Lecciones de Syntagma para Plaza de Mayo

Política
Typography
  • Smaller Small Medium Big Bigger
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

El Fondo comunica y La Plaza responde ¡Truco y retruco! Hora de contar el poroteo ¿Se viene el acuerdo? Plan Plurianual, matriz exportadora, el viejo paradigma del desarrollo y un par de ejemplos que aclaran que hay otros caminos posibles para recorrer.

Toda toma de decisión, individual o colectiva, requiere de una fase previa que suele estar atravesada por cierta ritualidad y liturgia que ayude a construir un escenario propicio para avalarla. Algo de esto tuvo buena parte de lo que pasó la semana anterior, en la que se destacan dos hechos clave: el comunicado del FMI acerca de las recientes reuniones que efectuó con la misión técnica argentina y, por supuesto, el acto que el viernes se llevó a cabo en Plaza de Mayo.

Y esto es así porque, más allá de que la formalidad señala que los encuentros de Washington forman parte de los pasos habituales que el FMI da en estos casos y que lo de la Plaza tuvo que ver con el Día de la Democracia y los Derechos Humanos, se puede encontrar mucho más a la hora de desmenuzar los mensajes que se enviaron, en uno y otro caso.

Poco antes de que empezara el acto, la portavoz presidencial, Gabriela Cerruti, señalaba que el Gobierno hace “una interpretación muy buena y muy positiva”, sobre el comunicado del Fondo y, al respecto, añadía que “estamos trabajando en la misma línea”.

¿En qué se basa el optimismo gubernamental? El comunicado reconoce y valora positivamente la mejoría de las cuentas fiscales, así como el repunte de la producción y la inversión en Argentina, pero recalca que es preciso apuntalar esto con “políticas para sostener de manera duradera la recuperación económica y las mejoras en las condiciones sociales y laborales”. Y, entre otras cosas, admite que el problema de la inflación es multicausal y solicita apoyo nacional e internacional para el programa de reestructuración de pagos que permitiría que el país salga del atolladero en que lo metió la deuda acordada por el organismo con el Gobierno Cambiemos.

El comunicado dice también que los equipos de Argentina y el FMI, “analizaron los desarrollos económicos recientes y discutieron las perspectivas de crecimiento, inflación y la balanza de pagos”, tras lo que advierte que pese a que “serán necesarias más discusiones”, las dos partes continúan “plenamente comprometidas con su trabajo conjunto”.

Después puntualiza que hubo entendimiento general “sobre la necesidad de mejorar de manera gradual y sostenible las finanzas públicas, dando lugar al mismo tiempo a las tan necesitadas inversiones en infraestructura, tecnología y gasto social focalizado”. Y añade que para viabilizar esto es preciso que se adopten “políticas para acumular reservas internacionales, incluyendo mediante la promoción de la inversión extranjera directa y las exportaciones”.

De todo esto poco hay que todavía no se haya dicho o dejado trascender (Ver ¿Al Fondo? ¡Mejor a fondo!). Y está claro que es imposible desligar el postulado “políticas para sostener de manera duradera la recuperación económica” de aquel que dice “políticas para acumular reservas internacionales”.

Por otra parte, hoy lunes el Directorio del Fondo tiene en agenda evaluar el pedido que le hizo nuestro país con el aval del G-20, respecto a la modificación de su política de sobretasas que si se aprueba en la línea de esa solicitud, colaboraría a que Argentina disminuyera en mil millones de dólares anuales, el costo de financiamiento que surja del acuerdo que alcance con el organismo (Ver Roma no cree en lágrimas).

Vale recordar que esa sobretasa, forma parte del costo que el país debe pagar por el acuerdo ilegal e ilegítimo que hizo Mauricio Macri, cuando endeudó a los argentinos por 57.100 millones de dólares, monto que supera la cuota argentina dentro del organismo multilateral, por lo que se estableció una tasa de interés mayor que la regular. Y es precisamente sobre las características de ese acuerdo de 2018, donde el Directorio del FMI va a poner la lupa después de tratar lo de la sobretasas, en una decisión en la que lo simbólico prevalece sobre los efectos concretos que pueda tener.

