“La democracia burguesa imperfecta que padecemos en la mayoría de los países del mundo, se basa en la utilización de la tecnología aplicada por los expertos en distorsión de datos, y cada vez más por científicos y expertos en el manejo del Big Data, o sea el manejo de grandes cantidades de datos que permitan la manipulación de las voluntades del electorado”, reflexiona el ensayista, novelista e investigador en temas históricos Horacio A. López, en esta columna.
La última experiencia de elección presidencial en el país es el mejor ejemplo que tenemos los argentinos de cómo, ante determinadas circunstancias un “mesías” sin experiencia política, sin partido, tan solo con una idea fuerza, “la motosierra para erradicar la casta corrupta”, culpable de todos nuestros males, logró ser elegido Presidente de la República Argentina. Cierto es que no fue sólo con su idea fuerza, sino que contribuyó la insatisfacción por los resultados de las experiencias recientes anteriores que no cubrieron las expectativas populares. Pero todo ese combo, además, fue inteligentemente manipulado por los publicistas que hoy manejan las campañas electorales. Y no lo hacen de la forma tradicional, rudimentaria, que todos conocemos del pasado, de colocar jingles y fotos, pagar entrevistas a los candidatos en los principales medios de comunicación, realizar costosos actos públicos, etc.
Hoy en día se utilizan la Inteligencia Artificial, internet, canales de “streaming”, usando los llamados algoritmos, que son un conjunto ordenado y finito de instrucciones o pasos lógicos que permiten resolver un problema o cumplir una tarea específica. De manera que, definitivamente, a la democracia burguesa se le pueden manipular los resultados electorales.
La democracia burguesa moderna se originó y desarrolló entre mediados del siglo XVII y principios del XIX, impulsada por la Ilustración y las revoluciones liberales, destacando la Revolución Inglesa, la independencia de EE.UU. (1776) y la Revolución Francesa (1789). Transformó el poder absoluto de los Reyes elegidos por Dios en soberanía popular, limitando el Estado y garantizando derechos individuales.
Terminado ya el primer cuarto de siglo del XXI, podemos afirmar que la famosa “democracia”, formulada por el filósofo inglés John Locke en los años 1600 como el principio de la división y separación de poderes, como único modo de frenar el poder en el Estado y garantizar así la libertad, y definida por Abraham Lincoln como “ el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, ha presentado ya su certificado de defunción. Esa democracia representativa, la más extendida en la actualidad, presuponía que los elegidos por el pueblo representarían los programas partidarios en los distintos poderes. Basta ver en nuestro país cómo pocos representantes del pueblo (léase diputados y senadores), suficientes para dar quórum, “adornados” por el poder, cambiaron el sentido de sus votos en la ley de Reforma Laboral. O el representante más encumbrado, el Presidente de la Nación, desconociendo la voluntad del pueblo, se permite no reconocer los vetos a las leyes sobre los discapacitados o sobre el financiamiento universitario.
La Democracia Imperfecta
La democracia burguesa imperfecta que padecemos en la mayoría de los países del mundo, se basa en la utilización de la tecnología aplicada por los expertos en distorsión de datos, y cada vez más por científicos y expertos en el manejo del Big Data, o sea el manejo de grandes cantidades de datos que permitan la manipulación de las voluntades del electorado. Para tal fin adoptan un estilo comunicacional transgresor, agresivo, violento, con un lenguaje que a muchos sectores populares hastiados del mundo político, los interpreta. El mejor ejemplo lo tenemos en nuestro país, con el mensaje del candidato Milei llamando a derrotar a la “Casta”, la que incluía todo el arco político corrupto, prebendario, y sobornable, al que había que derrotar en las urnas para luego expulsarlo definitivamente.
Esa metodología, surgida a partir del desarrollo de Internet, basada en herramientas como las redes sociales, los blogs, canales de “streaming” (plataformas, caracterizadas por contenido híbrido entre radio y TV, compitiendo con medios tradicionales), logró que muchos líderes de la derecha fascista, fundamentalista, y ultra liberales, llegaran al poder. Ejemplos hay a montones: desde el propio Trump, pasando por Boris Johnson (primer ministro inglés desde 2019 a 2022), el hasta hace poco primer ministro de Hungría Víctor Orban, o el caso más extravagante de Beppe Grillo, un payaso del “underground” italiano, que sin ser candidato encabezó el Movimiento Cinco Estrellas con el cual arrasó en las elecciones generales de 2013, tras una campaña conducida principalmente en redes sociales. Obvio que debemos sumar en esta lista, que es mucho más extensa, a Javier Milei con su Motosierra y sus “trolls” de las llamadas “Fuerzas del Cielo”.
En el año 2019 apareció un libro titulado “Los Ingenieros del Caos”, de autoría de Guliano Da Empoli, que relata las manipulaciones a las que hacemos referencia. Señala: “Juntos, estos ingenieros del caos están reinventando una propaganda adaptada a la era de los selfis y de las redes sociales y, al hacerlo, están transformando la naturaleza misma del juego democrático… la jugada no consiste ya en unir a la gente en torno a un mínimo común denominador, sino, en cambio, inflamar las pasiones del mayor número posible de grupúsculos y sumarlas a continuación, incluso sin que estos lo sepan. Para conquistar una mayoría, su idea no es converger hacia el centro, sino aglutinarse en los extremos.”
