En este nuevo cumpleaños del Comandante Ernesto Che Guevara se hace inexcusable profundizar en uno de sus más importantes aportes a la lucha revolucionaria. Él fue -y es- un destacado teórico y práctico de la construcción de factor subjetivo. Cuestión esta de primera necesidad en la situación de nuestro país, hoy sumido -por el accionar del desgobierno de ocupación, cipayo y entreguista- en una catástrofe social, económica, política e ideo-cultural histórica por su gravedad, al punto de convertirnos en una factoría neocolonial extractivista.
Por Rogelio Roldán, dirigente y pedagogo del Partido Comunista de la Argentina
Una contribución principal del Che es la de recuperar -como determinante- la cuestión del factor subjetivo: acción consciente y organizada de las masas populares, que cambian al mundo con la revolución, sin esperar la “maduración gradual de las condiciones materiales objetivas” como se justifica el posibilismo. Por eso los reformistas acusan al Che de “Quijote” y “aventurero”. El demostró -sin ninguna concesión al dogmatismo, al sectarismo ni a la adaptación posibilista- que el desarrollo del factor subjetivo, esto es el rol consciente de las masas, exaspera todas las contradicciones y acelera la maduración de la situación revolucionaria, aun cuando la base material no haya llegado al punto culminante de la crisis, como lo confirmaron con su compañero de pensamiento y lucha, el Comandante Fidel Castro.
Desde enero de 1959, luego del triunfo del Ejército Rebelde, los comandantes Fidel Castro y Ernesto Guevara asumen desde el comienzo una posición filosófica que privilegia la acción consciente y organizada como creadora de nuevas realidades sociales, una filosofía de la praxis, que se enfrenta a los enfoques positivistas del determinismo social.
En verdad era necesario conocer y precisar los límites que la realidad, -de grave crisis causada por la dependencia al imperialismo y la dictadura batistiana- imponía, pero al mismo tiempo se trataba de manera consciente y organizada de ir creando en cada momento, a partir de la praxis, una nueva realidad, donde el factor subjetivo debía prevalecer sobre la base material objetiva. En este sentido, al movimiento revolucionario se le hace imprescindible rescatar la herencia teórica del Che y al mismo tiempo rescatar, como parte esencial de esa herencia, su práctica, siempre con las masas. La práctica está en el Che elevada al rango de principal categoría teórica. Un ejemplo evidente de esto es la iniciativa del Comandante de instalar, ya al comienzo de la revolución, el 23 de noviembre de 1959, el trabajo voluntario como elemento no tan sólo de construcción económica, sino de construcción revolucionaria en la esfera de la conciencia de la clase obrera.
El reformismo posibilista intenta instalar la idea de presentar al Che como un soñador idealista, hoy fuera de época.
El posibilismo se centra en un supuesto “quijotismo” y “aventurerismo” del Che, quien -según sus voceros- no tomaba en cuenta el factor objetivo y la imposibilidad de una revolución en Nuestra América, la que no estaría madura para eso y sí para un capitalismo “serio o humanizado”, el que, dicho sea al pasar, solo exhibe fracasos. Para el etapismo estaba equivocado porque sus cultores consideraban -y consideran aún hoy- imposible la revolución socialista en América puesto que para ellos “las fuerzas productivas no han llegado aún al nivel de relaciones socialistas de producción”, como si esa relación pudiera ser producto cuasi mágico de la fatalidad histórica.
Es actual y muy sustancioso su aporte teórico. El marxismo concibe a la teoría indisolublemente ligada a la capacidad de transformar, enfoque antagónico a toda abstracción especulativa y/o vulgarización repetitiva. De ahí su originalidad de concebir al marxismo con un enfoque integral, regresándolo a su verdadero lugar: teoría crítica del capitalismo y práctica revolucionaria creadora. El Che sale al encuentro de las visiones marxistas “oficiales”, del teoricismo académico y de las autoproclamadas “vanguardias”, que coinciden en privilegiar aspectos parciales, llevando, por uno u otro camino, al predominio del fatalismo histórico, el cual refiere todo el problema al mayor o menor desarrollo de la base material, del factor objetivo.
Su precisa visión de la lucha de clases le hizo encarnar con su vida -ese es el ejemplo más duradero- una estrategia, un programa y un estilo de lucha por el poder para construir una sociedad alternativa; no sólo ni tanto por su crítica y su elaboración de un socialismo que en nada se parece a las simplificaciones estatistas y economicistas de la antigua Unión Soviética y el este europeo, sino por el rol de las masas populares, quienes a la vez que transforman las relaciones de propiedad se autotransforman, desalienándose y construyendo el Hombre y la Mujer Nuevos, dando sentido y razón a la lucha por el poder. La idea del Che: “El socialismo como sistema de repartija económica no me interesa, sí como fundador de una identidad humanista revolucionaria”, es uno de sus aportes originales al desarrollo del marxismo como ciencia y arte de la revolución.
Valoró el papel estratégico de la unidad de la izquierda, en el marco y como parte de la unidad férrea del campo popular, entendiendo dicha unidad como un gran aporte a lograr el ascenso de vastas masas a una política propia, históricamente independiente y con una perspectiva explícita de lucha por el poder: “...ahora, los explotados y vilipendiados del mundo han dicho basta y han echado a andar”. Tuvo una firmeza intransigente acerca de la necesidad histórica de un partido revolucionario de combate para representar políticamente a los oprimidos, tomar todo el poder del Estado y hacer la revolución para construir el socialismo, dando a un lado las propuestas de solo “reconstruir el tejido social” y la prédica del apoliticismo y la desorganización. Todo ello, junto a su internacionalismo consecuente, expresado en Cuba, el Congo y otras geografías, y sintetizado en sus planteos: “...luchar contra cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo”, o “...crear uno, dos, tres, muchos Vietnam”, son componentes de esa originalidad.
