¿Qué enseñanzas dejaron las jornadas de mayo de 1810? ¿Cómo se puede leer, a más de dos siglos, aquella gesta que nació a la vera del Río de la Plata pero que tuvo un alcance continental? Sobre esto reflexiona en la siguente columna el historiador Horacio López.
Debemos concebir la revolución iniciada el 25 de Mayo de 1810 como parte de lo que fue una revolución continental. El intelectual chileno del siglo XIX, José Victorino Lastarria, decía que la revolución en Hispanoamérica fue el acontecimiento más importante en la Historia después de la irrupción del Cristianismo. Al afirmar que fue parte de algo continental estamos dejando de lado también la concepción “argentocentrista”: No fue la revolución un proceso realizado en Buenos Aires con influencia en lo que era el Virreinato del Río de la Plata, como lo quiso instalar Bartolomé Mitre, quien afirmaba en su Historia de Belgrano: “El virreinato del Río de la Plata, dentro de cuyas fronteras se dilató la revolución argentina...Tal fue el bosquejo del país argentino dentro del cual debía operarse su revolución interna”. Y justifica lo que quedó afuera de esta revolución interna, como los casos de El Paraguay: “Miembro atrofiado de la sociabilidad argentina; las Provincias del Alto Perú: era un mundo aparte; la Banda Oriental: Patrimonio de multitudes desagregadas, emancipadas de toda ley”. Obsérvese el desprecio de Mitre hacia los lugares mencionados. Esta concepción es la que instaló el poder porteño a partir de la contrarrevolución que se afirmó más adelante contra Mariano Moreno y demás patriotas.
En la guerra continental por la independencia los colonizadores tuvieron que vérselas con una insurgencia generalizada que tuvo como campos de batallas toda la geografía americana; como ámbitos de debates, decisiones y constitución de los nuevos poderes las principales ciudades hispanoamericanas, y como objetivos en las mentes más lúcidas que la condujeron, el sueño de la libertad y la unidad.
El dirigente comunista boliviano Marcos Domich Ruiz – con cierta inspiración poética- llama a esta ola revolucionaria continental, “una especie de fuego santo común que inflama y contagia a las huestes del continente”. Y continúa: “La misma euforia, la misma esperanza e idéntica bravura despiertan las acciones revolucionarias de Charcas, La Paz, Quito, Caracas, Buenos Aires, Santiago de Chile, Arequipa, Montevideo o Cochabamba”.
Las influencias y antecedentes
Las influencias que desataron el proceso continental revolucionario, además de las contradicciones internas por las que los criollos se sentían disminuidos ante los españoles, que detentaban los mejores trabajos y puestos de gobierno, fueron la independencia norteamericana, proceso político y bélico entre 1776 y 1783, la revolución francesa que sacudió al mundo (1789), la propia revolución liberal en España (1808 a 1814) y, en forma determinante, en el caso del Río de la Plata, las invasiones inglesas a Buenos Aires que demostraron a los criollos que eran capaces de derrotar a un enemigo colonialista.
Con todas esas condiciones existentes, la chispa que desató la hoguera en Hispano América fue la invasión napoleónica a España y el hecho de quedar prácticamente acéfala la monarquía allí.
La revolución en Buenos Aires
El proceso en Buenos Aires fue bien radicalizado. Hubo un grupo de jóvenes armados, dirigido por el coronel French, que además de conspirar y hacer propaganda subversiva entre los vecinos, estuvieron agazapados, con sus pistolas de encendido de pedernal (por lo que la historia los inmortalizó como “chisperos”), a la espera de la decisión de las autoridades virreinales sobre si iban a acceder a la convocatoria del Cabildo Abierto que exigían los patriotas. Si el virrey no aceptaba, a una orden de French los chisperos hubiesen tomado el Cabildo.
Ni bien se constituyó la Primera Junta patriótica, una de las primeras medidas que planteó su Secretario, Mariano Moreno, fue el acopio de armas, pues había que defender la revolución. Envió una fuerza armada al norte, encabezada por Ortiz de Ocampo, primer general de la independencia, y otra al Paraguay al mando de Belgrano, general improvisado, a difundir el nuevo poder. Que no se actuaba con medias tintas lo demostró el fusilamiento, ordenado también por Moreno, de Santiago Liniers, héroe ante las invasiones inglesas, y otros contrarrevolucionarios, al ser los conspiradores apresados en Córdoba.
Las influencias jacobinas de los jóvenes radicalizados se ven en las declaraciones indignadas de Deán Funes cuando afirmara refiriéndose a esos revolucionarios: “Ciudadanos, alerta: los enemigos del gobierno son esos mismos terroristas que, imitadores de los Robespierres, Dantones y Marates (aclaración: líderes de la revolución francesa), hacen esfuerzos para apoderarse del mando y abrir esas escenas de horror que hicieron gemir a la humanidad”.
Otro ejemplo de la radicalización que tuvo ese proceso continental se puede ver en el accionar del gobierno de San Martín en el Perú. En sus Memorias, el tucumano Bernardo Monteagudo, Ministro de Gobierno del Libertador, cuenta: “Cuando el ejército libertador llegó a las costas del Perú, existían en Lima más de diez mil españoles… poco antes de mi separación no llegaban a seiscientos los que quedaban en la capital”. Relata en esas Memorias que al resto de españoles, más de nueve mil cuatrocientos, los deportó, encarceló o fusiló. Así hacían la revolución estos patriotas. Así lo escribe: “Esto es hacer revolución, porque creer que se puede entablar un nuevo orden de cosas con los mismos elementos que se oponen a él, es una quimera. Unos salieron voluntariamente, y otros forzados, aunque todos lo eran, porque conocían su situación; y yo tenía buen cuidado de aumentar sus sobresaltos, para que ahorrasen al gobierno la incomodidad de multiplicar intimaciones... Las medidas que se adoptaron contra una parte de sus bienes, más tuvieron por objeto interesar en su salida a la clase menesterosa... que enriquecer el tesoro”.