 

La punta del lápiz

 

Así las cosas desde el Gobierno ven señales auspiciosas en el texto del FMI y aventuran que antes de fin de año van a tener un preacuerdo para enviar al Congreso, aunque se trate de un documento que cumpla con los principales objetivos de la negociación, pero deje otros supeditados a tratativas posteriores.

Y son optimistas porque, mientras encienden velas a una resolución favorable en el tema de las sobretasas, dan por hecho que el acuerdo va a contemplar una progresión aceptable en el ajuste del déficit que vaya de la mano del crecimiento del PBI, que podría contar con un espaldarazo importante si a caballo de lo que se arregle con el Fondo, se vuelve a habilitar el crédito internacional que el país tiene obturado desde que el Gobierno Cambiemos lo agotó (Ver ¿Al Fondo? ¡Mejor a fondo!). Pero asimismo ven un guiño a la posibilidad de que se pueda afianzar una política sustentable de acuerdos de precios a partir de enero venidero.

Es evidente que la negociación con el FMI entró en la etapa en la que se le saca punta al lápiz y de esto va el comunicado, pero también el sentido profundo del acto del viernes y mucho de lo que allí se dijo.

El comunicado es bastante claro y pone límites a las aspiraciones de la postura argentina, incluso a algunas de esas que a priori aparecen como negociables. Pero, en simultaneo, coincide en parte del diagnóstico que hace el Gobierno y en el rumbo de la solución que postula seguir a caballo del acuerdo al que se pueda arribar, por eso con moderado entusiasmo se habla de “avances”.

Y en este juego de ritualidad y liturgia, la Plaza del viernes tuvo un significado particular, porque se presentó como un acto que simbólicamente sintetice el momento bisagra para un Gobierno que –tras las Legislativas- espera dejar atrás los condicionamientos que le impuso lidiar, casi en soledad, contra lo peor de la pandemia. Para relanzarse a partir de los postulados que propuso en el Programa que el Frente de Todos (FdeT) sometió a la elección de la población en octubre de 2019.

Ese Programa se fundamenta en la construcción de un acuerdo policlasista que sea capaz de armonizar los intereses de los universos del trabajo y el capital, así como al más amplio espectro posible de las fuerzas que actúan dentro del esquema de representación política del país (Ver Se viene la pospandemia ¿y si vamos por otro tipo de normalidad?).

De esto va también las presencias Lula y Mujica, junto a las del Presidente, su Vice y la construcción de un diálogo público de cara a una plaza llena, que pretendió ser algo más que un golpe de efecto, ya que recreó desde una liturgia y ritualidad propia del peronismo, darle el sentido y aval a un acuerdo que todos saben está muy lejos de lo que Alberto Fernández y Cristina de Kirchner hubieran deseado firmar. Pero también al plan con el que el Gobierno espera establecer su modelo de tipo reformista y protokeynesiano, de cara a la segunda parte de su mandato y en consonancia con lo que acuerde con el FMI.

 

¿Para qué crecer?

 

Ante la Plaza, Alberto Fernández y Cristina de Kirchner, ratificaron la postura que desde el Día Cero viene expresando el Gobierno respecto al tema deuda y que se puede sintetizar en el postulado: “fue tomada de forma ilegal, pero hay que pagarla”. Y este cuestionamiento a la forma en que se tomó la deuda, es algo que como producto de la larga negociación, se logró que -en parte- reconozca el propio FMI ¿Puede traer esto algún rédito que vaya más allá de lo simbólico? Difícil, pero de todos modos habrá que ver en el mediano y largo plazo.

Pero lo cierto es que en el horizonte próximo, las urgencias gubernamentales son otras y ponen al “mejor acuerdo al que se pueda llegar”, como prioridad para avanzar en el Plan Plurianual con el que espera sintetizar un programa de Gobierno, pero por sobre todo, una matriz de desarrollo que exceda lo que queda de su actual gestión (Ver Ya pasó lo peor…se vienen lo más difícil).

