El modelo económico de Javier Milei es la expresión política de los intereses de los grandes grupos económicos, con un nuevo actor protagónico, el capital tecnológico, que en su financiarización desarrolla un carácter ultra parasitario. Marcos Galperin, dueño de Mercado Libre y Mercado Pago, sintetiza como pocos la articulación entre privilegio estatal, acumulación financiera y ofensiva ideológica contra los derechos del pueblo.
El núcleo duro del programa económico que hoy se impone en la Argentina se encuentra a la vista y forma parte de la vida cotidiana. Se manifiesta en prácticas y dispositivos que atraviesan la experiencia diaria, como las plataformas de comercio y pago digital utilizadas de manera masiva, entre ellas Mercado Libre y Mercado Pago. Al indagar en su funcionamiento y en la lógica de sus negocios, emerge con claridad la estructura profunda de ese programa, que resulta más elocuente que los discursos incendiarios o la retórica de la “libertad”. El gobierno de Javier Milei actúa como garante de una reconfiguración regresiva del capitalismo local, en la cual la transferencia de ingresos desde el trabajo hacia el capital se intensifica a través de la desregulación, el ajuste fiscal y el disciplinamiento social. En este esquema, los grandes empresarios se ponen a la vanguardia de un modelo económico que pertenece más a ellos que a Milei, porque son sus verdaderos impulsores y beneficiarios directos de un modelo que articula concentración económica, financiarización y precarización de la vida. Dentro de ese conjunto, el sector tecnológico, presentado durante años como sinónimo de innovación y modernidad, ocupa un lugar destacado como una de las principales puntas de lanza de esta ofensiva. Marcos Galperin representa de manera paradigmática esa dinámica y condensa sus rasgos más característicos.
Galperin construyó Mercado Libre como el mayor imperio digital de América Latina, con una valuación que, según Forbes, supera los 80.000 millones de dólares y conquistó así una posición dominante en el comercio electrónico y en el sistema de pagos digitales. Sin embargo, lejos de la narrativa meritocrática que suele rodear a este tipo de figuras, su expansión estuvo íntimamente ligada a beneficios concretos, otorgados por el Estado argentino. La empresa recibe más de 100 millones de dólares anuales en subsidios impositivos a través del Régimen de Promoción de la Economía del Conocimiento, un esquema que reduce sustancialmente su carga tributaria. Es decir, el mismo empresario que se presenta como abanderado del “anarcocapitalismo” construyó su fortuna al amparo de un Estado que subsidia, protege y, en muchos casos, limita la competencia efectiva. La supuesta “libertad de mercado” que reivindica no es otra cosa que un mercado estructurado a su medida, donde las reglas favorecen sistemáticamente al actor dominante. La competencia, en ese contexto, se vuelve una ficción funcional a la legitimación del privilegio.
Este entramado revela una contradicción central que no es accidental sino constitutiva. El capital más concentrado necesita del Estado para reproducirse, aun cuando lo rechaza públicamente. Mercado Libre no sólo se beneficia de exenciones fiscales, sino también de un entorno regulatorio que le permite expandirse hacia múltiples rubros —finanzas, crédito, logística— sin las mismas exigencias que enfrentan otros actores que, no obstante, también se quedan con una porción importante de una riqueza que tampoco producen. Así Galperin se convirtió en un experimentado pescador en una “pecera” en la que pesca prácticamente sin rivales reales, consolidando posiciones monopólicas bajo el discurso de la innovación. Este patrón no es nuevo en el capitalismo subdesarrollado y dependiente, como tampoco lo es en los epicentros imperiales, pero adquiere una forma específica en la era digital, donde el control de plataformas implica también el control de flujos de información, consumo y financiamiento. En ese sentido, el poder de Mercado Libre excede lo económico y se proyecta como un actor político de importancia.
El caso de Mercado Pago es particularmente ilustrativo del carácter extractivo de este modelo. La expansión del crédito digital fue presentada como una herramienta de inclusión financiera, pero los datos recientes muestran otra realidad: un crecimiento acelerado del endeudamiento de los hogares en condiciones cada vez más precarias. Entre enero de 2025 y enero de 2026, la morosidad de la cartera de la plataforma saltó de 5,5 por ciento a 14,7, en un contexto donde los salarios formales perdieron frente a la inflación y el crédito se volvió un recurso para cubrir gastos básicos. Lejos de tratarse de un fenómeno aislado, este deterioro expresa la lógica de un sistema que convierte la necesidad en negocio. Con tasas nominales que rondan el 69 por ciento anual en préstamos personales, el financiamiento deja de ser una herramienta de desarrollo para convertirse en un mecanismo de extracción de ingresos. El resultado es una dinámica típicamente usuraria: trabajadores que se endeudan para sobrevivir y empresas que capitalizan esa desesperación.
