Rogelio Roldán se refiere en esta columna a las circunstancias que rodearon lo que se desencadenó aquel 2 de abril de 1982, pero también a lo que se inauguró tras la batalla de Malvinas y deja en claro que algunas cosas no cambiaron demasiado durante más de cuatro décadas.
En 1982 el ahondamiento de la crisis económica y político-institucional (producto de la entrega del patrimonio nacional, el saqueo de la deuda externa y la represión terrorista de Estado), las pujas internas entre las logias militares y, más que nada, la recomposición del movimiento popular -el cual desplegó un proceso de movilización que tuvo picos intensos de lucha en diciembre de 1981 y el 30 de marzo de 1982, con manifestaciones masivas simultáneas en todas las capitales del país-, lleva a la dictadura genocida a emprender una acción bélica diversionista con el objetivo de homogeneizar a la nación para descomprimir la crisis y mantener la iniciativa política y su propia subsistencia.
Así, el 2 de abril de 1982, unas FFAA educadas en la contrainsurgencia, buenas para asesinar trabajadores maniatados, violar mujeres y robar niños, con soldados sin entrenamiento suficiente, mal equipados, mal abastecidos y peor dirigidos, desembarcan en Malvinas. Su lectura errónea del proceso político y geoestratégico mundial hizo creer a la camarilla militar que el imperialismo norteamericano pondría en vigencia el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca -TIAR- y los apoyaría en pago a su contribución al anticomunismo y los servicios prestados, junto al Mossad (servicio de espionaje y policía política del sionismo israelí), como maestros de picana, interrogatorio y guerra sucia contra el Frente Sandinista y el Farabundo Martí en Nicaragua y El Salvador respectivamente.
Contra las especulaciones de la dictadura, Reagan mandó a su secretario de estado, el general Alexander Haig, a exigirles el cese de la ocupación de las islas y el retiro antes del arribo de la flota británica. Galtieri, ya prisionero de sus alardes, no pudo volver atrás. A la vez, una gran manifestación popular repudió a Haig.
La guerra explicitó y potenció todas las contradicciones de unas fuerzas armadas pretorianas al servicio de los intereses dominantes, que se encontraron, contra su intención, con una guerra que, pese a sus mandos, objetivamente se convirtió en guerra nacional-liberadora. La Marina, luego del hundimiento del crucero General Belgrano no salió de sus fondeaderos y no combatió en toda la guerra, debido a que el almirante Anaya, su jefe, por motivos ideológicos -anticomunista militante-, no quería enfrentar a la OTAN. El ejército, al mando del gobernador militar de las islas, general Mario Benjamín Menéndez, quedó aislado, sin abastecimiento desde tierra firme y mal dirigido por la inepcia de ese represor. La Fuerza Aérea, arma de menor influencia política por su tamaño, fue la que hizo el mayor gasto en hombres y material, hundió buques ingleses, perdió muchos oficiales pilotos y casi todos los aviones aptos para el combate, lo cual la llevó a replantear su rol en el gobierno.
Si bien al comienzo lograron en vastos sectores una euforia “patriótica”, alimentada por una intensa campaña mediática mentirosa acerca de mentirosos resonantes triunfos bélicos, lo más dinámico de nuestro pueblo no se dejó engañar para el cheque en blanco a la dictadura. El patrioterismo, insuflado por el periodismo contrainsurgente, cedió ante la solidaridad popular masiva expresada en la recolección de alimentos y abrigo para los soldados y el reclamo generalizado de finalización de la contienda. Es pertinente recordar, y denunciar, con mucha fuerza, que la mayoría de los víveres y enseres donados por el pueblo fueron negociados y malversados por la dictadura y sus cómplices.
El Partido Comunista, desde el inicio de la guerra, salió a la calle con la consigna “Fuera ingleses de Malvinas, fuera el imperialismo yanqui de América Latina. Abajo la dictadura”.
En junio llegó al país el obispo de Roma, el Papa Wojtyla, quien rezó mucho, se rasgó las vestiduras por los “sentimientos humanistas de la paz cristiana”, etc., pero no hizo ni el menor reclamo sobre los miles de asesinados, desaparecidos y prisioneros de la dictadura y del Operativo Cóndor. Actitud esta coincidente con el rol de la Iglesia oficial en el país, de encubrimiento cuando no complicidad directa con los crímenes del terrorismo de estado. Tanto rezo produjo, al día siguiente de su arribo, la firma de la rendición por la dictadura.