Sobre esto los discursos del Presidente y su Vice fueron complementos que se sintetizan en un solo mensaje que, palabras más palabras menos, coincide con lo que va conociéndose sobre la dirección en que avanza el acuerdo con el FMI.

“La Argentina del ajuste es historia”, dijo Fernández y su Vice pidió que “los partidos le digan al FMI que no se va a aprobar ningún acuerdo que no contemple la recuperación de la economía”, tras lo que solicitó que el organismo ayude a Argentina a recuperar lo que se fugó del país como correlato del Stand-By que le dio al Gobierno Cambiemos.

Lo primero le mete presión a las bancadas legislativas de las fuerzas que integraron el gobierno que endeudó, y es consecuente con el aval parlamentario que el propio Fondo exige para rubricar el acuerdo.

Lo otro alude a los alrededor de 25 mil millones de activos externos, que están certificados como parte del mecanismo de fuga que favoreció la toma del Stand-By de 2018. Y forman parte de los, al menos, 86 mil millones fugados durante la Presidencia Macri, cuyas características desnudó el Informe Mercado de Cambios, Deuda y Formación de Activos Externos que presentó el Banco Central durante abril de 2020.

La idea de que se puedan recuperar esos dólares es bastante quimérica y, más todavía, suponer que el FMI ayude a hacerlo, si se tiene en cuenta que el organismo es parte de la estructura financiera (y política) global, que se diseñó para fomentar e imponer el esquema de sobreendeudamiento, fuga y cloacas fiscales que transforma trabajo en dinero de escaso respaldo y en escasez.

Y que todo esto se corresponde con un mecanismo que sostiene el respirador artificial del dólar como moneda de referencia internacional y, por ende, como instrumento de dominación clave para la actual etapa del desarrollo de la Segunda Crisis de Larga Duración del sistema capitalista.

Así las cosas y con los resultados de lo que se avanzó en las reuniones celebradas en Washington, se sigue negociando con la expectativa de ir redondeando el Plan Plurianual, que está acollarado al acuerdo que se alcance con el Fondo y prevé poner en negro sobre blanco a la estrategia de desarrollo que postula el Gobierno, pero también a las metas de crecimiento e inversión, déficit e inflación. Y de esto va buena parte de lo que se discute ahora mismo y a contrarreloj.

Una de las cosas en que coincidieron los mensajes de la Plaza, es en que el acuerdo con el FMI no debe ralentizar el crecimiento que ya se verifica y que, datos moderados, señalan que permitiría que durante el trimestre inicial de 2022, ya se comience a recuperar parte del PBI que se perdió durante el Gobierno Cambiemos.

Y es aquí cuando, por más que se le saque punta al lápiz cuesta hacer cerrar los números. Porque, por un lado, el FMI pide que se avance hacia un esquema de gasto social focalizado, algo que en criollo quiere decir recorte de la inversión que el Estado hace –fundamentalmente- en las áreas de gestión social y productiva.

Si se imagina un escenario de crecimiento sostenido y en el que no aparezca un rebrote del Covid-19, puede suponerse que sea viable reducir algo del esfuerzo que hizo el Estado durante 2020 y en parte este año, sobre todo en aquello inherente al subsidio que se brinda al universo del capital ¿Pero de qué habla el Fondo? ¿Se referirá a esto o su sugerencia tendrá que ver con los programas que se destinan a paliar la situación del alrededor de seis millones de personas que fueron empujadas a formas de relación laboral no conveniada o que directamente carecen de trabajo y remuneración fija?

Por otro lado cuando se refiere a la inflación, pide un “enfoque múltiple” y hasta habla de un abordaje progresivo que analice y atienda los componentes del complejo esquema que establece los precios de la economía que acaban destruyendo el salario.

Pero a la vuelta de la página, advierte que es preciso subir las “tasas reales positivas” (Ver ¡Aguante Corelandia!). Esto, también en criollo, quiere decir que el Estado tiene que dejar de financiar el déficit con emisión, algo que atado a la preocupación que expresa el FMI por la inflación y la solución que propone a partir de coordinar políticas de precios y salarios, suena lisa y llanamente a “ponele un techo a las paritarias”.

