Hace cuarenta años un brutal acto represivo marcaba para siempre a Víctor Hugo Gómez, cuando militando en la Federación Juvenil Comunista, participó de una movilización en repudio a la visita de Rockefeller. En diálogo con Nuestra Propuesta, con toda una vida de lucha en las filas del PCA, el dirigente comunista reflexiona sobre aquellos hechos enmarcados en la recuperación de la democracia formal tras la dictadura genocida y en el viraje del 16 Congreso partidario.
Las epopeyas de los pueblos están construidas por historias que para muchos pueden ser pequeñas, pero que hilvanadas una a una son enormes, porque hablan de lucha y de resistencia en los contextos cotidianos y en aquellos que son más adversos. También lo hacen sobre la solidaridad, la responsabilidad, el tesón y el espíritu que tienen los verdaderos revolucionarios que saben que se puede perder una batalla, pero que eso es sólo un momento.
Se trata de historias que, si son leídas en el debido contexto, permiten establecer un enlace directo entre el momento en que tuvieron lugar y la actualidad. Y que por eso, sin dudas, siempre dejan varias enseñanzas.
“Un militante comunista recibió una perdigonada de balas de goma disparada ‘a menos de un metro de distancia’”. Esto es lo que decía una crónica periodística allá por enero de 1986, en la que el redactor intentaba contar qué había pasado cuando integrantes de la Policía Federal reprimieron a militantes de las fuerzas que constituían el Movimiento de Juventudes Políticas de la Argentina, que se habían manifestado contra la presencia en el país del banquero David Rockefeller, un personaje clave para comprender cómo se construyó la dependencia de Argentina a los Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo 20, tanto con dictaduras como con gobiernos surgidos de las urnas.
No era la primera vez que este magnate yanqui visitaba el país: pocos años antes lo había hecho para bendecir el programa de gobierno de José Alfredo Martínez de Hoz. En el 86, tras el breve interregno que representó la gestión ministerial de Bernardo Grinspun, con Juan Vital Sourrouille a cargo de la cartera de Economía, el gobierno de Raúl Alfonsín navegaba en la estela del proyecto neoliberal que más tarde se consolidaría con Carlos Menem. Y, en ese contexto, también languidecía la “Primavera Alfonsinista”, con un plan de ajuste que, por supuesto, no podía pasar sin represión.
Por eso es que cuando las Juventudes Políticas ganaron las calles para rechazar a Rockefeller mientras asistía a un acto organizado por la Sociedad de las Américas, la respuesta resultó una brutal represión que fue justificada desde el propio gobierno nacional.

Pasaron cuatro décadas de aquel 13 de enero de 1986, pero aquel joven comunista, Víctor Hugo Gómez, ya convertido en un veterano dirigente del PC, recuerda todo lo sucedido como si hubiera acontecido ayer. “Debemos tener en cuenta que, durante esos días, como Movimiento de Juventudes Políticas de la Argentina, ya se venían realizando varias marchas contra el Fondo Monetario Internacional”, apunta.
Fue en ese marco que se organizó la jornada de movilización contra Rockefeller. “Ese día nos concentramos sobre una de las calles laterales del Teatro Colón, porque era ahí donde iba a estar Rockefeller”, recuerda Gómez y también marca que en esas circunstancias “se desató una gran represión, tras lo que nosotros, como Juventud Comunista del Regional Norte, marchamos hacia el lado de la estación ferroviaria de Retiro, donde cada grupo de compañeros fue tomando el tren que lo llevaba a su localidad”, cuando de repente personal policial irrumpió en la estación para arremeter contra quienes ya estaban desconcentrados.
Aquella fue una verdadera cacería de militantes y en ese contexto uno de los uniformados descerrajó su escopeta contra Gómez. “Fue a menos de un metro y medio que levantó su Ithaca y me dio un tiro en la panza”, puntualiza a cuatro décadas de aquel hecho quien en ese momento salvó su vida por la actitud combativa y solidaria que tuvieron sus camaradas.
“No había ambulancias y entonces los compañeros me subieron a un taxi y me llevaron al Hospital Ferroviario, que era el que estaba más cerca, y ahí me tuvieron que sacar veintiséis centímetros de intestinos y pude zafar”, sostiene reconociendo la gravedad que tuvo aquel momento en el que su vida pendió de un hilo.
Después de eso vinieron varios meses difíciles en los que Gómez debió luchar por recuperarse, pero también por eludir a quienes desde las sombras querían acabar con la criminal faena que dejaron inconclusa el 13 de enero. Y ahí también aparecieron los lazos profundamente solidarios. “Estuve alojado en la casa de Marcelo Feito, Marcelito, el Teniente Rodolfo”, recuerda con una suave sonrisa que da cuenta de que en ese momento acabó por robustecerse definitivamente el lazo que lo une a quien un año y medio después caería en las montañas de Chalatenango, cumpliendo tareas internacionalistas de la Fede en la lucha revolucionaria en El Salvador.
“Con él éramos muy amigos y estuve ahí recuperándome, después estuve en la costa donde me atendía el Negro Sian junto al cirujano Alejandro Chikiar, que era un compañero de la Zona Norte de provincia de Buenos Aires”.
La lucha de aquellos jóvenes es la misma que cuarenta años después continúa convocando al PC y sus organismos: enfrentar al imperialismo en todas sus formas y avanzar hacia el horizonte socialista. “Lo paradójico es que esto tiene plena vigencia porque de vuelta, con estos gobiernos neoliberales, seguimos atados de pies y manos al Fondo y peor aún, con deudas que cada vez son más impagables”, reflexiona Víctor Hugo y sin dudarlo subraya que “esto es algo que en el campo popular debemos tener presente, porque quienes deben pagar todo esto son los que se han enriquecido con estos mecanismos perversos, que no somos los trabajadores”.
También hoy como en aquellos años, la agresión económica va asociada indisolublemente de la física. “Como lo estamos viviendo ahora, cada miércoles, con lo que les hacen a los jubilados, porque la derecha precisa de la represión que es parte principal de la política que está implementando Javier Milei a instancias de las directivas de Estados Unidos”, denuncia Gómez.
¿Pero valió la pena? ¿Acaso la mirada que pueda tenerse con la perspectiva que brindan los años transcurridos puede llamar al desaliento o al miedo? “Para nada”, asevera Víctor Hugo, quien desde entonces no abandonó la militancia ni siquiera durante un minuto y explica que, “por el contrario, en lo personal todo esto me fortaleció, sobre todo el hecho de sentir la solidaridad de muchos camaradas y compañeros e inclusive aquí en el partido de San Martín, la que hoy se llama Agrupación Peronista Rodolfo Walsh, en varias ocasiones me protegió cuando después de todo esto sufrí amenazas de muerte”.
Lo que deja como enseñanza esta pequeña pero enorme historia de militancia, valor, lucha, solidaridad y resistencia es que, como puntualiza Gómez, “la salida es por la liberación y nunca por la dependencia”, así como que “como comunistas tenemos que releer lo que nos dejó el 16 Congreso y que siempre debemos tener presente que la justicia social es incompatible con el sistema capitalista”. La lucha es constante y, cada uno de sus capítulos, lejos de verse opacados a la distancia, resplandecen cada vez más con el pasar de los años. Es ahí donde las nuevas generaciones pueden mirarse para saber cuál es el camino correcto.