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Dom, Abr
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Política
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En el estribo el Gobierno Cambiemos volvió a hacerle una gauchada a los bancos. Reservas en niveles bajísimos y deuda de corto plazo, los desafíos más inmediatos en un campo minado.

El resultado de las elecciones que ayer consagraron presidente electo a Alberto Fernández, deja dos lecturas inmediatas. Una es la consolidación del escenario de representación política dominado por dos grandes bloques, que se proponen prevalecer en el juego de control y alternancia.

La otra es la que señala que el actual gobierno delegó -ahora abiertamente- en lo más concentrado de la banca que opera en el país, la toma de decisiones financieras y, por lo tanto, las económicas y políticas que de ellas derivan.

El camino que llevó a que, sobre el filo de la medianoche de ayer, el Banco Central decidiera aplicar un cepo a la venta de dólares estadounidenses, es el corolario de otro más largo que tuvo un hito fundamental durante las últimas semanas.

El paquete impone límite de doscientos dólares para la compra por persona humana y mes vía home banking, así como la misma suma mensual para extracciones desde el exterior. Y la mitad para el caso de la adquisición dólares físicos en caja con solo presentación del DNI.

La decisión significa la caída de otro mito del Gobierno Cambiemos y no sorprende, pese a que fue más drástica de lo esperado.

Desde después de las Paso, el Banco Central transitó con las Letras de Liquidez (Leliq), un proceso similar al que emprendiera allá por agosto de 2018 cuando con la presidencia de Luis Caputo, llevara a cabo un programa de “rescate” de Lebac por el que el Tesoro resignó algo así como 150 mil millones para absorber esas letras que la banca privada ya no quería renovar.

Como parte de ese programa de “esterilización” de “pesos excedentes”, el Central ofreció a las entidades bancarias Notas del Banco Central a un año de plazo y Leliq.

Aquí se cae otro mito. Es que la utilización de este tipo de herramientas, señala que los mismos que secan la economía de billetes, son los que le siguieron dando a la maquinita, sólo que de otra forma más sofisticada y destinada a favorecer el negocio financiero, en un contexto de sobre endeudamiento puesto al servicio de la fuga de divisas.

Las consecuencias de la aplicación de este esquema están a la vista y pueden medirse en términos de transferencia regresiva de riqueza, profundización de la pobreza, destrucción del aparato productivo y el empleo, entre otras cosas.

Con el “recate” de Lebac, la banca hizo un formidable negocio, ya que ganó mucho gracias a tasas increíbles. Y cuando la cosa no daba para más, cambió esos papeles por otros por los que el Estado –todos nosotros- pagó tasas todavía más exorbitantes que en el caso anterior.

Pero todo termina alguna vez. Tras las Paso la presión de los bancos se profundizó y, en sólo un mes, el Central recortó el monto de sus Leliq de 1,13 billones de pesos a menos de un billón de pesos.

De esta manera disminuyó el nivel elevadísimo de sus pasivos remunerados por los que –vale recordarlo- se paga una tasa de interés anual del 68 por ciento. El Central pudo transformar esos papeles en otros pagaderos en un plazo más largo, pero eligió volver a favorecer a los bancos y, en el mismo movimiento, liberó una importante masa de pesos para que esas entidades satisfagan la demanda de liquidez sus clientes.

¿Pero dónde iría a parar esa demanda de pesos? El cepo dispuesto por el Central brinda la respuesta.

 

Escenario

 

En este escenario, el cepo es una medida necesaria para atender a una contingencia, que descansa sobre dos de los principales condicionamientos macroeconómicos que deja el Gobierno Cambiemos: sobreendeudamiento y reservas en un nivel alarmantemente bajo.

Pero, asimismo, estos condicionamientos alteran las variables microeconómicas y, por supuesto, el precio de la canasta básica.

La inflación es uno de los temas más críticos para la transición y después del 10 de diciembre. Pero también lo es la escasa cantidad de dólares que deja en el Tesoro el Gobierno Cambiemos, cuya administración sensata es fundamental -entre otras cosas- para garantizar que la economía real pueda seguir funcionando.

El propio Guido Sandrelis acaba de reconocer que sólo desde las Paso y en su afán por contener el precio de la divisa estadounidense, el Gobierno rifó más de mil millones de dólares del Tesoro.

Por la circular 6137 de 2016, en Central autorizaba a comprar dólares prácticamente en cualquier lado y con escasísimo control.

Las filas en bancos, casas de cambio o cualquier otro kiosco donde se vende la divisa estadounidense se incrementaron durante las últimas semanas.

Esto es sólo una muestra de cómo el Gobierno Cambiemos subsidió a sectores concentrados de las finanzas y a otros de ingresos medios acomodados, que así pudieron atesorar y seguir viajando al exterior.

Del otro lado queda la gran mayoría que paga ese subsidio con cada centavo que su salario pierde con la inflación, esto en el caso de quienes todavía tienen trabajo.