Y si se le pone techo a la recuperación del salario conveniado que es el que efectivamente derrama sobre el resto de la economía por medio del consumo interno, todos sabemos lo que puede pasar con el ingreso del resto de los trabajadores, que no tienen la suerte de desempeñarse en las condiciones que establece la legislación laboral vigente.

Con este telón de fondo, la semana pasada el ministro Martín Guzmán estuvo en el Congreso para reunirse con Sergio Massa y Máximo Kirchner. Se redondeó lo que va a ser la presentación del Proyecto de Presupuesto 2022 que se espera para hoy lunes en Diputados, en un encuentro en el que hay expectativas de que se den precisiones sobre el Plan Plurianual. Cuando durante septiembre presentó el anteproyecto, el ejecutivo planteo que durante 2022, el PBI va a crecer cuatro puntos, la inflación se va a colocar en el 33 por ciento y el precio del dólar va a ser de 131,1 pesos.

En La Rosada hay entusiasmo con que se vote el Proyecto antes del 23 de diciembre que es cuando el FMI entra en su receso invernal, ya que confían que un rápido aval parlamentario sirva de estímulo para avanzar en el acuerdo.

Para reforzar esta idea, muestran que el texto que mandó el ejecutivo es consonante con algunas de las condiciones que “sugiere” el Fondo, ya que ahí puede verse un esfuerzo por focalizar el “gasto público” y se plantea una reducción de los subsidios como en el caso de la energía, con lo que se propone un ahorro fiscal de alrededor de trescientos mil millones de pesos.

 

Hora de definiciones

 

Al comenzar 2022 Argentina ya habrá recuperado lo que perdió durante la pandemia y esto es algo que no todos los países pueden decir. Pero también lo va a hacer con la premura de definir en qué va a quedar la negociación con el FMI a la que está acollarado el diseño de crecimiento que el Gobierno pretende implementar, incluso, más allá de su propio mandato.

En este contexto, el crecimiento que ya se verifica en la abrumadora mayoría de los rubros de la economía, tiene un correlato poco feliz en una inflación que los diferentes abordajes gubernamentales no logran controlar y que representa, a fin de cuentas, un episodio claro de lucha de clases (Ver Puja distributiva ¿quién se come la torta?).

Con este telón de fondo, el Gobierno se propone avanzar en un acuerdo policlasista que comprometa en lo que se vaya a acordar con el Fondo, a todo lo que se pueda de los actores del esquema de representación política y del resto de actores corporativos de los universos del trabajo y el capital. Pero que también haga lo propio con la estrategia gubernamental de desarrollo, que está basada en una matriz donde tienen un papel destacado la agroindustria y los complejos hidrocarburífero y el de la megaminería (Ver Ya pasó lo peor…se vienen lo más difícil). De esto va el tuétano del Plan Plurianual que –hasta donde se sabe- presenta otros ejes en el fomento a la industria automotriz, la promoción del compre nacional, la innovación que plantea la electromovilidad y la industria de las energías renovables. Y que se explicita en parte con los proyectos de Ley de Promoción de Inversiones Hidrocarburíferas y el del Consejo Agroindustrial Argentino “Ver ¡Campo solidario!).

Para ello La Rosada viene trabajando parsimoniosamente desde diciembre de 2019, en la construcción de herramientas como el Consejo Económico Social y el Consejo Agroindustrial “Ver ¿Un Consejo para 2021? y ¿Cuánto tiempo más llevará?).

La clave de ese abordaje reside en la posibilidad de captar, de la forma más acelerada posible, los dólares que el país necesita para hacer el colchón de reservas que exige el Fondo, pero también para desarrollar la capacidad industrial ociosa que permitiría –desde esta perspectiva- fortalecer la generación de trabajo conveniado y el mercado interno de consumo. Pero asimismo, para asegurar que haya con qué pagar partes e insumos para abastecer a una industria que, como la argentina, es sumamente dependiente de recursos provenientes del extranjero.

