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Política
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Mientras para Javier Milei cualquier empresario “puede contaminar un río todo lo que quiera”, un reciente trabajo de la Facultad de Agronomía de la UBA, advierte sobre la creciente detección de contaminación por microplásticos en las cuencas Matanza-Riachuelo y del Reconquista.

“En el caso de una empresa que contamina el río, esa empresa puede contaminar el río todo lo que quiera”, dijo hace poco más de dos meses Javier Milei y añadió “¿adónde está el daño? ¿Dónde está el problema ahí? Eso, en realidad, habla de una sociedad a la que le sobra el agua, y el precio del agua es cero”.

La idea que expone Milei no es nueva. Durante la última dictadura, una norma en tal sentido fue la que permitió que mediante el pago de una tasa irrisoria, diferentes empresas convirtieran al Río Reconquista en una cloaca a cielo abierto cuyos efluentes contaminaron el Río de la Plata que así perdió los balnearios que hasta entonces se ubicaban en el conurbano norte bonaerense.

Asimismo, estas declaraciones exhiben una clara ignorancia porque si hay algo que no sobra en el planeta, es el agua, tal como lo explican la OMS y Unicef cuando señalan que 2200 millones de personas carecen de acceso a servicios de agua potable gestionados de forma segura. Pero la cosa resulta todavía peor, si se tiene en cuenta que Milei puede convertirse en Presidente y que dijo esto ante el Congreso Económico Argentino, que reúne a buena parte de las empresas que son responsables directas o indirectas de la contaminación de varios cursos hídricos de nuestro país.

Y esto de la contaminación de nuestros ríos no es una abstracción. Un reciente relevamiento llevado a cabo por un grupo de estudio de la Facultad de Agronomía de la UBA, detectó la contaminación por microplásticos en todas las muestras que tomó de arroyos y plantas de tratamiento de efluentes en aguas de las cuencas del Río Matanza-Riachuelo y del Reconquista, que están ubicadas en la provincia de Buenos Aires.

Se trata de fragmentos plásticos de menos de cinco milímetros de diámetro que a veces se elaboran industrialmente en esos tamaños y otras surgen de la degradación de plásticos de mayor dimensión, que provocan efectos tóxicos en los organismos que los ingieren. Por supuesto que en esa cadena de consumo, finalmente, estamos los seres humanos.

El informe también da cuenta de que estos efectos nocivos se asocian con otros contaminantes, entre los que aparecen metales pesados que además transporta el agua. De acuerdo al relevamiento de la Facultad de Agronomía, en la cuenca del río Matanza-Riachuelo el estado de contaminación que surge de las muestras tomadas en zonas rurales e industriales es alarmante, ya que aparece una concentración promedio fue 241 micropartículas de plástico por litro de agua. Y añade que se detectó una gran variedad de texturas y colores de plásticos como PVC, PET y poliéster.

 

¿Y entonces qué hacer?

 

Uno de los principales orígenes de estos microplásticos son los envases de bebidas, aceites y otros productos de consumo masivo. Existen iniciativas parlamentarias que pretenden facilitar la gestión de los envases para reducir el impacto que tienen sobre el ambiente y la salud, pero que también buscan promover la responsabilidad de las empresas que los producen y postulan la necesidad de poner en valor el trabajo de los recuperadores urbanos.

Durante junio pasado, un proyecto de Ley de Envases volvió a ingresar al Congreso de la mano de la diputada Natalia Zaracho y lo hizo con un texto muy similar al que la presión que ejerció básicamente la Cámara de Comercio de EE.UU. en Argentina (AmCham), consiguió que se cayera seis meses antes. Se trata del cuadragésimo noveno proyecto que pretende legislar sobre el tema: todos los anteriores fueron bloqueados a instancias del lobby ejercido desde el universo empresario, entre el que se destaca el de la multinacional Coca Cola.

Como en otras oportunidades, la participación de cartoneros agrupados en cooperativas fue clave para la construcción de la iniciativa que tiene estado parlamentario. Y como en esas ocasiones, es un proyecto sensato que busca transformar la basura en riqueza y reducir el impacto negativo que los envases tienen sobre el medio ambiente.

Pero como pasó con sus antecesores, este proyecto enfrenta la abierta resistencia de buena parte del universo del capital lo que expresa, entre otras cosas, la contradicción insalvable que existe entre la cultura de lo efímero y lo descartable, así como el horror que provoca entre la clase capitalista la posibilidad de que se avance en un diseño de autogestión y democracia directa que es lo que encarnan los trabajadores de la economía popular.

Es que los integrantes de las cooperativas de recicladores urbanos son quienes tienen el expertiz en el manejo, reciclado y disposición final de este tipo de productos, algo que es indispensable para neutralizar el impacto ambiental negativo que provoca la ausencia de una normativa adecuada.

Y por eso es que la iniciativa interpela al universo empresario sobre la responsabilidad que tiene respecto a aquello que produce y que le reditúa ganancias, pero asimismo pone en el centro del escenario a un segmento de trabajadores de la economía popular que es el que más y mejor viene haciendo algo a la hora de encarar un tema vital como es el reciclado urbano.

De ahí que el texto se fundamente en el concepto de Responsabilidad Extendida al Productor (REP), esto es, que las empresas se hagan cargo de la totalidad de lo que colocan en el mercado, lo que incluye el pasivo ambiental que generan los envases que en el escenario actual, en su gran mayoría, acaban en basurales donde contaminarán el medioambiente durante siglos.

Nada de esto resulta antojadizo. En nuestro país hay cerca de cinco mil basurales a cielo abierto que son focos de contaminación, principalmente para las napas freáticas, pero que al mismo tiempo provocan otros tipos de problemas con los que habitualmente deben lidiar los intendentes municipales, quienes si prospera la actual iniciativa serían la autoridad de aplicación de la Ley.

Lo que se pretende es que las empresas utilicen envases retornables o que opten por generar un sistema propio de reciclado. Y la otra alternativa sería el pago de una tasa menor al tres por ciento del costo de los envases que colocan en el mercado, tal como lo plantea el principio del REP.

Y en este punto hay que volver a recalcar que hasta ahora los intentos de legislar en este sentido chocaron con el muro construido por AmCham, que está apuntalado por algunos conglomerados massmediáticos y los bloques legislativos que responden a la derecha. Esto es así porque pese a que el monto de la tasa REP que se pueda establecer resulte insignificante, las corporaciones que actúan en esta industria son refractarias a cualquier medida que morigere el ritmo de maximización de su tasa de rentabilidad.

Por otra parte, legislar en este tema, necesariamente significa poner el ojo sobre quiénes son responsables de los pasivos ambientales, lo que lleva a cuestionar una forma de producir y consumir que es la que imponen las relaciones del capital, algo que genera demasiados residuos que el planeta no está en condiciones de procesar. Y también permite fomentar una reflexión acerca del carácter criminógeno que tiene esta cultura de lo efímero y lo desechable, que es la que impone el sistema capitalista.