A medio siglo de la Masacre de Palomitas, en Salta se rindió homenaje a las víctimas de esa matanza que tuviera lugar a poco del comienzo de la dictadura instalada el 24 de marzo de 1976. La Liga Argentina por los Derechos Humanos dijo presente.
A cincuenta años de la Masacre de Palomitas, se llevó a cabo una agenda que actividades conmemorativas que comenzó el domingo con un acto homenaje en memoria de quienes fueron fusilados en ese paraje salteño. Esta iniciativa fue convocada por la Asociación Lucrecia Barquet, la Asociación Coca Gallardo, HIJOS, la Comisión de Familiares de Detenidos Desaparecidos, la Liga Argentina por los Derechos Humanos y la Asociación Miguel Ragone. La cita fue en el Portal de la Memoria desde donde se movilizó hacia el sitio donde fue perpetrada la matanza, ubicado sobre la Ruta Nacional 34 donde se encuentra el monolito y la señalización que recuerdan a esas víctimas del terrorismo de Estado.
Por su parte, ayer lunes en ese mismo lugar se realizó el acto conmemorativo donde se honró la memoria de quienes fueron ultimados el 6 de julio de 1976: Celia Raquel Leonard de Ávila, Evangelina Botta de Nicolai, María Amaru Luque de Usinger, María del Carmen Alonso de Fernández, Georgina Graciela Droz, Benjamín Leonardo Ávila, Pablo Outes Saravia, José Ricardo Povolo, Roberto Luis Oglietti, Rodolfo Pedro Ussinger y Alberto Simón Zavransky.
Habían pasado poco más tres meses del golpe de Estado cuando once presos políticos fueron sacados de la cárcel de Villa Las Rosas, en medio de un impresionante operativo conjunto del Ejército, la Policía Federal, la Policía Provincial y el Servicio Penitenciario con el que se cercó buena parte de la ciudad de Salta. Desde ahí las víctimas fueron llevadas hacia la zona de Palomitas donde se las fusiló y se las intentó hacer pasar como muertas en un enfrentamiento armado que nunca pasó.
Para hacer ese montaje, poco antes los represores robaron un auto en el que después colocaron los cuerpos de Savransky y del matrimonio Ávila-Leonard, para intentar instalar de forma torpe y cobarde la idea de que habían intentado escapar. Por su parte, los cadáveres de Pablo Outes, José Povolo y María del Carmen Alonso fueron abandonados en el paraje Ticucho, en Tucumán, y los de Amaru Luque, Rodolfo Usinger y Roberto Oglietti se enterraron en el cementerio jujeño de Yala. Mientras que Georgina Droz y Evangelina Botta continúan desaparecidas.
Por esta matanza, en diciembre de 2010 tuvo lugar el juicio Palomitas I en el que recibieron duras condenas los ex militares Carlos Alberto Mulhall, Miguel Raúl Gentil, Juan Carlos Alzugaray y el policía federal Juan Carlos Alzugaray, mientras que resultaron condenados a prisión perpetua Luciano Benjamín Menéndez y Joaquín Guil, quien en 1976 era jefe de la Policía Salteña.
Por su lado, en el caso del ex juez Ricardo Lona prevaleció la impunidad biológica, ya que falleció cuando estaba con prisión preventiva, bajo modalidad domiciliaria, acusado como partícipe necesario en la causa por la que nunca pudo ser juzgado. De todas maneras, la determinación y el juzgamiento de sus responsables todavía continúa, ya que quedan pendientes situaciones inherentes a la participación de guardiacárceles que formaron parte del esquema del traslado de las víctimas de la Masacre de Palomitas.
“Medio siglo después, la Masacre de Palomitas continúa interpelándonos no sólo por la brutalidad de los hechos, sino también por el compromiso que nos exige con la Memoria, la Verdad, la Justicia y la defensa irrestricta de los Derechos Humanos”, subraya un documento que dieron a conocer los organismos de Derechos Humanos en el acto que se hizo en el sitio donde hace medio siglo se cometió esta Masacre. En él también se puntualiza que “heredamos la responsabilidad de mantener viva esta historia para que nunca más pueda repetirse” y se recalca que lo sucedido el 6 de julio de 1976 “no fue un exceso ni un episodio aislado”, ya que formó parte del “plan sistemático de exterminio desplegado por la última dictadura cívico-militar-eclesiástica-empresarial”.
En este sentido, hace hincapié en que “la Memoria constituye una herramienta para comprender el presente y proyectar el futuro. Es un compromiso cotidiano con la democracia, con el respeto por la vida y con el límite que una sociedad decide poner frente al abuso del poder”. Por lo cual señala que resulta preciso “comprender que ninguna democracia puede consolidarse si olvida las consecuencias del autoritarismo, la persecución política y la violencia ejercida desde el propio Estado”.
Por todo esto concluye que recordar a las víctimas de la Masacre de Palomitas “significa que la memoria tiene sentido cuando ilumina el presente y nos ayuda a construir un futuro en el que la dignidad humana sea un principio irrenunciable”.