En la contratara de esta moneda aparecen los sustanciosos beneficios fiscales que estos proyectos propician a cambio de inversión. Ahí aparecen garantías de exportación y un porcentaje generoso de libre disponibilidad de divisas para quienes superen metas de producción, así como estabilidad fiscal a largo plazo que les garantizan inmunidad respecto a normativas posteriores que el Estado decida en esta materia, por ejemplo, si precisa establecer un abordaje contracíclico como fue la Ley que fijó un aporte solidario extraordinario durante lo peor de la pandemia.

Y, por otro lado, tampoco se establece una idea clara sobre precios y abastecimiento del mercado interior, algo que es inquietante ya que hidrocarburos y productos agroindustriales son commodities, cuyos precios internacionales inflan severamente la cadena de valor de los productos básicos que acaban provocando inflación (Ver Crecer, pero desde el pie).

Asimismo, este paquete plantea otros riesgos. Por un lado queda claro que es preciso mantener un crecimiento acumulativo que vaya de cuatro a seis puntos de promedio anual si se quiere sostener el déficit fiscal, la estabilidad cambiaria y la relación salario-inflación en rangos aceptables, al tiempo que el Estado pueda estimular un salto hacia adelante en términos de infraestructura que –entre otras cosas- mejore las estructuras logística y energética, algo que impactaría positivamente en la matriz exportadora que pretende instalar el Gobierno.

Pero por el otro, aparece el FMI y “sugiere” que durante los próximos años (vaya a saberse cuántos), Argentina debe crecer a un ritmo del 2,5 a tres puntos anuales, lo que implicaría un enfriamiento de la economía, incluso, respecto a la perspectiva contemplada para 2002 en el Proyecto de Presupuesto. Todo para ralentizar la inversión y el consumo y apuntalar el crecimiento de reservas para garantizar el pago de los intereses de deuda.

De esto va la cosa, hoy por hoy cuando, el Gobierno reconoce explícitamente que quiere pagar la deuda, pero que no quiere hacerlo a costillas del crecimiento. Y, en este caso, crecimiento significa el plan de desarrollo basado en una matriz exportadora en la que el universo del trabajo va a tener que volver a poner el hombro (Ver ¡Aguante Corelandia!).

Para La Rosada resignar este punto significaría atarse una roca al cuello, por eso fijó su postura explícitamente y la plebiscitó ante la Plaza. Porque de lo que pueda crecer el país y de lo que se vaya a hacer con esos recursos, va el destino del Gobierno y la posibilidad de que, dentro de dos años, cuando se celebre el 40 aniversario del Día de la Democracia, en lugar de Lula y Mujica, estén senados en el palco tipos de la calaña de Vargas Llosa, Almagro y Aznar.

 

Melchor, Baltasar, Gaspar…y el FMI

 

Corría el 5 de julio de 2015 y, en Atenas, la Plaza Singtagma explotaba de personas y júbilo. Es que ahí mismo, donde hacía pocos meses los trabajadores habían sido reprimidos por protestar contra el ajuste, ahora se celebrara el resultado del referéndum convocado por el premier Alexis Tsipras, que dio un rotundo rechazo a las condiciones del rescate propuesto por la troika integrada por la Unión Europea, el FMI y el Banco Central Europeo y, por lo tanto, le daba mandato al gobierno que encabezaba Syriza, para hacerle un corte de manga a los acreedores de una deuda que fue tomada de forma ilegal e ilegítima por un gobierno de derecha y, cuyo pago, implicaba un feroz ajuste.

Pero antes de que pasara un mes, Tsipras fue convocado a Bruselas donde participó en una reunión, tras la que quedó claro que el mandato del referéndum había ido a parar al tacho de basura de la troika, junto con el futuro político del que por entonces pintaba como firme candidato a convertirse en referente del centroizquierda europeo. El resto es una triste historia para Grecia.