De manera que si grupos de ingenieros y científicos actúan para direccionar el voto en las elecciones, la democracia burguesa ya no es una herramienta confiable. Si a través de esta transformación de la naturaleza del sufragio universal logran que se consagren como líderes, diputados y senadores elegidos de forma adrede, ignorantes en política, dóciles seguidores de quienes se erigen en sus jefes, individuos dispuestos a las coimas y demás favores a cambio de sus votos en el Parlamento, aspirantes a enriquecerse rápidamente, sucede que la definición constitucional de que “el pueblo gobierna a través de sus representantes” pasa a ser una parodia, un grotesco que simula una realidad ficticia. Las ideologías, las plataformas políticas, las lealtades partidarias, los principios éticos, ya no sirven. Lo que vale son las mentiras que se transforman en verdades, sustentadas por las difamaciones, los insultos y los exabruptos. “En muchos sentidos, los exabruptos son un instrumento organizativo más eficaz que la verdad” —escribía Mencius Moldbug, bloguero de la derecha alternativa estadounidense—. “Cualquiera puede creerse la verdad, mientras que creer en lo absurdo es una auténtica muestra de lealtad.” Además lo absurdo se verifica en las formas en que se dirigen los contenidos de propaganda electoral: en la primera elección presidencial de Donald Trump, los publicistas enviaban propaganda racista a los electores racistas, y propaganda antirracista a los que eso eran. De manera de capturar a todo el electorado posible a pesar de los antagonismos en las ideas.
Democracias superadoras
La democracia tal como la conocemos, inspirada en la antigua Atenas, donde era ejercitada como democracia directa, con el voto directo de los participantes en asamblea, perfeccionada luego al devenir de los tiempos para surgir como reacción a las monarquías absolutas europeas, buscando un gobierno con poderes limitados, tuvo un sentido civilizatorio. En 1776 surgió en lo que hoy son los Estados Unidos la primera democracia moderna que estableció el sufragio y una Constitución. La Revolución Francesa de 1789 difundió los ideales liberales de soberanía popular, igualdad y derechos ciudadanos. La Ilustración aportó ideas sobre el contrato social, la separación de poderes y los derechos naturales. Y así fue caminando.
Durante el siglo XX hubo acontecimientos significativos como las revoluciones socialistas. A partir de la Revolución de Octubre de 1917 en la Rusia zarista, surgió una nueva forma de gobierno y de instrumentación de la democracia.
El gran conductor de esa revolución, Vladimir Ilich Lenin planteaba la necesidad de tener un partido político férreo que supiera conducir el nuevo Estado a través de mecanismos como los Soviets y los Sindicatos. En esa nueva experiencia surgió la forma Dictadura del Proletariado, concepto marxista que describe la fase transitoria de gobierno en la que el proletariado reemplaza a la burguesía y asume el poder político, económico y militar. El concepto Dictadura del Proletariado fue denostado, menoscabado, demonizado por las usinas capitalistas del mundo. Pero en su esencia fue una experiencia válida y necesaria para la época de confrontación dura del socialismo contra el capitalismo, en su etapa de transición hacia el comunismo. Una revolución asediada, bloqueada, invadida, atacada de todas las formas posibles, no podía concebirse como un gobierno burgués, vacilante e influenciable, predispuesto a la alternancia entre distintas fuerzas políticas.
La mejor forma de proteger la revolución era instaurar una verdadera democracia obrera que pudiera conducir el difícil proceso. Con la disolución de la URSS y demás experiencias socialistas, esa forma de gobierno perdió sentido.
En el siglo XX hubo y hay hoy en el nuevo siglo experiencias socialistas cuyos gobiernos son dirigidos por partidos Comunistas, adquiriendo esos gobiernos formas que no son dictaduras del proletariado, porque esas experiencias no están frente a la antinomia revolución-contrarrevolución, pero sí formas innovadoras como el socialismo con características chinas o las experiencias de Vietnam o Cuba.
A comienzos del siglo XXI se dio una experiencia diferente en suelo de Nuestra América: la forma de gobierno de las Comunas en Venezuela. Nació a partir de una visión estratégica revolucionaria del comandante Hugo Chávez, enfilada a la construcción del socialismo del siglo XXI. La idea era sustituir la democracia representativa definida por la vieja Constitución a la que el nuevo presidente denominara “moribunda” en su juramento, por una democracia participativa y protagónica, impulsando los Consejos Comunales. Así fue que se le dio marco legal a estas organizaciones, definiendo la Comuna como una entidad local de autogobierno a la cual el Estado Nacional transfiere el poder y los recursos para que allí se los desarrolle en el marco de una democracia directa. Habrá que ver, luego del secuestro del presidente Maduro y la diputada Flores, con los condicionamientos que el imperialismo puso al gobierno de Delcy Rodríguez, si esa democracia comunal puede sostenerse en el tiempo.
La humanidad, en su largo peregrinar civilizatorio, va buscando las formas superadoras de las experiencias por las que transita. Lo que queda claro es que definitivamente la forma Democracia Burguesa ha perdido su ecuanimidad e igualdad de derechos cívicos para todos, y que la lucha de clases irá encontrando en cada experiencia revolucionaria nueva, la forma más creativa que permita a los pueblos desarrollarse y avanzar en el camino hacia la sociedad sin clases ni explotación, hacia la sociedad comunista.