¿Qué pasa cuando un peso pluma debe pelear con un pesado?

Economía
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 ¿Pueden los mercados asimétricos competir libremente? Cuando eso de “volver al mundo” puede ser una alternativa letal.

“Usted redujo los impuestos a las exportaciones agrícolas de forma espectacular y aflojó los controles de importación, liberó controles cambiarios y pagó a los holdouts lo que allana el camino para volver a los mercados de crédito en todo el mundo”.
De este modo el ex jefe de Gabinete de Bill Clinton, Thomas McLarty, ahora es CEO de la consultora McLarty Associates, presentaba a Mauricio Macri durante el primer viaje que, como presidente, hizo a EE.UU..
Esa vez, ante el auditorio reunido en el Center for Strategic & International Studies, añadía que su interlocutor “trabaja eficazmente para construir confianza dentro de la comunidad internacional y con la comunidad inversora”, al tiempo que ponderaba “los avances que aún están por venir”, en Argentina.
Menos locuaz, Macri agradeció entonces recalcando que su gobierno quería “ayudar a nuestros ciudadanos a estar listos para esta integración” y que, para ello, “trabajamos tratando de encontrar maneras de aumentar la productividad y la competitividad”, ya que, recalcaba, “un cambio cultural toma mucho más tiempo que el cambio económico”.
Lo que vino después ya lo sabemos. Es que con la premisa “volver al mundo”, además del sobreendeudamiento, ajuste y flexibilización de la relación entre trabajo y capital hacia adentro de nuestro país, se avanzó en una estrategia de vaciamiento y desarticulación de espacios como la Celac, la Unasur y el Mercosur.
Y precisamente, en los días que corren, el Mercosur vuelve a estar sobre la palestra, después de que se conociera la decisión del Estado argentino de retirarse de las negociaciones que ese bloque regional lleva a cabo con la República de Corea, Canadá, Singapur, entre otros países (Ver Mercosur sí. “Libre comercio” no).

Cosas del cambio

Ese “volver al mundo y el “cambio cultural” que prometía el entonces presidente, dejaron una factura que los argentinos todavía estamos pagando. Pero también son conceptos clave para comprender la mirada que durante los últimos años, primó en la toma de decisiones que llevó anular la capacidad de maniobra de Celac y Unasur, al tiempo que se reducía al Mercosur, a ser un espacio de negocios orientados a favorecer a lo más concentrado de la clase capitalista de sus estados miembros.
Y todo desde una postura que está sustentada por uno de los mitos sobre los que descansa otro, que es piedra basal del capitalismo: el librecambio.
Pero significativamente, esto que la massmedia dominante naturaliza como una especie de panacea universal que debemos aceptar sin chistar, es algo que las formaciones estatales capitalistas más fuertes, son reticentes a asumir fronteras adentro.
¿Por qué será que mientras presionan para que los demás países eliminen cualquier tipo de proteccionismo, esas formaciones estatales imponen cada vez más barreras arancelarias sobre los productos, fundamentalmente industriales, que no le interesa que lleguen a sus territorios con precios competitivos?
Lo claro es que pretenden que seamos librecambistas, cuando ellos protegen a su producción como gato panza arriba. Por eso esto de los Tratados de Libre Comercio (TLC) que establecen un corsé, que les facilita a las formaciones estatales capitalistas de primera línea, acceder a mercados en los que mediante prácticas como el Dumping, acaban con la competencia local.
Pero no sólo eso. Es que en nombre de la competencia, se les abre las puertas a la deslocalización de segmentos de la industria cuya casa matriz está en los países capitalistas centrales, ya que en la periferia pueden contaminar, pagar peores salarios y flexibilizar condiciones de contratación laboral.
Así, estos tratados asimétricos, tienen otro tipo de consecuencias secundarias en la imposición de condiciones vinculadas a la relación entre los universos del trabajo y el capital que, de otra forma, sería inviable.
Y algo más: la asimetría que presentan este tipo de tratados, fomentan la reprimarización del sistema productivo. Por eso, los que caen en esta trampa, terminan resignando capacidades de producción secundaria e innovación tecnológica, para focalizarse en la producción primaria de comodities que generan divisas que acaban fugándose.
¿Será por esto que, apenas conocida la decisión del gobierno argentino, salieron a rasgarse públicamente las vestiduras el sector financiero y las patronales vinculadas al sector agroexportador?
Paradójicamente, los que pontifican desde el mito de la competencia, son los que de ninguna manera la aceptan.
¿Pero de qué irá eso de la competencia? Para la economía clásica el libre comercio garantiza resultados superiores al que puede ofrecer el proteccionismo y barreras estatales aplicadas comercio.
Y, sin dudas, todo esto funcionaría así, siempre y cuando los mercados en cuestión fueran de competencia perfecta. Pero para ello deberían pasar cosas como que el producto que se intercambia fuera homogéneo, que productores y consumidores tuvieran idéntica información sobre las condiciones que afectan al intercambio y que cada coste que provoque el intercambio pueda tenerse en cuenta a la hora de computar precios.
En este esquema ideal, también debería pasar que existiera una compensación que hiciera que, por ejemplo, los trabajadores afectados por el ingreso libre de productos del país-contraparte en el TLC, consigan automáticamente trabajo en empresas cuya producción posee ventaja sobre la contraparte del exterior.
Por otro lado, en este universo de complementariedad perfecta, las empresas que deban cerrar porque su producción no puede competir con la de la contraparte extranjera del TLC, deberían poder reconvertirse y automáticamente pasar a producir cosas que vender al “socio” del TLC.
Y, por supuesto, nada en este proceso de adaptación al TLC debería traer costes extra, aunque esto implicara cosas como mudar una fábrica de una ciudad a otra, capacitar personal, comprar know how o adquirir tecnología para la reconversión.
Como se ve, tal como suele pasar, cuando se escarba un poco la superficie de cualquier mito capitalista, lo que se encuentra es una ficción y, detrás de ella, la búsqueda por maximizar tasa de rentabilidad a costillas de los demás.
Esto ayuda a comprender mejor por qué tanto interés por desideologizar en un sentido e ideologizar en otro al Mercosur. Pero también habla de qué va esto de volver a los mercados de crédito en todo el mundo” que, entre sonrisas cómplices festejaban McLarty y Macri.
En un sentido ideológico, la liberalización y desregulación que proponen los TLC, es homóloga a la desregulación de los mercados financieros.
También lo es la mirada que desde una falsa asepsia se intenta naturalizar cuando se machaca con cosas como “productividad”, “apertura al mundo” y “competitividad”, conceptos que traducidos quieren decir destrucción del aparato productivo, reprimarizacion y precariado. Porque cuando se habla de economía, se habla de política.