En este punto, la afinidad entre Galperin y el gobierno de Milei deja de ser meramente ideológica para volverse económica y estructural. El ajuste sobre los ingresos, la licuación del salario y el desfinanciamiento del sistema previsional no son efectos colaterales, sino condiciones necesarias para sostener este tipo de negocios. Cuando el crédito reemplaza al salario como fuente de reproducción cotidiana, las plataformas financieras encuentran un terreno fértil para la colonización de la vida y el saqueo. El aumento de la morosidad no es un “problema” para el modelo. Antes bien, es su síntoma más evidente. Indica que la clase trabajadora está siendo empujada a un ciclo de endeudamiento creciente, donde cada cuota impaga abre la puerta a nuevas penalidades, intereses y refinanciaciones. En otras palabras, el negocio prospera incluso —y sobre todo— en contextos de crisis.
Pero el papel de Galperin no se limita al plano económico. Es un intelectual orgánico de las clases dominantes que surgen de la estructura económica del país. Su intervención en el debate público muestra un compromiso activo con la construcción de sentido que acompaña este modelo. Galperin no solo apoya a Milei o se manifiesta públicamente a favor de sus políticas. También es el responsable de difundir y legitimar culturalmente una visión del mundo donde la desigualdad es naturalizada y la empatía social es reemplazada por el cinismo. El episodio en el que reaccionó con burla ante el testimonio de una jubilada que no puede pagar sus medicamentos lo pinta de cuerpo entero a él y a las clases hegemónicas de nuestro país.
Asimismo, Galperin aparece como un punto de articulación con la avanzada del imperialismo estadounidense —la imposibilidad de hacer aportes a la campaña de solidaridad con Cuba a través de Mercado Pago es una muestra— y con algunas de sus figuras más influyentes, como Musk y Peter Thiel, ambos nacidos fuera de Estados Unidos y convertidos, por distintos recorridos, en exponentes centrales de su proyección y difusión global. El alineamiento del gobierno de Milei con la agenda de Donald Trump y con los intereses estratégicos de Estados Unidos forma parte de una reconfiguración geopolítica en la que América Latina vuelve a ocupar un lugar subordinado. Las grandes plataformas tecnológicas, muchas de ellas articuladas con capitales globales y mercados financieros internacionales, funcionan como vectores de esa integración dependiente. La promesa de “modernización” encubre una nueva forma de inserción periférica, basada en la exportación de datos, la financiarización del consumo y la captura de rentas por parte de actores concentrados. Galperin, con su proyección regional y su inserción en los mercados estadounidenses, encarna ese puente entre el capital local y el imperialismo contemporáneo.
En este contexto, hablar de “neofascismo” resulta pertinente y preciso porque designa una articulación singular entre economía y política, un entramado en el que la liberalización económica extrema se enlaza con formas de autoritarismo social y produce una escena donde la erosión de derechos convive con la exaltación de la violencia material y simbólica tanto contra el pueblo en general como contra los sectores más vulnerables. La ofensiva neofascista, entonces, avanza desde el Estado y a las órdenes del imperio contra toda forma de organización colectiva que interfiera en la expansión del capital. Así es cómo ordena un campo de fuerzas cada vez más concentrado. Allí, figuras como Galperin ocupan un lugar decisivo, como beneficiarios materiales del ajuste y como voceros particularmente activos de su legitimación.
La Argentina actual ofrece una imagen nítida en la que los recortes en jubilaciones, el desfinanciamiento de la salud y las universidades y la expansión de la precarización laboral se encadenan con el crecimiento sostenido de grandes fortunas impulsadas por subsidios, tasas elevadas y mercados cautivos, configurando un mismo movimiento. Para ello, el discurso de la “libertad” funciona como cáscara ideológica y argumento legitimador de una redistribución regresiva de la riqueza y de una concentración cada vez más marcada del poder. Desenmascarar esta dinámica se vuelve una tarea política urgente, porque en cada plataforma, en cada transacción digital y en cada crédito otorgado se condensa una relación social concreta que traza un mapa de ganadores y perdedores. El mapa es claro.
Y entre los nombres propios que se posicionan del lado de los ganadores, aparece en primera línea el del multimillonario y evasor fiscal Marcos Galperin.