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Dom, May
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Política
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El contexto general en el que se produjeron las mini-corridas de esta semana. Un proyecto político donde todo es previsible, nada es azaroso. Algunas cifras para aclarar la cosa.

La última semana de abril mostró las tensiones políticas y económicas del país, en el marco de una economía asediada por el saqueo y la voracidad de un bloque de poder dispuesto a aspirar la mayor cantidad de recursos en el menor tiempo posible. No culminó el primer semestre de este 2018 y ya tenemos la certeza de que durante este año, no sólo no habrá brotes verdes, sino que los desequilibrios de la economía se van a profundizar. La simple contrastación entre los datos que presenta el gobierno y los que producen organismos oficiales, echa por tierra los pronósticos optimistas del gabinete, pero confirman la teoría presidencial del “crecimiento invisible”. Allí donde debería verse prosperidad se ve un campo minado. No es para menos, ya que los dos primeros años del gobierno dejaron tierra arrasada sobre la estructura económica del país. El 2016 fue el peor año para la economía nacional desde 2001, con una mega-devaluación que fue acompañada de una inflación galopante del 42 por ciento –que llevó a una pérdida del poder adquisitivo del salario de casi diez puntos- y una política de altas tasas de interés en el sector financiero para estimular la inversión especulativa sobre la productiva. Esto trajo aparejada la destrucción del mercado interno que, junto a políticas represivas, llevaron a una erosión del salario y la destrucción de miles de puestos de trabajo. Un claro indicador de esto es que, en el bienio 2015-2017, el empleo industrial se desplomó un 5,6 por ciento y los nuevos empleos que se registraron en toda la economía para el mismo período fueron de menores ingresos y con elementos de precarización. Por ello, el argumento de “lo peor ya pasó” puede ser aplicable a cualquier momento, porque en realidad siempre está pasando. Es que el crecimiento económico del 2,8 durante 2017, apenas sirvió para recuperar algo de lo que se perdió durante el período 2015-2017. Y la comparación ni siquiera es buena respecto a 2015, el último de Cristina Fernández al frente del Ejecutivo que, por lejos, fue de los peores de la etapa kirchnerista. Pero como se dijo mil veces en este diario, crecimiento no es desarrollo y tampoco significa una mejora en la calidad de vida de los trabajadores. Por el contrario, los datos confirman que lejos de mejorar el estándar de vida de los sectores populares y de revitalizarse los sectores más dinámicos de la economía –como el sector Pyme, el mercado interno y el empleo industrial-, los indicadores más sensibles siguen barranca abajo. Algunos datos son esclarecedores: -No crece la inversión extranjera directa (IED). Por el contrario, 8,5 de cada diez dólares que ingresaron fueron a inversiones financieras en pesos. Es decir, a la bicicleta financiera, comportamiento estimulado por el gobierno que mantiene la tasa de interés de referencia más alta del mundo "emergente" -Según la Cepal, desde que gobierna Macri se derrumbó un 64 por ciento la Inversión Extranjera Directa (IED). -Para el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad de Avellaneda (Undav), durante el bienio 2016-2017 la pérdida de poder adquisitivo del salario fue del 7.3 por ciento. -El déficit comercial contabiliza quince meses consecutivos de balance negativo. En 2017 se alcanzó un récord de casi nueve mil millones de dólares. Y encima el gobierno propone un acuerdo Mercosur-UE que acentuará el rojo comercial. -En el sector industrial, en dos años se perdió el 5,6 por ciento del empleo registrado. -Dos tercios del empleo total creado durante 2017, corresponde a puestos inestables y de muy bajos ingresos. Así el gobierno creó la categoría de “nuevos monotributistas”, es decir, trabajadores precarizados, como trabajo registrado. Estos explican el 36,7 por ciento de las nuevas “fuentes laborales” que cuenta el Indec. -Un inquilino en la Argentina gasta más del cuarenta por ciento de sus ingresos para pagar el alquiler y el déficit habitacional ya alcanza a tres millones y medio de personas. Estos datos aportan el verdadero contexto de la economía argentina: destrucción del mercado interno, apertura indiscriminada de importaciones, déficit comercial histórico, endeudamiento externo masivo, bicicleta financiera, fuga de capitales, devaluación e inflación galopante. Como si fuera poco, una parte de la clase media se endeuda con créditos UVA aunque ya se habla de un seguro por si "estalla la economía". Si el 2016, cuando comenzaron a ofrecerse, fue un buen año con dos mil millones de pesos entregados, el rendimiento para el sector financiero en 2017 fue superlativo: cincuenta mil millones de pesos. Así las cosas, ¿puede arrancar así la economía tal como promete -desde hace dos años- el gobierno? ¿Qué pasa con el consumo y el mercado interno? A una inflación anual proyectada de casi el 25 por ciento, el gobierno impone paritarias del quince o menos en todos los sectores y sin cláusula gatillo. La pérdida del poder adquisitivo es uno de los datos más fuertes de la economía. Las cifras confirman que este año tampoco tendrá brotes verdes y eso que aún restan siete meses para que culmine el año, pero la agenda de tarifazos, la corrida ascendente del dólar y la desregulación de la economía permiten prever ya en el primer semestre que lo único que no tiene tope es la profundidad del pozo en el que se está sumergiendo la Argentina.