Las repentinas declaraciones “malvineras” y “patrióticas” de Milei buscan fortalecer, detrás de un pretendido nacionalismo, su servidumbre con Estados Unidos y los intereses yanquis en nuestro país. En el medio de esta puesta en escena, se tensan las relaciones con Chile a causa de afirmaciones provocativas en torno a disputas limítrofes saldadas, realizadas por representantes de las fuerzas armadas argentinas y del propio gobierno nacional. Sobre este panorama reflexiona en la siguiente columna el historiador Horacio López.
Llamaron la atención las declaraciones que altos jefes militares argentinos realizaran en los primeros días de septiembre. Primero fue el Jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea, Gustavo Valverde quien sugirió en una entrevista que el Estrecho de Magallanes, en el extremo sur del continente, formaba parte de la soberanía argentina. Es raro que tan alto jefe militar desconociera el Tratado de Límites de 1881 que fijara las bases de la frontera actual entre Argentina y Chile. Dicho pacto resolvió la soberanía sobre la Patagonia y los canales australes en un momento sensible mientras el país trasandino se encontraba combatiendo en la guerra del Pacífico contra Perú y Bolivia. Por el mismo, Chile renunciaba a sus reclamos históricos sobre la Patagonia, mientras el Estrecho de Magallanes quedaba bajo su soberanía, con la obligación de su neutralización perpetua y la libre navegación para buques de todas las naciones.
Ante el inmediato malestar del gobierno chileno por la declaración de Valverde, el ministro de Defensa argentino Carlos Presti llamó directamente a su par chileno, Fernando Barros, para disculparse. Presti atribuyó los dichos de Valverde a una « desprolijidad» y dejó en claro de manera expresa que el Estrecho de Magallanes es territorio chileno, ratificando la vigencia de los tratados internacionales de límites.
El gobierno chileno aceptó las disculpas pero poco después el propio Presti difundió una entrevista desde Ushuaia. En ella, al ser consultado por la cooperación militar en la zona sur, el ministro argentino aseguró: «Hay patrullaje combinado entre la Armada de Argentina y la Armada de Chile. Hay ejercicios que realizamos también de manera combinada... Se realizan en el Paso Drake y en el Estrecho de Magallanes». Chile desmintió que existieran patrullajes conjuntos en el estrecho de su pertenencia, con lo cual la tensión diplomática volvió al rojo vivo. Resulta por lo menos raro que el Ministro que había ofrecido sus disculpas, días después vertiera conceptos que no le podían quedar dudas de que serían polémicos. ¿Lo habrán mandado a decir eso? Lo cierto es que los medios periodísticos chilenos pusieron el grito en el cielo, ayudando a crear un clima enrarecido con ruido a armas. El Presidente de Chile, José Antonio Kast, salió al paso de manera categórica asegurando que «el Estrecho de Magallanes es chileno, es soberanía chilena. Jamás en el Estrecho de Magallanes ha habido un patrullaje conjunto». Recordó además que toda nave extranjera requiere obligatoriamente de un práctico (piloto) chileno para navegar esas aguas. Aunque las cancillerías intentaron encauzar el asunto institucionalmente, encuestas locales de aquel lado publicadas tras la visita de Milei a Chile, revelaron que el 71% de los chilenos considera que Argentina no respeta su soberanía y un 40% percibe al país vecino como un "enemigo" debido al ruido geopolítico provocado en la zona austral.
¿A quién conviene enrarecer las relaciones con Chile?
Tenemos claro los argentinos el clima bélico que existiera cuando el diferendo por el Canal de Beagle en los años ochenta. Hay que recordar que por esos años gobernaba la Argentina la dictadura militar encabezada al principio por Jorge Rafael Videla. Agitar banderas de reivindicación de soberanía fue siempre una artimaña de los dictadores cuando van perdiendo credibilidad y poder.
La inminente guerra con el país hermano se logró desactivar gracias al Tratado de Paz y Amistad de 1984 firmado entre Argentina y Chile el 29 de noviembre de 1984 en la Ciudad del Vaticano, el cual puso fin definitivo al conflicto. Este acuerdo se logró gracias a la crucial mediación del Papa Juan Pablo II y del cardenal Antonio Samoré, quienes intervinieron luego de que en diciembre de 1978 los dos países desplegaran tropas y quedaran a horas de un enfrentamiento armado. Chile obtuvo la soberanía definitiva sobre las islas Picton, Nueva y Lennox, así como sobre los islotes adyacentes ubicados al sur del canal. Sobre la división del canal, se formalizó la frontera trazada en el propio Canal Beagle, otorgando las islas de la mitad norte a la Argentina y las de la mitad sur a Chile.
Las ultraderechas de ambos lados de la Cordillera siempre buscan enrarecer las relaciones para llevar agua al molino de sus pseudo nacionalismos. Los argentinos tenemos recuerdo de la ayuda de la dictadura chilena a Gran Bretaña durante la Guerra de Malvinas, más allá de que Milei reivindicara abiertamente la figura de Pinochet en su reciente paso por Santiago. Actualmente, Chile sigue con su política de favorecer a los ingleses: la línea aérea LATAM Airlines tiene un vuelo semanal a Malvinas; despega desde Santiago, realiza una escala técnica y de aduana en Punta Arenas y finalmente continúa hacia la Base Aérea de Monte Agradable. Obviamente que esa política no tiene nada de neutralidad; más bien es una ayuda inestimable a la logística británica, reemplazando la base de suministros que tiene en la isla Diego García, en el corazón del océano Índico, a 12.000 kilómetros de distancia. Desde la década del 70 esa isla alberga una enorme base militar conjunta de Estados Unidos y el Reino Unido y es el punto más cercano propio que poseen para abastecer el Atlántico Sur.