Luego de la rendición, el 15 de junio de 1982, precipitó la crisis y la dictadura se concentró en preparar la retirada tratando de asegurar su impunidad. La derrota ocasionó una gran frustración nacional, aprovechada por los políticos patronales para instalar una campaña de desmalvinización, de la que el “demócrata” Alfonsín fue su abanderado. Tras el discurso de denuncia de la “irracionalidad de los militares, que se embarcaron en una aventura perdida”, se encubrió la idea de que no se debe enfrentar al imperialismo, que pasó la época de las revoluciones, que solo hay que aspirar a “lo que se puede”, etc. En verdad, esta seudoteoría, el posibilismo, no solo llevó a la claudicación, sino que, con su adhesión a otra seudoteoría, la de los “dos demonios”, aportó a mantener la impunidad.
Prueba clara de ello es el Informe Rattenbach, el dictamen de la comisión militar que analizó la guerra y se pronunció de manera lapidaria respecto a la inepcia de su conducción estratégica, recomendando a los tribunales civiles -que debían fallar su sanción- condenas a degradación deshonrosa y fusilamientos por alta traición. No solo que no se cumplió, sino que ni siquiera se tomó en cuenta para su difusión. No es ocioso recordar que muchos de esos jueces hoy claman al cielo por el “respeto republicano a la división de poderes” y la “memoria completa”, vale decir el negacionismo, mientras frenan los juicios contra los represores.
Ni hablar de la actitud vergonzosa y vergonzante de la dictadura, los gobiernos constitucionales posteriores y buena parte de la sociedad ante los ex-combatientes: incapacidad, maltrato y torturas de parte de oficiales represores durante la guerra, culpabilización de la tropa mediante el ocultamiento al principio, el olvido después y la indiferencia y abandono -que llevó a 350 suicidios de excombatientes- en la actualidad.
Pese a la complicidad del poder per-judicial, que ninguneó y cajoneó las denuncias por muchos años, en estos días una sala de la Casación dictaminó llevar a juicio las causas de torturas, estaqueos y demás abusos contra los soldados. Es destacable el esfuerzo permanente y consecuente del CECIM de La Plata al respecto.
El CECIM insiste en la preocupación por el desconocimiento absoluto de la juventud actual sobre Malvinas. Dice su presidente, Rodolfo Carrizo: “… esto tiene que ver con el destino de los argentinos y, en la medida en que lo desconozcamos, nos hace más vulnerables, más penetrables por las potencias hegemónicas, fundamentalmente aquellas que tienen una capacidad de desplazamiento y tienen emplazada en nuestras islas Malvinas la base militar (de la OTAN) más importante del hemisferio sur, que es el gran motivo de preocupación, porque amenaza no solamente a la Argentina, sino a toda la región”.
Por eso, en el acto de hoy de los ex combatientes la consigna es: “Hoy más que nunca: memoria, verdad, justicia, soberanía y paz”.
A cuarenta y tres años vista se ve con nitidez el hilo conductor de esta ignominia: la impunidad. Impune el latifundio mediático que ensalzó el patrioterismo guerrerista al inicio pero hoy vitupera la vocación de lucha por el territorio usurpado -y por toda causa obrera, popular y nacional-; impune el partido vaticano que habla de reconciliación y paz en abstracto pero apoya el statu quo colonial; impune la intelectualidad orgánica al sistema dominante, que pontifica sobre un pacifismo aclasista, funcional a la dominación. Impunes los partidos burgueses que hacen gárgaras de republicanismo pero en su momento fueron a Londres auspiciados por el Foreign Office, con el “facho” Aguad -como apoda el pueblo cordobés a este socio político del “chacal” Menéndez- a la cabeza de un grupo del ARI y el PRO, todos presurosos a proclamar, como reedición del Pacto Roca-Runciman, que “Argentina sigue siendo la más preciada joya de la corona británica”, de modo de legalizar la base nuclear de la OTAN y, principalmente, el saqueo minero, petrolífero e ictiológico de nuestra plataforma submarina.
