El presidente argentino reafirmó en la Cumbre Iberoamericana que acaba de concluir, y más allá de la durísima derrota de Trump en las legislativas, su papel de títere de Washington. Evitó intercambios con Pedro Sánchez, a quien viene de agraviar en su anterior visita a la capital española, y con el representante del gobierno de Lula, a quien atacó durante toda la campaña electoral en Brasil. Mientras en Europa las puebladas contra los recortes de derchos y el guerrerismo de la OTAN no cesan, en Argentina se profundizan la recesión, el ajuste y la represión, en un clima de violencia reaccionaria alentado desde las más altas esferas del poder.
Javier Milei volvió a viajar a España, esta vez para participar de la XXX Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno que se inició ayer en Madrid y que concluyó al cierre de esta edición. “El socialismo es fascista”, afirmó en su intervención, regalando una de sus máximas más delirantes de todo su amplio reperterio bizarro macartista destilado en estos casi tres años que lleva al frente del gobierno nacional. Fingiendo profundidad teórica y sin temor al ridículo, explayó eso explicando que ““el socialismo es fascista en política y el fascismo es socialista en economía”(sic). No conforme con ese aporte a la “batalla cultural”, la siguió un poco un más: “ambas doctrinas concentran en manos de una minoría el control de las decisiones individuales y hacen de la dependencia económica un instrumento de dominación política”. El chiste se cuenta sólo…
El nuevo desplazamiento presidencial, el octavo a ese país desde que asumió el gobierno, tiene lugar apenas dos semanas después de que el mandatario argentino protagonizara otro escándalo internacional al agraviar al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, mientras profundizaba sus relaciones con referentes de la extrema derecha local. Pero este viaje adquiere una significación política todavía mayor no sólo por su carácter oficial, sino por la coyuntura en la que se produce. Mientras Milei se disponía a participar de la Cumbre, su jefe político y principal sostén financiero del “plan económico argentino”, Donald Trump, acababa de sufrir una derrota aplastante en las elecciones legislativas de Estados Unidos, donde los demócratas consiguieron arrebatarles a los republicanos el control de ambas cámaras del Congreso.
La presencia de Milei en Madrid constituye una nueva expresión de las contradicciones de una política exterior que ha sustituido la defensa de los intereses nacionales por el alineamiento ideológico con la internacional neofascista regenteada por el imperialismo yanqui. Durante su anterior visita a España, el 21 de octubre, quien representa oficialmente a nuestro país en el mundo calificó a Sánchez de "impresentable dictador", lo acusó de ladrón y convocó a "sacar a los socialistas a patadas", al tiempo que mantenía contactos con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, del Partido Popular, y con el líder de Vox, Santiago Abascal. La agresión, impropia de cualquier relación diplomática entre Estados, volvió a colocar a nuestro país en una situación de bochorno internacional. Ahora, sin embargo, Milei tuvo que compartir la cumbre con el mismo mandatario al que había insultado, aunque sin una reunión bilateral prevista entre ambos.
Con Sánchez hubo algún que otro cruce de miradas tensas y un frío saludo de ocasión. A la vez, tampoco mantuvo contacto con el representante del gobierno de Lula, el Ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, principal socio comercial de la Argentina, Mauro Vieira; quien hoy sostuvo en su exposición la importancia de las relaciones multilaterales basadas en el respeto a la soberanía de cada país. Dando muestras de su desprecio a esta instancia de cooperación internacional, Milei se ausentó de la ceremonia inaugural del encuentro, como así también de la foto conjunta de clausura.
En cambio, su agenda contempló nuevamente un encuentro con los ultraderechistas Abascal y Díaz Ayuso, lo que vuelve a poner de manifiesto que sus prioridades no pasan por la construcción de relaciones diplomáticas entre países, sino por el fortalecimiento de los vínculos con las organizaciones políticas de la internacional reaccionaria.
El contraste resulta particularmente significativo en una cumbre convocada para discutir la cooperación y los desafíos compartidos por los países iberoamericanos. Mientras otros gobiernos concurren con agendas vinculadas a sus intereses nacionales y regionales, Milei parece más preocupado por intervenir en la política interna española, de cara a las elecciones parlamentarias que se ralizarán este 29 de noviembre y que definarán al próximo presidente, que por defender los intereses argentinos. El patrocinio de Milei mucho rédito a sus compinches neofascistas no les estaría dando. Y hay que preguntarle si no es así a Flávio Bolsonaro. Sin embargo, el líder de Vox y la presidenta de la Comunidad de Madrid aceptaron el desafío de recibir al hombre de la motosierra.
El comportamiento del títere del imperio que ocupa la Rosada no sólo deteriora las relaciones diplomáticas con países como España y Brasil, de enorme importancia histórica, económica y cultural para Argentina, sino que exhibe una concepción de la política exterior en la que sus afinidades ideológicas prevalecen sobre cualquier consideración acerca de la soberanía nacional.
Tampoco es casual que el mandatario haya encontrado en Abascal y Díaz Ayuso a sus principales interlocutores españoles. Son parte de una constelación reaccionaria internacional que busca avanzar sobre derechos sociales y democráticos, promueve el anticomunismo y el odio contra las izquierdas y encuentra en el régimen de Donald Trump su principal referencia política.
Pero precisamente ese régimen acaba de recibir el golpe más duro desde su regreso a la Casa Blanca. Las elecciones de medio término celebradas este martes en Estados Unidos significaron una derrota de magnitud para Trump y el Partido Republicano. Los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes y del Senado, conquistaron posiciones en territorios tradicionalmente conservadores y pusieron en cuestión la fortaleza de un liderazgo que hasta hace poco parecía avanzar sin encontrar resistencias institucionales significativas.
