemia que vienen haciendo EE.UU. y Brasil, exhibe que lejos de ello, se trata de una característica del momento de desarrollo de la crisis capitalista.
Es que en esta crisis que es sistémica y se manifiesta en todos los niveles, al propio sistema no le va quedando otra que recurrir a recetas cada vez más irracionales y autoritarias.
Pero, asimismo, es en un momento como el actual, cuando el carácter criminógeno del capitalismo se vuelve más evidente y sus consecuencias letales más epidérmicas, por lo son más fáciles de señalar.

Equilibrio inestable

La violencia cacerolera exige que “se vaya Fernández” y que “metan presa a la chorra”, entre otras cosas. Esta masa de maniobra se convirtió en una de las mejores herramientas de presión que posee lo más concentrado del universo del capital que actúa en el país, que siguió maximizando su tasa de rentabilidad durante la pandemia y pretende conservar su lugar de privilegio cuando todos nos hayamos dado la vacuna.
También pensando en ese día, el gobierno nacional ajusta detalles y avanza con mucho pragmatismo en el esfuerzo por construir un pacto policlasista estructurado a partir del Consejo Económico Social en el que también piensa sentar a esos actores que, formalmente, se sintetizan en espacios como AEA y el G-6.
Pero para eso también le prende velas al sostenimiento del equilibrio inestable, que presenta el esquema de representación política que devino del coletazo de la crisis capitalista que precipitó el estallido de 2001.
No hace falta mucho mérito para ser mejor que Macri, Patricia Bullrich o Fernando Iglesias. Dicho esto, hay que reconocer bastante sensatez en la posición adoptada por Horacio Rodríguez Larreta y algunos dirigentes de JxC, sobre todo en casos que tienen responsabilidad institucional.
Es muy difícil determinar hasta dónde fue la presión del núcleo electoral duro de JxC o la propia convicción de Larreta, la que hizo que -poco a poco- vaya adoptando medidas que permitieron que el aislamiento preventivo se convirtiera en una formalidad en la Ciudad, al tiempo que siguen creciendo los casos positivos.
Pero algo que va quedando claro, es que el jefe de Gobierno no parece dispuesto a abandonar su zona de confort, al menos por ahora.
¿Puede pensarse entonces en un escenario de real tensión hacia adentro del bloque que representa JxC? Y, en tal caso, ¿qué consecuencias podría traer esto hacia adentro del sistema de representación política en el que ese bloque aspira a la alternancia dentro del esquema democrático burgués?
Por ahora, todos siguen jugando con algunas cartas tapadas. Pese a esto, todo parece indicar que en JxC hay quienes se preparan para discutir liderazgo y que, para eso, volvieron a elegir el camino de la desestabilización del gobierno como factor aglutinante.
Es evidente que ese es el terreno en el que se encuentra más cómoda es Patricia Bullrich, un personaje acostumbrado a moverse por las cloacas de la conspiración y la deslealtad.
¿Pero podrá y querrá Rodríguez Larreta ir por otro camino y volver a sacarse la foto con Fernández y Axel Kiccilof, incluso cuando la pandemia sea cosa del pasado?
Porque lo cierto es que, ahora que con la vacuna en marcha, esto del Covid-19 parece tener fecha de caducidad. Y esto hace que La Rosada comience a aceitar los engranajes que, espera, pongan en marcha del plan de gobierno con el que Fernández ganó las elecciones de 2019.
Y esto, con un telón de fondo que exhibe que la pandemia no sirvió -como pensaban algunos optimistas- para volver más humano al capitalismo y que, lejos de eso, le permitió mostrar su cara más criminógena y lo volvió más cabrón de lo que era antes.
En este contexto, Fernández le saca punta al lápiz y prepara las tarjetas de invitación para el acuerdo policlasista, en el que espera sentar a representantes del universo del trabajo junto a los del capital. Pero también a la contraparte del Frente de Todos en el esquema de representación política vigente en el país.
Sabe que esto es preciso para preservar la institucionalidad que requiere el Estado Liberal Burgués, desde la mirada que postula que es necesario -y posible- avanzar en la construcción de un “capitalismo bueno”, capaz de someter a todos estos actores (¡y al propio sistema!) a la lógica de la economía productiva.
Ese viejo sueño de keynessianos y protokeynessianos soslaya la lucha de clases, pero también no advierte que el actual no es un momento más de las cíclicas crisis que caracterizan al capitalismo.
Hay que volver a repetirlo, la crisis ya existía antes de la pandemia (Ver ¡Echále la culpa al Covid-19!, en edición especial de Cuadernos Marxistas) y va a estar ahí el día después. Y no se trata de un desequilibrio de esos que se subsanan a partir de la reestructuración de actores económicos y diferentes facciones del universo del capital, por medio del pacto entre fuerzas políticas en pos de la reorganización de la hegemonía social.
Porque, para sintetizarlo, el sistema capitalista sigue sin resolver el problema que le trae el cuello de botella que se manifiesta en la sobreproducción de porquerías innecesarias y en la fabricación de dinero con cada vez menos respaldo.
La salida elegida fue -y es- la extrema financierización, que permite mantener cierta estabilización de la economía mundial a partir del sobreendeudamiento de los Estados, algo que siempre implica condicionamientos para la soberanía.
El actual gobierno de Argentina resolvió la mitad de este problema (Ver en NP Fumata blanca) y ahora tiene que lidiar con la otra parte, esto es, con la deuda contraída por su antecesor con el FMI. Pero más allá de que se morigeraron las condiciones, la deuda ilegal e ilegítima, persiste por lo que Argentina sigue en zona de riesgo.
Los responsables políticos y beneficiarios concretos de este mecanismo perverso de sobreendeudamiento son apuntalados por expresiones como la de ayer, pero además sobrevuelan la mesa del pacto social, en la que esperan ocupar un sitio de privilegio.
Los budistas son gente de tradiciones culturales exóticas para quienes tenemos una formación judeo-cristiana. Una de ellas tiene lugar al pie del monte Kailash.
Ahí hay varios monasterios donde se practican “entierros celestiales” en los que los cadáveres se depositan en plataformas para que sean devorados por buitres y quebrantahuesos que, durante todo el día, sobrevuelan la zona esperando su recompensa.
Cuentan que en uno de ellos, el monasterio de Drigung-til, hay un cartel que advierte: “evite quedarse dormido en esta zona, porque los buitres no distinguen a la hora comer”.