La historia del comunista Filippo Di Benedetto religa migración, trabajo, militancia sindical, lucha contra la dictadura y cuidado compañero. Su participación en redes clandestinas de solidaridad y protección revela una política fundada en el cuidado de la existencia. Su recuerdo nos interpela: ¿qué implica organizarse cuando el campo nacional y popular carece de una ética vinculada a una política de transformación radical? Por Rocco Carbone (*)
Qué es un comunista sino un ser común y de lo común. Este tipo de ser humano dista mucho de la condición de “héroe”: individual, individualizado, individualista, propio del tejido social de la vida capitalista. En esta pequeña definición creemos que puede ser ubicado Filippo Di Benedetto.
Filippo nace en 1922, en un pueblito de Calabria, en la provincia de Cosenza, Saracena, donde existe una calle que hoy lleva su nombre; y fallece en Buenos Aires en 2001. Se cría en una familia comunista, en un entorno campesino, y como joven militante conoce la persecución fascista, la cárcel y la tortura de esa experiencia política que se había constituido como una respuesta imperativa a la “amenaza social” ascendente del movimiento obrero organizado. Luego de la Segunda Guerra Mundial, con la subordinación del fascismo arqueológico y la transición de Italia del sistema monárquico al orden de República fondata sul lavoro, en 1947 Filippo es elegido alcalde de Saracena. A la Argentina llega en 1952. Emigra siguiendo la larga estela de las migraciones meridionales de Italia al Cono Sur, e imprime vitalidad a ese flujo histórico libidinal que religa en la geografía de la lucha de clases una región de América Latina con una del Mediterráneo. Y tanto de un lado como del otro del Atlántico practica el trabajo de falegname (carpintero) y, en la Argentina, el de ebanista.
En Buenos Aires se desempeña como responsable del patronato INCA de la CGIL, es decir, del Istituto Nazionale Confederale di Assistenza, una institución de ayuda social y previsional vinculada con la CGIL: la Confederazione Generale Italiana del Lavoro (Confederación General Italiana del Trabajo), históricamente vinculada con el Partido Comunista Italiano (y en menor medida con el Partido Socialista). Supongo que un momento clave en su vida es 1975, cuando es elegido presidente de la Federazione italiana lavoratori emigrati all’estero. De allí a un año, la lucha sindical de Filippo -circunscripta antes al campo de las relaciones del trabajo y al del antagonismo económico- se desplaza a la lucha por el cuidado de la vida. En sus interacciones sociales, la palabra de mayor circulación pasa a ser “desaparición”.
En el corazón de las tinieblas, Filippo integra dos células. La terrestre estaba integrada por Enrico Calamai -vicecónsul italiano en Buenos Aires-, Giangiacomo Foà -periodista del Corriere della Sera, operativo en la Argentina- y Marco Calamai -periodista del diario político-cultural del PCI, Rinascita, operativo en Italia. Esta estructura mínima se constituye con un propósito de la mayor relevancia: ayudar a una serie de militantes u opositores a la dictadura a exiliarse en Italia, usando pasaportes falsos -pero que en el momento del peligro máximo pasan a ser los únicos verdaderos y escondiendo a varixs de ellxs en lugares seguros, acompañándolxs personalmente hacia algún punto de fuga. Existe alguna estimación acerca del número de personas a las que Filippo ayudó a salvar la vida. Prefiero obviarlo porque la humanidad, toda la humanidad, está sintetizada en un solo ser humano. Si dijéramos el número, cualquiera que fuera, cuantificaríamos, especialidad de la vida capitalista. Por eso lo obviamos, pues preferimos recordar el cuidado de la vida sostenido por Filippo junto con la célula terrestre.
La segunda célula que integra es de tipo aéreo. Funcionaba esencialmente sobre la ruta Roma-Buenos Aires, arriba de los aviones de Alitalia, activada por un puñado de trabajadores. Se ocupaba de hacer llegar a Italia noticias actualizadas sobre la represión en la Argentina. Si Filippo operaba como enlace en Buenos Aires, del otro lado del Atlántico el contacto romano tenía el nombre de Gian Carlo Pajetta, responsabile esteri (responsable de asuntos internacionales) en Botteghe Oscure, sede histórica del PCI.
Esta es la breve historia de un revolucionario calabrés y argentino. Esta doble condición tiene un sentido menos geográfico que político, pues recuerda que la revolución también es un doble poder. Si Filippo hoy es signo vibrante de algo en la Argentina -en Calabria lo petrificaron, esculpiendo su nombre en una calle- lo es de una carencia. Pues el campo nacional y popular en este momento de nuestra historia carece de la perspectiva revolucionaria. En ese vacío retumba el eco de una tarea, que el campo puede volver a asumir si se plantea el propósito. Es la revolución, herramienta que logra modificar la naturaleza y la jerarquía del antagonismo social: entre monopolios y explotadxs, entre fascistas y oprimidxs. Si esta idea se acepta, la tarea práctica más urgente es crear una organización de revolucionarixs capaz de dar a la lucha política energía, firmeza y continuidad. “La revolución estalla en una sociedad no a raíz de un proceso continuo inmutable, sino a través de una serie de convulsiones, separadas por intervalos distintos y a veces amplios y prolongados, durante los cuales la idea misma de revolución parece perder toda conexión con la realidad”, anotaba en “La autodefensa obrera” uno de los leninistas más agudos. Es preciso aprender a detectar sus primicias y sus signos anunciadores. Y si no aparecen, ayudar a que emerjan.
La revolución no responde a un método secreto -conocido por algunxs iniciadxs- en virtud del cual se garantiza un ascenso ininterrumpido por la escalera de la historia. Es posible en tanto y en cuanto se organicen movimientos sociales de atracción popular que se propongan la emancipación de las existencias (humanas, naturales, animales). Sin revolución social toda civilización humana corre el riesgo de ser arrastrada a una catástrofe. Ese magno evento depende -de nuevo, en nuestra historia- de las masas laboriosas y de su vanguardia (idea y acción de minoría, ubicada en un tejido de masas). La clase trabajadora es el auditorio ideal y el basamento social insoslayable -(más) capaz- para percibir la chispa revolucionaria y transformarla en lucha activa. Si la clase trabajadora rechaza la unión sagrada que la invita a sacrificar sus intereses, sus necesidades y sus reivindicaciones en el altar de la defensa de los monopolios-corporativos-globales-absolutistas-totalitarios, será posible reconducir la actual transición del capitalismo en la dirección de una existencia cuidadosa de las fuerzas productivas: del ser humano, ampliado hacia el ser animal y el ser natural. La idea concreta de esta agitación política debe ser sembrada en todas las clases y en todas las capas de la sociedad. Y la atracción de otras clases es una tarea esencial y propia de la vanguardia: “para ser vanguardia es necesario precisamente atraer a otras clases” (Lenin, ¿Qué hacer?).
Los nombres que recordamos fueron expresión de un instante de vanguardia.
(*) Rocco Carbone es filósofo, escritor y militante del Partido Comunista