Así las cosas y sin ánimo de andar pinchando globos, queda claro que una plaza, por más colmada que esté, nada garantiza. Pero también, lo de Grecia, deja algunas enseñanzas: nunca confíes del todo en los reformismos y, aunque sean necesarias por muchos motivos, hay que saber que las coaliciones son coaliciones, pero los cambios verdaderos son procesos de acumulación que se construyen trabajosamente y anónimamente desde abajo y sin grandilocuencias ni autocomplacencia. Y otra cosa, los Reyes Magos son los padres y el capitalismo bueno, también.

Más allá de los beneficios que le trajo a Macri y su banda el proceso que llevó a la toma de deuda de 2018 y las propias características del Stand-By, el mecanismo de sobreendeudamiento excede al grupo de facinerosos que se hizo con el Gobierno en diciembre de 2015.

Porque por encima de los Macri, Dujovne y toda esa runfla, este dispositivo es un componente necesario para el esquema de extrema financierización que permite sostener cierta estabilización de una economía mundial que, ya antes de la pandemia, estaba seriamente agredida por las consecuencias de la actual etapa de la crisis del sistema capitalista (Ver ¿Al Fondo? ¡Mejor a fondo! , ¿Quién va a pagar la pandemia? y Para pensar el día después).

Y aquí hablamos de banda y runfla, porque uno de los aspectos de esta deuda, es inherente a argot de la Sección Policiales, ya que como se recordará, durante septiembre de 2018, el fiscal Jorge Di Lello, dio curso a la presentación que hizo Claudio Lozano, en la que se imputa a Macri por los delitos de abuso de autoridad y violación de sus deberes, a raíz de la firma del acuerdo con el FMI. Esa vez y sin éxito, Di Lello pidió al juez Julián Ercolini que suspenda el Stand-By.

Entonces está claro que la deuda es un lastre que condiciona posibilidades de crecimiento, pero también la soberanía política, económica y nacional. Y que por más pataleo que se pueda hacer, la decisión de acordar pagar es un hecho consumado que sólo se podría modificar si el FMI se pone muy intransigente con la línea de flotación que propone el Gobierno que, por ciento, llega casi hasta el cogote.

Por eso La Rosada quiere salir cuanto antes de esto y lanzarse a desarrollar el programa que el FdeT postuló de cara a las Presidenciales de 2019. Y de esto también va la explicitación que se hizo el viernes en la Plaza sobre lo que pasa con la deuda, las alternativas que imagina el Gobierno para salir de este berenjenal y los consensos que propone para lograrlo y para el día después.

Porque si lamentablemente no existen condiciones para reunir la masa crítica que hubiera permitido plantarse para exigir que el no pago sea algo más que una consigna, la explicación y comprensión de los motivos y mecanismos que llevaron a esta situación, junto a la exhibición de los que se beneficiaron con la toma de deuda, es imperiosa para trazar una línea divisoria que aporte a consolidar una coalición que tiene como principal tarea la de evitar que vuelva a La Rosada el bloque que perpetró ese delito.

Y esa explicación debe hacerse a partir de la constatación empírica y en la vida cotidiana, de todo aquello que se podría hacer con lo que se le paga al Fondo. Pero también, construyendo herramientas diferentes a aquellas que impone la lógica del sistema que tiene en el proceso de sobreendeudamiento a un ariete fundamental.

Porque difícilmente se pueda obtener un resultado diferentes si se echa mano a las mismas herramientas que produjeron el anterior. Y –hay que repetirlo- el capitalismo es un sistema económico-político, pero por encima de todo, es una forma de relación social que se reproduce cuando no se interviene para cambiar cada componente de su proceso.

Esto es algo bastante difícil, porque se trata de pasos que están absolutamente naturalizados. Entonces parece que el Estado Liberal Burgués es la única forma estatal que existe, que la democracia económica es una entelequia de barbudos setentosos, que es imposible vivir de una manera diferente que consumiendo porquerías innecesarias y evitar sucumbir ante el mandato de las redes sociales y la industria de los conglomerados massmediáticos.