El servilismo lacayuno a la política yanqui y sionista del mercenario Milei -declarado fan y admirador de la asesina Margaret Thatcher- y su política exterior que, sin recato ni vergüenza alguna, abandonaron el mandato constitucional por la causa Malvinas, profundizan la entrega hecha por el macriato a través de su canciller, la señora Malcorra -casada con un agente del MI 6, el espionaje exterior inglés- y de su vice-canciller, quien firmó el acuerdo Foradori-Duncan en el éxtasis de su evangelio etílico. Lo mismo con la penetración sigilosa de tropas y servicios extranjeros en el territorio nacional, el encubrimiento a Joe Lewis, Benetton y otras trasnacionales, además del hostigamiento a los hermanos mapuches. Idem con la subordinación a las directivas del Pentágono contra Cuba, Venezuela y Nicaragua, además de la entrega de armas y municiones a los golpistas bolivianos. El gobierno del frente de ellos, de claudicación en claudicación, continuó la política de subordinación al FMI, al Departamento de Estado norteamericano y al Comando Sur de la generala Richardson. Añadamos que la ministra de seguridad del macriato y hoy del bufón que cree presidir el país, la cabo 1° Bullrich, ofreció cambiar las islas por la vacuna del monopolio trasnacional Pfizer.
Para ratificar su cipayismo, se filtró lo que sigue: “Todo el poder a la CIA norteamericana y, en terrorismo, al Mossad israelí”. Esa es la síntesis de las instrucciones que el vendepatria Javier Milei le dio a su amigo y hombre de confianza, Nicolás Posse, en ese momento jefe de gabinete, para aplicar en la Agencia Federal de Inteligencia -AFI- (Página 12, 31-3-2024).
Acciones estas que, impunidad mediante, aún no han recibido la demanda penal por “infame traición a la Patria”, que les corresponde. Se puede afirmar, con toda pertinencia y evidencia, que la desmalvinización es un componente orgánico de la impunidad que aqueja, como pesada traba, a la vida política y social argentina.
Lo más conciente del movimiento popular argentino no adolecemos de mentalidad de república bananera, no aceptamos el colonialismo. La dinámica del proceso liberador continental, aún de modo no lineal, nos respalda porque está en juego la independencia política y económica de la región. En su momento la contundente posición solidaria de treinta y dos países con una correcta política exterior de ruptura de “relaciones carnales”, que sostuvo con firmeza el derecho histórico, geográfico, jurídico y político para la recuperación del territorio irredento, es un hecho político serio para proseguir la lucha antiimperialista.
Invocar el derecho internacional es meridianamente justo, la actitud más coherente con el mismo, y consecuente con nuestros derechos, reclama denunciar todos los tratados militares y civiles bilaterales con el imperialismo, como el CIADI, (tribunal arbitral del FMI, que nos ahoga con los juicios por YPF, el agua y las empresas privatizadas) aún vigentes. La jurisdicción del CIADI depende de los Tratados Bilaterales de Inversión -TBI-, que caducan cada año y se renuevan automáticamente, salvo que una de las partes los denuncie. Es decir que el supuesto juicio arbitral se cae con solo denunciarlo, pero Alberto Fernández y Sergio “embassy” Massa, acataron las órdenes del virrey yanqui, Marc Stanley, por lo que no solo no avanzaron contra estos depredadores, sino que les dieron subsidios y les condonaron sus varias veces millonarias deudas con el Estado. Esa política de estado continúa hoy agravada al paroxismo por el actual “gobierno” de ocupación a las órdenes de Trump.
Eso junto a la necesidad de construir, en tiempos perentorios, una fuerza política unitaria, de poder popular antiimperialista, que despliegue este esfuerzo, recupere Malvinas y aporte a la liberación de todos los pueblos y países hermanos ocupados y oprimidos, como los casos de Guantánamo, Puerto Rico, Grenada y Haití. Con mayor razón hoy, con la presencia de los marines del Comando Sur del imperialismo yanqui, quien aprovechó la tragedia del terremoto y la crisis actual para invadir Haití y hacerse de una gran base de dominio del Caribe y el norte de Sudamérica.