Este es un dato que debe tenerse en cuenta a la hora de leer el resultado electoral, sobre todo si se comprende que el cepo al dólar es una medida que debió tomarse –al menos- inmediatamente después de las Paso y que si no se avanzó en tal dirección, fue sólo para evitar cualquier ruido entre el Gobierno Cambiemos y buena parte de su base electoral.

 

Difícil tarea

 

“El objetivo es preservar las reservas en este momento de transición”, dijo Sandleris al referirse al cepo al dólar.

Lo cierto es que la medida llega demasiado tarde. Tal como explicó oportunamente NP (Ver El fondo del tarro), las reservas líquidas propias del Central -aquellas a las que puede echar mano- son muy inferiores a las reservas brutas de 48.340 millones de dólares de las que, hasta no hace mucho, se jactaba La Rosada.

Para repasar. Algo así como 19.257 millones corresponden al swap con la República Popular China, esto es, no son divisas de las que se puede disponer de forma inmediata.

Otro tanto, 8.109 correspondientes a encajes bancarios, es decir parte de los depósitos de particulares, y también está contabilizado el paquete de alrededor de tres millones acordados con organismos internacionales que no son el FMI.

Así, desde una mirada optimista, al Tesoro le está quedando algo así como diez mil millones de dólares. Aunque hay otras voces menos esperanzadoras.

Carlos Rodríguez fue viceministro de Economía de Roque Fernández y -por supuesto- está lejos de tener una mirada marxista o incluso keynesiana, ya que se formó en la escuela de los Chicago Boy’s. A la hora de evaluar cuánto queda en las arcas del Central es lapidario: ocho mil millones de dólares.

El escenario es claro: ahorristas, inversores y especuladores que huyen de activos argentinos para buscar refugio en el dólar ante el peligro de otra megadevaluación y megainflación, pero también por el horizonte de vencimientos de deuda que –a esta altura- aparecen impagables.

El panorama se ensombrece más al advertir que el déficit del sector externo, hace que la generación de dólares genuinos -y la inversión- se haya vuelto una quimera.

Toda esta ensalada tiene un factor común en la desconfianza hacia el gobierno. Y esto lejos está de haber comenzado con el resultado electoral del domingo.

Aquí es preciso recordar que en el origen de esta historia está el súper endeudamiento puesto al servicio de la timba financiera y fuga, que provocó que en 2018 se cerrara para Argentina el mercado voluntario de deuda.

Desde entonces todo se precipitó: la vuelta al FMI y la ampliación del acuerdo –a instancias de EE.UU.- sólo permitió que el gobierno ganara tiempo para llegar a las elecciones sin tener que declarar abiertamente el default.

Pero esto también se diluyó y el Fondo postergó el ultimo desembolso de 5.400 millones que, ahora, renegociará con el gobierno entrante.

¿Pero será el vaciamiento del Banco Central sólo un efecto no deseado de la estrategia del Gobierno Cambiemos?

Para buscar la respuesta es prudente advertir cuáles fueron los sectores que se beneficiaron desde diciembre de 2015.

Las empresas energéticas, las prestadoras de servicios, las concesionarias de peajes, mineras y el agronegocio lograron terribles beneficios y están imbricadas al súper ganador: el sector financiero que actúa en el país y que está cada vez más concentrado.

Esto explica también por qué, incluso en su ocaso, el Gobierno Cambiemos vuelve a premiar a quien es corresponsable de sostener una lógica basada en la maximización de la tasa de rentabilidad del dinero y la consiguiente transferencia de riqueza desde el universo del trabajo y la producción hacia el financiero.

Después de todo, el que se está yendo es un gobierno que como pocos antes, se mostró eficiente a la hora de perpetrar una de las principales tareas del capitalismo, esto es, transformar a la riqueza social que se construyó con años de lucha de la clase trabajadora, en privada y multinacional.

Cuando hoy Alberto Fernández se reunió con Mauricio Macri en lo que se espera sea el capítulo inicial de “una transición ordenada”, el presidente electo planteó algunos puntos irrenunciables.

Ahí aparece la necesidad de que las reservas del Banco Central no sigan cayendo, aún a costa de ajustes en la política cambiaria, establecer un mecanismo de consulta sobre cualquier medida fiscal y las vinculadas a la deuda externa.

Desde ese piso el gobierno entrante espera poder hilvanar una transición en la que las variables no sigan estallando como ocurre desde hace más de un año, pero también pretende que se pueda generar un ambiente de calma para avanzar en el acuerdo plurisectorial que prometió en campaña.

Y en la renegociación de la deuda que le permita tener líquido para descomprimir el conflicto social, al menos, durante el tramo inicial de su gobierno.

Para ello, se sabe que la propuesta que teje consiste en lograr encapsular bonos cortos emitidos por el Gobierno Cambiemos, en plazos de cuatro años, sin quita de capital, pero con renegociación del pago de intereses.

En esto, desde hace meses, su equipo financiero avanza en contactos acreedores internos y del exterior, tarea en la que también participó Sergio Masa.