¿Pero será que es posible evitar ser parte de esa cultura del descarte? ¿Acaso se podrá intervenir en el proceso de producción y distribución de mercancías y símbolos, de una forma virtuosa y diferente a las relaciones que impone el capital? ¿Puede ser posible que ese proceso desemboque en algo distinto y mejor que la realización en el mercado y su consecuencia necesaria, la propia transformación de las personas en mercancías? (Ver Se viene la pospandemia ¿y si vamos por otro tipo de normalidad?).

La respuesta estas preguntas, lejos está de ser abstracta. Y, sobre esto, durante estos días llegaron buenas nuevas desde Chaco y Lomas de Zamora.

En la sede de la Unión Campesinos Poriajhú, tuvo lugar el plenario de la CTA Chaco en el que se avanzó en cosas como la promoción de iniciativas vinculadas a la generación de trabajo y producción como una compañía federal de alimentos, pero también sobre el desarrollo de herramientas para que las cooperativas se fortalezcan y construyan más trabajo “con una fuerte estrategia de articulación”.

Y, por supuesto, con los Poriahjú a la cabeza, se exhibió la tarea de la agricultura familiar “y la necesaria perseverancia estratégica que necesitamos promover sobre el ambiente y el consumo local, ante el avance de los sectores concentrados marcadores de precios”.

Mientras que en la previa del Plenario Nacional del MTL, desde el conurbano bonaerense, Anahí Ponce señalaba que “la única salida es el cambio cultural que necesitamos: con más amor, con trabajo genuino, con menos plástico, con más y mejor alimento, con más feminismo popular, con vivienda, educación y con salud”, tareas para lo que es preciso “mayor organización”.

Se trata de apenas dos ejemplos que hablan con elocuencia sobre cómo desde experiencias diferentes, se construyen de forma silenciosa herramientas que en la escala de lo que es posible hoy y aquí, transitan caminos que buscan y logran eludir el mandato que plantean las relaciones que impone el capital.

Porque toda toma de decisión, individual o colectiva, está impulsada de forma consciente o inconsciente por una determinada cosmovisión e ideología. Entonces resulta muy saludable que los comunistas seamos lo que somos, lo asumamos, enunciemos y -sobre todo- lo pongamos en acto. De esto hablan esos dos ejemplos, que son sólo algunos de los que tienen como protagonista al Partido y sus organismos. Y de esto va lo mejor que podemos aportar a la coalición de Gobierno que integramos y defendemos.

Por eso cuando se arribe al “mejor arreglo posible” con el FMI y se pongan en movimiento los engranajes de la matriz exportadora, va a ser preciso pelear para que parte del crecimiento se destine al fomento de una vía alternativa y necesaria como la que propone la economía popular. Y que se lo haga no como una vía de escape paliativa para aquellos que el sistema no es capaz de contener por medio del empleo conveniado, sino porque representa una herramienta eficaz para construir trabajo y riqueza social que es capaz de reproducirse eludiendo las relaciones que impone el capital.

Esto permitiría romper con el mito que señala que las relaciones capitalistas son las únicas capaces de hacerlo. Porque ya sea que se trate de mucho o poco (y en este caso va a ser poco), la cosa sigue pasando por qué hacer con el excedente social y, en este sentido, vale preguntarse si acaso es la administración del aparato estatal burgués la única instancia que puede hacerlo ¿Será esa la herramienta de cambio? Y la respuesta que surge a todo esto es que la lucha de clases sigue existiendo y que la herramienta de cambio está presente en la capacidad de autorregulación de las clases subalternas. Es decir, formas que se desarrollaron –y desarrollan- por afuera de la institucionalidad burguesa y que exhiben particular aptitud para enfrentar un momento en el que –como ahora- el universo del capital agrede con mucha violencia al del trabajo.

Y esto también son cosas clave en el proceso de autoconstitución popular que es necesario para hacer frente al momento de la crisis del capitalismo que atraviesa el planeta y nuestro país, del que es poco probable se pueda salir con acuerdos que busquen una nueva organización de la hegemonía social en la conciliación entre fracciones del universo del capital y del trabajo.