Mientras el frente militar de Rusia en Ucrania muestra avances, se profundiza la crisis del orden internacional hegemonizado por Estados Unidos y la OTAN. Jorge Kreyness analizó el desarrollo de la guerra en Ucrania y sostuvo que el conflicto forma parte de una estrategia occidental de confrontación con Moscú. “Los líderes europeos alentaron el golpe de Estado en Ucrania”, recordó.
La guerra en Ucrania atraviesa una fase marcada por transformaciones significativas en el terreno militar y político, cuya comprensión exige apartarse de las narrativas dominantes en los grandes medios occidentales. En este marco, las declaraciones realizadas por Jorge Alberto Kreyness, secretario general del Partido Comunista de la Argentina adquieren una relevancia particular al inscribir el conflicto en una secuencia histórica más amplia vinculada a la expansión de la OTAN y a la ofensiva geopolítica de Estados Unidos sobre el espacio euroasiático. Kreyness sostuvo en declaraciones brindadas a Rusia Today (RT) que “desde un primer momento los líderes europeos alentaron el golpe de Estado en Ucrania” y que, a partir de ese proceso, se desplegó una política sistemática de confrontación contra la Federación de Rusia. Señaló que “son los mismos líderes que alientan la rusofobia” y que esa construcción ideológica se utiliza para sostener la idea de “una eventual agresión rusa contra el occidente europeo”, la cual definió como “una creación, algo así como una creación literaria”. En ese marco, indicó que dicha narrativa cumple la función de justificar “una política de acercar las fuerzas y los misiles de la OTAN a los límites de la Federación de Rusia”, lo que evidencia que no se trata de necesidades defensivas genuinas sino de una estrategia deliberada de militarización del continente europeo.
Desde esta perspectiva, el desarrollo reciente del conflicto confirma las tesis planteadas por Kreyness en relación con el carácter estructural de la confrontación. En el plano militar, las fuerzas rusas avanzan de manera sostenida a lo largo de la línea de contacto, consolidando posiciones estratégicas en la región del Donbass y debilitando la capacidad operativa de las tropas ucranianas. En la República Popular de Donetsk, el control territorial ruso supera ampliamente la mayor parte del territorio, lo que redefine las condiciones del conflicto en favor de Moscú. Localidades como Constantinovka y Krasni Limán, que habían sido fortificadas durante años por el ejército ucraniano, se encuentran en una situación de inminente colapso, lo que abre la posibilidad de una consolidación territorial más amplia en el este del país. Este proceso se desarrolla en paralelo a una sistemática invisibilización de estos avances por parte de los medios occidentales, que tienden a sobredimensionar acciones puntuales de Ucrania para sostener una narrativa de equilibrio militar. La distancia entre la realidad del frente y su representación mediática revela la centralidad de la guerra informativa como dimensión constitutiva del conflicto.
La reflexión planteada por el Secretario General del PCA permite también comprender la relación entre esta guerra y las transformaciones del sistema internacional en su conjunto. Kreyness señaló que las potencias occidentales actúan sobre la base de una percepción de amenaza que ellas mismas han contribuido a construir, lo que refuerza dinámicas de escalada que dificultan cualquier salida negociada. En ese sentido, el conflicto en Ucrania aparece como un episodio dentro de una disputa más amplia por la reorganización del poder global, en la cual Estados Unidos busca preservar su hegemonía frente al ascenso de nuevas potencias y bloques regionales. La expansión de la OTAN hacia el este, lejos de garantizar la seguridad europea, ha intensificado las tensiones geopolíticas y ha generado condiciones propicias para el estallido de conflictos armados. Este proceso se articula con una crisis más profunda del orden internacional surgido tras la Guerra Fría, cuya legitimidad se encuentra cada vez más cuestionada por amplios sectores del Sur Global.
En el terreno de las operaciones militares, los avances rusos se combinan con una estrategia orientada a la desarticulación de las capacidades logísticas y tecnológicas del ejército ucraniano. Las acciones sobre infraestructuras militares e industriales en Kiev y otras ciudades responden a una lógica de debilitamiento estructural que trasciende la dinámica de enfrentamientos directos en el frente. Al mismo tiempo, se registran denuncias persistentes sobre ataques deliberados contra población civil en territorio ruso y en regiones bajo control de fuerzas aliadas, lo que configura un escenario de creciente violencia contra objetivos no militares. Episodios como los ataques contra transporte civil y centros educativos evidencian una escalada que impacta directamente sobre la población rusa, generando condiciones de inseguridad que exceden el campo de batalla. La escasa cobertura de estos hechos en los medios occidentales —ni hablar de los argentinos— refuerza la hipótesis de una construcción selectiva de la información, orientada a sostener determinadas posiciones políticas.
Más allá del parte diario del conflicto, en términos históricos, la guerra en Ucrania puede interpretarse como un punto de inflexión en la transición hacia un orden internacional cada vez más multipolar. El debilitamiento relativo de Estados Unidos y la emergencia de nuevas configuraciones de poder generan condiciones para la redefinición de las relaciones internacionales. En este proceso, Rusia busca consolidar su posición como actor central en Eurasia, al tiempo que fortalece alianzas con otros países que cuestionan la hegemonía occidental, entre ellos, fundamentalmente, China. La evolución del conflicto sugiere que la resolución no dependerá exclusivamente de factores militares, sino de la capacidad de las distintas fuerzas en disputa para reconfigurar el equilibrio global.
El curso del conflicto permite anticipar un desenlace en el cual Rusia consolide sus objetivos políticos y militares. La combinación de avances sostenidos en el frente, debilidades estructurales del adversario y transformaciones en el contexto internacional configura un escenario favorable para Moscú. Al mismo tiempo, la persistencia de las políticas occidentales de confrontación profundiza las tensiones y contribuye a prolongar el conflicto más allá de los territorios ruso y ucraniano, con consecuencias cada vez más visibles para la estabilidad global. En este contexto, la disputa en Ucrania se convierte en un indicador privilegiado de los cambios en curso en el sistema internacional, así como de las limitaciones del orden hegemonizado por el imperialismo yanqui.