Volviendo al proceso en Buenos Aires, hay que decir que Mariano Moreno fue la fuerza real y eficaz que llevó adelante la revolución, aún teniendo en contra a los sectores más conservadores representados, entre otros, por Cornelio Saavedra y el deán Greogrio Funes de Córdoba. Esto queda manifestado en lo que fue su Plan de Operaciones. En la Introducción de este Plan Moreno expresa las ideas que “han de servir para regir en parte el móvil de las operaciones que han de poner a cubierto el sistema continental de nuestra gloriosa insurrección”. Dicho plan contemplaba una estrategia revolucionaria para la Banda Oriental, que incluía propaganda revolucionaria, el reemplazo de funcionarios contrarrevolucionarios, la formación de milicias y el espionaje. Además: “La Junta despachará una fuerza de quinientos a seiscientos hombres a los pueblos del Uruguay para que sirva de apoyo y organice en esos mismos pueblos escuadrones de caballería y cuerpos de infantería”. Contemplaba la confiscación de los bienes de los contrarios a la revolución, así como –refiriéndose al Alto Perú- hacer desaparecer las fortunas agigantadas de cinco o seis mil mineros y pasar las minas a poder de la Nación por un término de diez años. Su concepción americanista se ve en el planteo de la necesidad de la conquista de todo el Río Grande en el Brasil: “Emprender la conquista de los territorios de la campaña del Río Grande del Sur, por medio de la insurrección”.
La contrarrevolución en Buenos Aires
Moreno quería que el poder revolucionario que se consolidase fuera a partir de la expansión de la revolución y la elección de diputados avalados por las fuerzas militares de la revolución y Cabildos Abiertos en las provincias garantizados por esas mismas fuerzas. No era ese el proyecto de Saavedra y el deán Funes. Con las incorporaciones a la llamada Junta Grande lograron la renuncia de Moreno y allí comenzó otra etapa.
La maniobra para desplazar a Moreno del gobierno y su posterior asesinato, hicieron que estas ideas de revolución continental y de integración que surgían en la Argentina, se frustraran, dando paso a un proceso contrarrevolucionario durante un tiempo. Los morenistas, ya sin Moreno, encontraron su forma de ser partido legal, al menos por un tiempo, en la denominada Sociedad Patriótica Literaria. Venía de un origen secreto, de reuniones clandestinas, de conspiraciones como la que organizaron para sublevar al regimiento Estrella, con French a la cabeza, contra la Junta Grande. Una vez derrotado Moreno, la sublevación no se pudo llevar a cabo por haber sido descubierta por Saavedra. Este “club de los jacobinos”, como lo denominó al informar a España el embajador de dicho país en Río de Janeiro, decidió dar la pelea contra los saavedristas a la luz pública.
Como eso no lo podían soportar Saavedra y demás conservadores, obraron en consecuencia: ordenaron la detención de más de ochenta jóvenes que habían participado de la primera asamblea de la Sociedad Patriótica. Pero por la inconsistencia de los cargos debieron liberarlos a las pocas horas. Los patriotas, envalentonados, salieron en manifestación por las calles cantando consignas revolucionarias. Fue la primera movilización política contraria a un gobierno, desarrollada en Buenos Aires. Los jóvenes se dirigieron al café de Marcos donde, entre copa y copa de aguardiente francés, cantaron la canción llamada “Marcha Patriótica”, el que fue el primer himno de la revolución.
Parte de la Junta Grande perseveró en su actitud represiva: creó la llamada “Comisión de Seguridad Pública”, cuya responsabilidad sería velar incesantemente, indagar y pesquisar a los que formaren congregaciones nocturnas o secretas, sembrasen ideas subversivas de la opinión general sobre la conducta y legitimidad del actual gobierno o sedujesen a los oficiales, soldados y ciudadanos de cualquier clase. Fue este el primer antecedente de trágicas prácticas ejercidas desde el poder en la Argentina.
Así comenzó a defenderse y reprimir el régimen – ya a esa altura contrarrevolucionario -, logrando con el preparado golpe de Estado del 5 y 6 de abril de 1811 ( el primer golpe de la historia argentina), la desarticulación del morenismo, la concentración de todo el poder en Cornelio Saavedra, y la creación de una policía política represiva.
French, Beruti, Donado, Posadas, Vieytes, fueron desterrados; Julián Alvarez detenido; la Sociedad asaltada y arrasada en esa noche del 5 de abril. Belgrano y Castelli fueron separados del ejército y sometidos a proceso judicial. Chiclana y Rivadavia, deportados al interior. Era la reacción en toda la línea.
Volvió la Sociedad Patriótica por sus fueros recién cuando Bernardo Monteagudo bajó a Buenos Aires (después de fugarse de una prisión española, se había incorporado en el norte a las fuerzas comandadas por Castelli). El Triunvirato había ya desplazado a Saavedra y se había disuelto la Junta, creándose condiciones para que la organización morenista volviera a tallar en la ciudad porteña. Se inauguró esta segunda etapa el 13 de enero de 1812 en el local del Tribunal del Consulado; una multitud se congregó para escuchar la Oración Inaugural que diría Monteagudo. A falta de Mariano Moreno, el fogoso tucumano asumía el liderazgo de los jóvenes patriotas que querían llevar la revolución hasta el final. Se recuperaba el basamento del poder popular, el estilo y las costumbres asamblearias, así como la intrepidez revolucionaria para luchar por la independencia de América del Sur.
La revolución seguiría, pero eso ya es otra historia.