El resultado, si bien no modifica para nada la esencia imperialista de EEUU, expresa el creciente rechazo popular a una política que, lejos de cumplir sus promesas de prosperidad y estabilidad fronteras adentro, ha profundizado el encarecimiento del costo de vida, el autoritarismo y, en paralelo, la militarización de las relaciones internacionales, destinando la mayor partida presupuestaria en términos nominales para la guerra en toda la historia.
Esas manifestaciones de rechazo también se multiplican por innumerables ciudades europeas por estos días. No sólo en repudio de los conocidos recortes de derechos y el aumento de presupuesto a la OTAN por parte de gobiernos de derecha; sino también como emergente del agotamiento que muestran las opciones socialdemócratas o progresistas para resolver problemas sociales urgentes.
La guerra desatada por Estados Unidos e Israel contra Irán constituye una de las principales expresiones de la actual política imperialista. El conflicto, que lleva ya varios meses, ha provocado consecuencias devastadoras y contribuido al encarecimiento de los combustibles y de otros bienes esenciales para la población estadounidense. El propio Trump reconoció que la guerra influyó en la derrota republicana, aunque ratificó su decisión de haberla iniciado. De todas maneras, sería un error suponer que este revés electoral conducirá necesariamente a una moderación de su política exterior. Por el contrario, la pérdida de posiciones en el Congreso y el debilitamiento de su hegemonía interna abren un escenario particularmente peligroso, en el que la administración estadounidense podría intentar compensar sus dificultades domésticas mediante una radicalización de su ofensiva militar y geopolítica.
Es un momento más que propicio para fomentar las relaciones multilaterales. Pero en el tablero mundial, Milei sigue obstinado en sacrificarse como peón en defensa de su rey del norte.
Esa posibilidad de la profundización de la ofensiva ordenada por Trump, sobre la que ya habían advertido distintas informaciones acerca de los debates en curso que se abren en Washington a partir de los resultados electorales del martes, coloca en primer plano los riesgos que representa para la humanidad un imperialismo que procura defender por la fuerza una hegemonía cada vez más cuestionada.
Para América Latina las consecuencias de esta situación resultan especialmente graves. La agresión militar contra Venezuela y el control sobre aspectos clave de su economía con Nicolás Maduro y Cilia Flores secuestrados, así como el recrudecimiento del criminal bloqueo contra Cuba, las amenazas contra los gobiernos que sostienen posiciones soberanas y los intentos de reorganizar el continente bajo su tutela política, económica y militar forman parte de una misma estrategia de dominación del imperialismo.
Lejos de tomar distancia de esa política injerencista y guerrerista, Milei se ha convertido en uno de sus más entusiastas defensores. Lo demostró nuevamente el pasado 28 de octubre, cuando Argentina votó junto a Estados Unidos contra la resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas que reclamaba el levantamiento del bloqueo a Cuba, respaldada por 130 países. Y lo reafirmó ahora, priorizando sus reuniones con los exponentes españoles del proyecto MAGA por sobre una cumbre de Jefes de Estado de distintos signos políticos.
Esta subordinación rastrera no responde únicamente a una afinidad ideológica. El sostén financiero que Washington le proporcionó al gobierno de Milei, especialmente a través de la intervención del Tesoro estadounidense durante la crisis cambiaria de 2025, constituye una pieza central de la supervivencia del programa económico ultraliberal. La asistencia impulsada por Trump y su secretario del Tesoro, Scott Bessent, permitió apuntalar transitoriamente al gobierno argentino, pero no resolvió los problemas estructurales de una economía cada vez más dependiente del financiamiento externo. Por el contrario, convirtió la continuidad del respaldo estadounidense en una variable financiera decisiva para favorecer la especulación, al tiempo que profundizó las obligaciones políticas y económicas asumidas ante Washington, que redundan en más ajuste y más entrega.
La derrota electoral de Trump introduce ahora una incertidumbre adicional sobre la capacidad de su administración para sostener semejante intervención. De este modo, el alineamiento incondicional que Milei presenta como una alianza estratégica se revela como una relación profundamente desigual, en la que Argentina compromete soberanía sin obtener beneficios para su pueblo. Los acuerdos comerciales que favorecen la penetración del capital estadounidense, la subordinación de la política de defensa a los intereses del Comando Sur y la disposición a acompañar las aventuras militares de Washington constituyen distintos eslabones de una misma cadena de dependencia. Una política exterior que no procura ampliar los márgenes de autonomía nacional, sino poner los recursos, el territorio y las capacidades del Estado argentino al servicio de una potencia imperialista en declive que busca recomponer su posición internacional por todos los medios.
El nuevo viaje de Milei a España permite observar, así, las dos caras de un mismo proyecto político. Por un lado, un presidente que busca legitimidad internacional entre los representantes del neofascismo y que apuesta el destino del país a la protección de un Donald Trump debilitado por una contundente derrota electoral. Por el otro, un gobierno que no ofrece respuestas a las necesidades populares y pretende sostener su programa mediante el ajuste, el endeudamiento y la coerción. Frente a esta política cipaya, la construcción de una alternativa popular, patriótica y antiimperialista constituye una necesidad cada vez más urgente. Las derrotas de Trump y Bolsonaro demuestran que la avanzada reaccionaria no es invencible. En Argentina, el desafío principal consiste en transformar el creciente descontento social en organización, unidad y lucha para ponerle fin al sometimiento neocolonial. De otra forma, será difícil que surja la alternativa pendiente.