La visita de Vladimir Putin a Beijing confirmó la profundización de la alianza estratégica entre China y Rusia en un contexto de reconfiguración global. Con acuerdos económicos, energéticos y diplomáticos, Xi Jinping y Putin reivindicaron un orden “multipolar” frente al declive de la hegemonía occidental.
El viaje a China del mandatario de la Federación Rusa coincidió con el 25.º aniversario del Tratado de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación firmado en 2001 y con los 30 años de la asociación estratégica entre ambos países. Xi Jinping y Vladímir Putin definieron la relación bilateral como situada en “el nivel más alto de su historia” y rubricaron una extensión del tratado junto a una veintena de acuerdos y memorandos de entendimiento.
Desde que ambos líderes proclamaron en Beijing su “amistad sin límites” en febrero de 2022, la relación entre Moscú y Beijing atravesó la guerra en Ucrania, las sanciones occidentales y una creciente coordinación política, energética y financiera. La República Popular China evitó condenar en todo momento la Operación Especial rusa contra el régimen de Kiev y sostuvo una posición ambigua: defender la soberanía territorial de los Estados mientras reconoce las “legítimas preocupaciones de seguridad” de Rusia ante el asedio otanista. Esa fórmula le permitió preservar su vínculo estratégico con Moscú sin romper completamente con Europa.
La visita de Putin ocurrió apenas una semana después de la de Donald Trump, en una secuencia diplomática que expuso el nuevo lugar de China en el tablero internacional. Mientras Trump buscó estabilizar la relación con la RPCh ante el desgaste económico y geopolítico de su país, el líder ruso llegó para reafirmar una alianza estructural. La imagen dejó a Washington en una posición defensiva: China apareció como el centro inevitable de negociación global y como el actor con capacidad de dialogar simultáneamente con potencias rivales. Mientras la reciente gira del magnate que ocupa la Casa Blanca por el gigante asiático evidenció las dificultades de Washington para sostener su liderazgo internacional.
En ese marco, Moscú y Pekín se presentaron como factores de “estabilidad” y promotores de un orden internacional multipolar, cuestionando las sanciones unilaterales y las estructuras dominadas por Occidente. La nueva declaración conjunta reivindicó “la diversidad de civilizaciones y valores del mundo”, en contraposición a la globalización de los valores occidentales impulsada por EEUU tras el fin de la Guerra Fría.
La multipolaridad que impulsan China y Rusia no implica automáticamente un sistema más equilibrado o cooperativo, sino una disputa abierta por redistribuir el poder global que el imperialismo yanqui supo detentar y que busca recuperar desesperadamente por medio de guerras, genocidios, extorsiones, bloqueos y sanciones comerciales. El fortalecimiento de organismos como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái y la utilización creciente de yuanes y rublos en el comercio bilateral —que ya supera al equivalente de 240.000 millones de dólares— reflejan un intento concreto de erosionar la centralidad financiera y política estadounidense.
En materia energética, Rusia consolidó a China como uno de sus principales mercados, con un aumento del 35% en las exportaciones de petróleo durante el primer trimestre de 2026. Sin embargo, persisten límites en la relación: el encuentro no produjo avances definitivos sobre el gasoducto Fuerza de Siberia-2, proyecto estratégico para Moscú.
Respecto a Ucrania, ambos líderes insistieron en una salida política y en abordar las “raíces” del conflicto. No obstante, la guerra también dejó en evidencia una dependencia creciente de Occidente respecto de China. Estados Unidos y Europa necesitan cada vez más la capacidad de presión e influencia de Beijing sobre Moscú para abrir una negociación real con Putin. Hasta ahora, China evitó utilizar plenamente ese poder, priorizando su alianza con Rusia mientras mantiene abierta su relación económica con Europa y el sistema internacional.