¿Teletrabajo o teleprecariado?

Sindicales y Territorio
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¿Qué se esconde detrás de esta modalidad que crece a caballo de las restricciones que impone la pandemia?

El secretario Sindical del Partido Comunista, Mario Alderete, hizo público su apoyo al proyecto presentado por los diputados Hugo Yasky y Pablo Carro que, si prospera, permitirá que se regule un régimen para el teletrabajo.
La iniciativa de los dos legisladores integrantes de la CTA, se suma a otras veinte que abordan esta problemática. Entre ellas la que presentó días atrás Walter Correa y las de las senadoras Silvina García Larraburu y María Eugenia Catalfamo, así como otra de Facundo Moyano que lleva un par de años durmiendo, pero aún tiene estado parlamentario.
En todos los casos, los proyectos corresponden a legisladores del Frente de Todos, por lo que no sorprendería que finalmente pudieran unificarse.
El consentimiento para desempeñarse bajo esta modalidad y su revisión por parte del trabajador, es un punto abordado por los proyectos donde también se plantea la necesidad de establecer mecanismos de control, regular las horas y la carga de tareas, así como el derecho a la desconexión.
Asimismo, se presentan ideas respecto a quién debe proveer el equipamiento, mecanismos para compensar gastos como el que surge de la conexión a la red, aspectos inherentes a seguridad e higiene y a la protección de datos, y el control sindical de la actividad.
Alderete resaltó que la iniciativa de Yasky, busca salvaguardar los derechos laborales de quienes deban aceptar esta modalidad y que, para ello, propone la participación de la organización sindical correspondiente en cada negociación que se haga al respecto.
Vale señalar que a partir de las restricciones que impuso la pandemia, el teletrabajo se presenta como una modalidad coyunturalmente aceptable. Pero también tiene mucho que ver con un modelo que, desde hace rato, el universo del capital sueña imponer.
Desde la mirada capitalista, esta modalidad se promociona como un adelanto pero a caballo de ella, se busca destruir a la unidad productiva, la fábrica, la oficina, como centro de intercambio de experiencias y contacto que favorece la proletarización.
Por eso, esta modalidad, está vinculada a paradigmas propios de la actual etapa del desarrollo la Segunda Crisis de Larga Duración Capitalista.
¿De qué va todo esto? De un escenario atravesado por la desindustrialización y la deslocalización, robotización y empresas en red, así como la asociación corporativa que por medio de la terciarización favorece la flexibilización entre los universos del capital y el trabajo, lo que configura un panorama que plantea a los trabajadores incertidumbre, inestabilidad y fragmentación.
Pero nada en este combo es casual. Lo que se persigue es aniquilar la conciencia de clase en tanto consecuencia de una construcción atávica y un desarrollo histórico, basados en la solidaridad como mecanismo organizativo de resistencia para enfrentar la injusticia y la desigualdad.
Pero asimismo como práctica de apoyo mutuo y acción colectiva por parte de las clases subalternas ante el ataque de aquellas dominantes. Por eso tanto énfasis a la hora de generar condiciones capaces de favorecer la transformación de proletariado en precariado.

Derechos

“En condiciones estructurales de desigualdad social agudizadas por la profunda crisis que vivimos, quieren imponer de manera unilateral condiciones que favorezcan al empleador”, recalcó Alderete.
Pero asimismo recordó que “el lugar de trabajo es insustituible como medio principal de socialización y organización de la autotutela” mientras que el trabajo en el domicilio, provoca “pérdida de derechos y bloqueo de la solidaridad”.
Por lo que “los principios básicos que es preciso asegurar, para después poder desplegar las garantías del ejercicio de los derechos, son voluntariedad en la adopción del teletrabajo, carácter revocable en su caso, y de tiempo parcial”.
Y resaltó que estos principios que deben regir plenamente en tiempos de normalidad, “resultan más trascendentes cuando se atraviesa una emergencia sanitaria como la actual”.
Alderete también celebra que el proyecto de Yasky se meta, desde una mirada previsora, en esta problemática que impone la dinámica de la crisis capitalista.
Sobre todo en este contexto en el que el universo del capital “pretende abordar el trabajo del futuro, avasallando los principales derechos de los trabajadores comenzando por una mayor desocupación y menos salarios, reforma laboral para flexibilizar y desconocer conquistas terminando con los convenios colectivos por rama de industria y el sistema previsional de carácter estatal, entre otros males”.
De ahí que destaque que “los trabajadores debemos encarar el tema desde un ángulo que ponga en primer lugar la defensa de derechos y conquistas” esto es “analizar el futuro del trabajo desde una óptica de clase, que privilegie su condición de verdaderos creadores de la riqueza de la cual se la apropian los monopolios capitalistas mundialmente concentrados”.

La Conat y su postura

“Desde la Conat y la FSM nos proponemos abordar la temática desde un convencimiento más de clase y de carácter revolucionario no solo porque el capitalismo bueno no existe sino que, producto de la financiarización del imperio capitalista mundial, se amplía la pobreza, el hambre, la desocupación, se altera el equilibrio ecológico, crece el tráfico de armas, drogas, la trata de personas y la superexplotación, la llamada Guerra de Quinta Generación y el destrozo de la soberanía de los llamados estados nacionales” recalcó Alderete.
De ahí que es preciso “acordar una agenda para construir una sociedad de trabajo en donde los derechos, leyes y reglamentos laborales que garantizan la vigencia de conquistas, autonomía e independencia sindical y las propias instituciones laborales no deban resultar obstáculos para el desarrollo”.
Al respecto, el referente de la Conat indicó que la actualización de las leyes laboral, previsional, de seguridad en el trabajo y estabilidad “deben constituir pilares de un nuevo modelo de organización social”, capaz de “mejorar la calidad de vida de todos, principalmente de la clase trabajadora de la ciudad y el campo, y sectores medios nacionales comprometidos con la producción y el comercio nacional independiente”.
Tras lo que hizo hincapié en que la construcción de una sociedad de carácter post-capitalista, “debe ir más allá del reformismo capitalista y el mercado de trabajo debe ser capaz de atravesar las transformaciones económicas con niveles de ingreso aceptables y crecientes, manteniendo y ampliando derechos y protecciones”.
Así las cosas, tras definir al proyecto de Yasky como “un paso en esa dirección”, el referente de la Conat sostuvo que, “para hacer realidad sus objetivos posteriores, será imprescindible la unidad de los trabajadores organizados en un nuevo modelo sindical más democrático y autónomo”.
Un esquema que, recalcó Alderete, debe contar con liderazgos “cuya principal preocupación no sea la conciliación de clases ni colaboracionismo con dirigentes políticos o económicos que limiten una justa labor diaria solo a la defensa de derechos laborales vigentes y reivindicaciones inmediatas”.
Porque, insistió, la clase trabajadora debe ser “el sujeto social central de una amplia unidad con el pueblo y sus respectivas organizaciones, para echar las bases para la construcción de un futuro de liberación nacional, aportando a la unidad antiimperialista de nuestros hermanos latinoamericanos que luchan y lucharán por la segunda y definitiva independencia”.