La artimaña nacionalista de Milei
Llamó la atención la repentina vocación nacionalista de defensa de nuestra soberanía por parte de Javier Milei. El auto confesado admirador de Margaret Thatcher ha decidido ponerse al frente de la Causa Malvinas, contradiciendo su propia inacción ante el tema y sus declaraciones vertidas cuando saltó la reivindicación de que las Malvinas son argentinas en el partido de fútbol contra Inglaterra. Ante aquel hecho, visto por alrededor de mil millones de personas en alrededor del mundo, en que los jugadores exhibían una tela con dicha consigna, Milei criticó duramente el gesto tildándolo de “slogan berreta, populista y, nacionalista rancio”. Agregando en otra declaración que eso era “patrioterismo barato” y acusando a los autores de la pintada de “termos mononeuronales”.
Sin embargo, debido a las fuertes repercusiones que esa bandera obtuvo, el mandatario dio una voltereta de ciento ochenta grados y pasó a definir la acción como una expresión “perfectamente válida y lícita” nacida de la emoción del momento. Más adelante, preocupado por la caída de su popularidad en las encuestas, y seguramente aconsejado por algún maligno asesor, decidió aprovecharse de esa causa nacional y hacerla suya, con la ilusión de que mostrarse como profundo nacionalista defensor de nuestra soberanía le traería una modificación a favor en la opinión pública. Redobló su apuesta preparando proyectos para endurecer las sanciones contra las petroleras que operan de manera ilegal en las islas y ampliar las penas a las empresas que participan de esos negocios y reprimir la pesca ilegal, además de armar un Consejo de Seguridad Nacional similar al de los yanquis.
Lamentablemente para él le habría salido el tiro por la culata según los últimos y recientes sondeos al respecto, que indican que el 61,1% de los encuestados cree que el cambio de postura de Milei responde a una oportunista conveniencia política, frente a apenas un 24,7% (menos que su caudal de apoyo), que lo atribuye a una convicción real.
Se involucra EE.UU.
Milei se tomó al pie de la letra la teatral amenaza que Donald Trump le hiciera a su aliado estratégico, más allá de las tensiones actuales, el primer ministro inglés, el laborista Andy Burnham. Al ser consultado sobre si respaldaría la “soberanía” británica en caso de un reclamo de Argentina por la ocupación de Malvinas, el presidente estadounidense evitó dar su apoyo a Londres y dejó abierta la posibilidad de que EE. UU. revise su histórica postura de neutralidad.
En declaraciones recientes en Dublín, Trump calificó un eventual conflicto bélico por las islas como un "desastre potencial" y sugirió que el Reino Unido hoy difícilmente podría realizar un despliegue militar como el de 1982: "Tienen un pequeño problema con la inmigración, con la energía (...) así que no sé si van a estar dispuestos a viajar tan lejos (...) hablamos de semanas en barcos". Entonces, concluyó afirmando que, si ambos países se lo piden, él mismo podría intervenir en el asunto para "solucionarlo". La realidad que se esconde detrás de estas declaraciones es el enojo de Trump por la inacción de Gran Bretaña en no querer aumentar más que al 3% su presupuesto de defensa para el 2030, como parte del fortalecimiento de defensa de la OTAN, y la negativa de no enviar barcos de guerra al Estrecho de Ormuz.
Milei se subió rápido a este tren de Trump y asumió así la posición comentada sobre Malvinas en el convencimiento de que los yanquis lo van a ayudar, algo que también suposo Galtieri en 1982. Estados Unidos se está involucrando, pero para sus propias conveniencias, utilizando a su títere argentino para ello. La base militar integrada en Ushuaia es un principal objetivo. Esa base que comenzó a construirse durante el gobierno de Alberto Fernández, fue paralizada durante el inicio del actual gobierno e incluso esas tierras corrieron el riesgo de venderse. Con la nueva política patriotera de Milei, después de tres años de inacción, la reconstrucción de la base tuvo una reasignación presupuestaria de 142 millones de dólares. Rápidamente, el canciller Quirno y el ministro de Defensa Presti viajaron a Tierra del Fuego para acelerar los trámites y mostrarse para la foto.
La Base Militar integrada será estratégicamente importante para EE.UU. quien, de esta manera, pone sus pies en una región sensible para dominar el Atlántico sur, los estrechos interoceánicos, asegurando esos pasos por si se le complica el paso del canal de Panamá. Además, de ese modo, se asegura la proyección hacia la Antártida y la posibilidad de poseer un centro logístico para la base de la OTAN en Malvinas, no ya a 12.000 kilómetros de distancia, como está Diego García, sino a tan solo 340 kilómetros.
Las fuerzas verdaderamente patrióticas y democráticas argentinas deberán estar atentas para que la Causa Malvinas, la Base Naval integrada, y demás temas delicados que hacen al ejercicio de nuestra soberanía, no sean utilizados ni con fines electorales ni en función de intereses foráneos.