Ejemplos claros de su enfoque acerca del papel de la subjetividad revolucionaria de las masas aparecen con toda nitidez en, por ejemplo, el Discurso de Argel y en la conferencia de Punta del Este, lo mismo en su elaboración del Sistema Presupuestario de Financiamiento. En estos trabajos no considera a la economía como simple base material aislada de la realidad social, política e ideológica. No discute como tenedor de libros con una planilla Excel en la mano, no pone el centro en la cantidad de bienes físicos. No. Pone el eje en una cuestión de calidad, vale decir en argumentar el rol de vanguardia de la clase obrera en la construcción socialista.
El Comandante ha sido abiertamente falsificado en su concepción de la cuestión militar. No solo por las derechas, que lo acusan de ser un cultor de la violencia indiscriminada y la guerra, sino también por las izquierdas alucinógenas que lo acusan de foquista. Los revolucionarios debemos denunciar, desmitificar y develar estas barrabasadas.
Las fábulas de la reacción en cuanto a su supuesta crueldad y violentismo fueron refutadas por el intenso reconocimiento del pueblo de Cuba, que lo considera su héroe nacional, y por sus escritos acerca del humanismo revolucionario, en especial en “El socialismo y el hombre en Cuba”. Allí sostenía un concepto visceralmente marxista, asimilado en sus estudios del Marx de los Manuscritos Económico Filosóficos de 1844, escritos no para publicarse sino para precisar su concepción del mundo. De allí parte el Che, dice que “(...) las masas trabajadoras transforman la realidad explotadora y se autotransforman, acabando así con la opresión y la alienación”.
En Guerra de Guerrillas, edición de 1966, precisó su reflexión: “No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede desarrollar condiciones subjetivas sobre la base de condiciones objetivas dadas”. O sea, la revolución debe hacerse donde existan las condiciones o, en su defecto, crearlas donde aún no existen. Esta idea es la base filosófica de su concepción del factor subjetivo y de la prelación de la voluntad revolucionaria, de la iniciativa política de las masas, como elemento transformador de toda correlación de fuerzas, aun cuando esta sea abrumadoramente desfavorable.
El Che sostenía que el accionar consciente de las masas y de la vanguardia revolucionaria enerva las contradicciones objetivas y desata la situación revolucionaria. Nada más alejado de su pensamiento el creer que en cualquier momento, o por antojo, se puede hacer la revolución. El polemizó, polemiza aún hoy, con la espera de maduración de las condiciones objetivas que, en Nuestra América, de tan maduras están ya podridas. El Comandante parte del meollo de la lucha de clases: la cuestión del poder. Este problema, en el Tercer Mundo pone en el centro la discusión acerca del carácter, las fuerzas motrices y la vía de la revolución. En cuanto al papel del partido y de la clase, abundan sus escritos, sus discursos y su tarea práctica en el PCC y en la CTC-R, la central obrera. Jamás separó ni contrapuso lo militar a la política.
Al contrario, el partido revolucionario planifica y dirige la acción político-militar. Guevara concibe a la revolución, en las condiciones del Tercer Mundo, como una guerra revolucionaria, una gran acción político-militar, de la cual la guerrilla es un componente. Plantea de modo taxativo la necesidad de destruir el aparato burocrático militar del Estado burgués, ya que la experiencia americana indica que las burguesías pactan con el imperialismo, y que sus ejércitos las respaldan, decía que “el golpe militar es ya una enfermedad endémica” en nuestras tierras. De allí deduce que no se puede hacer una revolución en alianza con las burguesías, mal llamadas “nacionales”, ni con sectores de ellas que están en contradicción con los grupos dominantes, pero no acuerdan con el socialismo, sólo quieren ocupar el lugar de grupo dominante.
En ese marco veía el papel de la guerrilla como catalizador político que ayuda a madurar la dialéctica de las condiciones objetivas y subjetivas. A la vez plantea con toda fuerza dos cuestiones político-ideológicas principales: tomar conciencia de que es posible y necesario enfrentar a las clases dominantes, y de que es posible triunfar. En coherencia con esta proposición teórico-práctica concibe a la guerrilla como un método para construir, mediante un intensivo trabajo político partidario de masas, el ejército popular de liberación.
Ahí se demuestra que la capacidad de crear conciencia y organización resuelve los problemas de una fuerza de masas para la revolución. Nada que ver con el reduccionismo de Regis Debray, quien inventó la seudoteoría del foquismo y, de modo artero, se la atribuyó al Comandante después de muerto, cuando ya no lo podía refutar.
El Che fue a Bolivia a resolver ese debate teórico sobre el carácter y las vías de la revolución, a poner en práctica su estrategia de ejército popular continental, además de su alto sentido del internacionalismo, que lo urgía a abrir un nuevo frente de lucha contra el imperialismo para aliviar el esfuerzo del pueblo vietnamita.
Son los hechos, y no su muerte, los que le dan la razón histórica, los que demuestran la validez de su teoría de la subjetividad como desencadenante de la situación revolucionaria. Este enfoque anti dogmático del Comandante es lo que intentan no “perdonarle” sus falsificadores y diletantes varios.